Work Text:
La Oficina del Consejo Estudiantil, en la tarde, justo después de los entrenamientos de los clubes. El aire está pesado por el calor residual del día y el aroma a cera para muebles.
Shiryu entra a su oficina con el ceño fruncido, cargando una pila de documentos sobre el presupuesto escolar. Se detiene en seco al abrir la puerta. Sentado encima de su inmaculado escritorio de caoba, está Seiya.
Seiya, aún con el uniforme de voleibol, se ve exhausto. Sus mejillas están encendidas por el esfuerzo del entrenamiento. Está sentado de lado, con una pierna colgando y la otra flexionada, con el pie apoyado sobre el escritorio. Los shorts de voleibol, ya de por sí cortos, se han deslizado traicioneramente hacia arriba por sus muslos, revelando una cantidad de piel pálida y sudorosa que Shiryu nunca antes había notado. Tiene la varita de plástico de una paleta, ya terminada, atrapada entre sus dientes, moviéndola de un lado a otro.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Presi? —pregunta Seiya, con voz ronca por el cansancio, pero sin quitarse el plástico de la boca. Se ajusta la playera de tirantes, que se había elevado ligeramente, pero solo logra que se deslice de nuevo en cuanto respira hondo.
Shiryu cierra la puerta con un golpe seco, el sonido resonando como un disparo.
—Bájate. De. Mi. Escritorio. Seiya —dice Shiryu, su voz es un susurro peligroso.
—Vine a pelear por lo de la jabalina... —Seiya se estira un poco, y el short sube un centímetro más. Shiryu puede ver la línea donde la piel tostada se encuentra con la parte interna del muslo, mucho más clara y suave—. Pero estoy muerto. Así que me siento. ¿Algún problema, Presi?
La falta de respeto, el apodo, y esa vista. Shiryu siente que su autocontrol, usualmente un muro de piedra, comienza a agrietarse. La visión de Seiya ahí, tan casualmente irreverente, tan expuesto, es un asalto a sus sentidos. Sus ojos se fijan inevitablemente en los labios de Seiya, pintados de un rojo intenso y brillante por el dulce de la paleta. Están entreabiertos, la varita de plástico todavía ahí, provocativa.
—¿No te enseñaron modales en tu club de atletismo, o es que tu cerebro también se agotó con el ejercicio? —Shiryu cruza la habitación en tres zancadas rápidas.
Seiya finalmente se quita la varita de plástico de la boca, dejándola caer sobre el escritorio con un ruido metálico.
—Mis modales son perfectos para personas que no son estiradas, Presi. No puedo decir lo mismo de ti —Seiya le dedica una sonrisa desafiante, pero su respiración ya es errática. La cercanía de Shiryu es intimidante.
Shiryu llega al borde del escritorio y se inclina sobre Seiya, acorralándolo. El brazo de Shiryu se posa en la mesa, muy cerca de la rodilla de Seiya. La diferencia de altura es ridícula. Seiya tiene que echar la cabeza hacia atrás, apoyándose en las palmas de sus manos en el escritorio para no caerse.
—Tu arrogancia es lo único más grande que tu estupidez, Seiya. Tu uniforme es una falta de respeto a esta institución, y tu actitud... —la voz de Shiryu se quiebra ligeramente. Su mirada, que intentaba mantener fija en los ojos furiosos de Seiya, comete el error fatal. Baja.
Se detiene en los labios de Seiya. El rojo es tan vibrante. La respiración de Seiya es rápida, sus labios están ligeramente hinchados por el roce de la paleta y ahora, por la tensión. Shiryu huele el aroma dulce y afrutado de nuevo, mezclado con el olor a limpio y sudor de Seiya.
—Tú... —la palabra muere en la garganta de Seiya. Ha visto a dónde ha bajado la mirada de Shiryu. Su corazón late con tanta fuerza que siente que va a escapar de su pecho. La furia y el deseo se mezclan en una cóctel peligroso.
Ya no hay palabras. No hay reglas escolares. No hay "odio". Solo la tensión eléctrica que ha estado burbujeando entre ellos durante meses, lista para explotar.
El primero en ceder es Shiryu, pero Seiya no se queda atrás. Shiryu acorta la distancia, invadiendo por completo el espacio personal de Seiya. Su boca choca contra la de Seiya en un beso hambriento, desesperado, lleno de toda la frustración y la rabia acumulada.
No es un beso tierno. Es una batalla. Sus dientes chocan. Seiya, lejos de retroceder, responde con la misma intensidad. El sabor dulce del caramelo y el salado del sudor se mezclan.
Seiya, con un gemido amortiguado, libera sus manos del escritorio y agarra a Shiryu por el cuello de su camisa. Se inclina hacia atrás, arrastrando a Shiryu con él. Sus piernas, que antes estaban colgando, se abren instintivamente para darle espacio. Shiryu, sin dudarlo, se posiciona entre los muslos expuestos de Seiya, la piel caliente de Seiya quemando contra el pantalón del uniforme de Shiryu.
El beso se vuelve más profundo, más húmedo. Shiryu agarra la cintura de Seiya, sus pulgares presionando la piel que revela la playera elevada. Seiya suelta un gemido de puro placer, su cabeza cayendo hacia atrás mientras Shiryu rompe el beso para atacar su cuello.
—Presi... no... —el intento de protesta de Seiya se convierte en un suspiro entrecortado cuando siente los labios de Shiryu succionando la piel sensible de su cuello.
Shiryu marca el territorio. Sabe que esto dejará una huella, pero no le importa. Quiere dejar claro que este "Pegaso Escandaloso" es suyo, aunque sea por un momento. Seiya aprieta a Shiryu contra él con sus piernas, sus muslos envolviendo la cintura del presidente. Sus dedos se entierran en el cabello largo y sedoso de Shiryu.
Pasan lo que parecen horas, pero son solo minutos de puro caos y deseo. El saco de Shiryu ha desaparecido en algún momento, arrojado al suelo. Su corbata está completamente floja, un desastre alrededor de su cuello antes impecable.
Finalmente, se separan, respirando con dificultad. Sus frentes se tocan.
Los labios de Seiya están rojos, hinchados y carmesí. Su mirada es vidriosa, perdida en el placer y la sorpresa de lo que acaba de pasar. En su cuello, un chupetón ya está comenzando a formarse, una marca inconfundible. Su uniforme de voleibol está aún más desordenado.
Shiryu lo mira, la realización de lo que ha hecho golpeándolo como un mazo. Él es el presidente del consejo estudiantil, y acaba de atacar al capitán de atletismo en su propia oficina.
—Te odio, Shiryu —murmura Seiya, pero no lo empuja. Su voz está rota, temblorosa.
—Y yo a ti, Seiya —responde Shiryu, con la misma falta de convicción.
Seiya finalmente se desliza fuera del escritorio, sus piernas un poco inestables. Shiryu retrocede, recogiendo su saco del suelo con manos temblorosas, intentando enderezar su corbata sin éxito. Seiya sale corriendo de la oficina, esta vez sin dar un portazo, pero dejando atrás el aroma dulce y la huella palpable de su pasión en el aire.
Al día siguiente el pasillo principal antes de la primera clase.
La escuela está llena de estudiantes. Shiryu, impecablemente vestido de nuevo (su corbata perfectamente nuda), está de pie cerca de la entrada principal, supervisando el flujo de alumnos.
Seiya aparece por la puerta lateral. Lleva el uniforme escolar normal, pero la camisa está completamente abotonada hasta el cuello, algo extremadamente raro en él. Sus mejillas aún conservan un tono rosado residual de la noche anterior.
Sus miradas se cruzan por encima de la multitud.
En un instante, ambos se ponen de un rojo carmesí que rivaliza con el dulce que Seiya suele comer. Shiryu desvía la mirada instantáneamente, fingiendo ajustar su reloj. Seiya baja la cabeza y acelera el paso hacia el salón de clases, apretando la mochila contra su pecho.
Nadie más lo nota. Pero para ellos, el pasillo está vacío, el mundo se ha detenido, y el recuerdo del sabor dulce y la piel caliente sigue quemando en sus mentes. El odio sigue ahí, tal vez, pero ahora, está desesperadamente mezclado con algo más.
Seiya siendo Seiya, es un rebelde, no va a aprender la lección a la primera; va a volver al lugar del "crimen" solo para picar al orgullo de Shiryu.
La tensión escala hasta que el control de Shiryu se rompe por completo.
Oficina del Consejo Estudiantil.
18:00 hrs.
Shiryu mandó a Seiya a detención por "insubordinación" tras el incidente de la mañana, Seiya rompio varias reglas de la institución. Seiya, siendo fiel a su estilo, no se sentó en los pupitres del fondo; fue directo al escritorio del Presi.
Shiryu entra a la oficina esperando ver a un alumno arrepentido. En su lugar, encuentra la misma imagen pecaminosa: Seiya está sentado sobre su escritorio, con el uniforme de atletismo (esos shorts que no dejan nada a la imaginación) y una paleta de cereza en la boca.
—Llegas tarde a mi detención, Presi —dice Seiya, sacándose la paleta con un sonido húmedo. Sus mejillas están encendidas por el entrenamiento reciente y sus labios ya brillan con ese rojo artificial que a Shiryu le nubla el juicio.
—Seiya, bájate de ahí. Ahora. —Shiryu intenta sonar autoritario, pero su voz traiciona una nota de desesperación.
—¿O qué? ¿Vas a ponerme otro reporte? —Seiya se inclina hacia atrás, apoyando los codos en el escritorio, lo que hace que su playera se suba y sus muslos se tensen, ofreciendo una vista que Shiryu juró ignorar.
Shiryu no aguanta más. Camina hacia él con paso pesado. Se detiene justo entre las piernas abiertas de Seiya, que cuelgan del borde del escritorio. La pelea verbal empieza de inmediato, gritos sobre el respeto y las reglas, pero Shiryu comete el error de bajar la mirada.
Se queda fijo en las piernas de Seiya, en la suavidad de su piel y luego sube a esos labios rojos que se burlan de él. Seiya lo nota. Una sonrisa victoriosa aparece en su rostro.
—¿Te gusta lo que ves, Presi? —desafía Seiya en un susurro.
Shiryu no responde con palabras. Agarra a Seiya por la nuca y lo estampa contra su boca. Es un beso desenfrenado, una colisión de dientes y lenguas. Seiya suelta un gemido profundo, tirando la paleta al suelo, y rodea la cintura de Shiryu con sus piernas, apretándolo contra él.
Shiryu se vuelve loco. La presión de Seiya contra él es "deliciosa", prohibida. Sus manos, antes impecables, ahora recorren con avidez los muslos descubiertos de Seiya, apretando la carne firme mientras sube hacia su rostro para acunarlo entre besos hambrientos.
—Shiryu... ah... —El nombre del presidente escapa de los labios de Seiya entre gemidos de puro placer.
Shiryu baja al cuello, dejando nuevos chupetones, marcas oscuras que Seiya no podrá esconder mañana. En algún punto del forcejeo, el saco de Shiryu termina en el suelo y su corbata desaparece, tirada por un Seiya que necesita sentir el calor de la piel de Shiryu.
Se separan jadeando. Seiya tiene los labios hinchados, casi borrachos de besos, y los ojos vidriosos, fijos en un Shiryu que lo mira con una intensidad oscura. Shiryu ya no piensa en el reglamento; sus pensamientos son mucho "menos puros".
—Podríamos hacer esto todas las tardes —jadea Seiya, con una sonrisa traviesa a pesar de estar completamente desarmado.
—Si vuelves a sentarte en mi escritorio así... —amenaza Shiryu, rozando con el pulgar el labio inferior de Seiya—, no te garantizo que salgas de esta oficina caminando, Seiya.
Se miran, rojos de deseo y de furia compartida. Han descubierto que su "odio" es la excusa perfecta para este juego.
Esta vez, no hay espacio para la lógica ni para el reglamento escolar. El aire en la oficina es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo, cargado con el olor a cereza de la paleta y el calor corporal de dos personas que juran odiarse mientras sus cuerpos dicen lo contrario.
Seiya, con la mirada vidriosa y la respiración rota, sujeta a Shiryu de los hombros. No quiere que se detenga. A pesar de sus quejas constantes sobre el "Presidente Estirado", la forma en que Shiryu lo está devorando le está haciendo perder el sentido de la realidad.
—No te... no te detengas ahora, Presi —jadea Seiya, con un tono que es mitad desafío y mitad súplica.
Con un movimiento audaz, Seiya rodea con sus piernas la cintura de Shiryu con más fuerza, tirando de él hacia adelante. El movimiento es certero: Seiya se presiona deliberadamente contra la zona más "peligrosa" y deliciosa de Shiryu. El contacto es eléctrico, prohibido a través de la tela del uniforme, y hace que ambos suelten un jadeo ahogado al unísono.
Shiryu pierde los estribos por completo. Sus manos abandonan los muslos de Seiya para enterrarse en su cabello castaño, obligándolo a exponer el cuello.
—Te vas a arrepentir de esto, Seiya... —gruñe Shiryu contra su piel, pero sus actos contradicen su advertencia.
Shiryu comienza a atacar el cuello de Seiya con una precisión devastadora. Besa, succiona y muerde justo en el punto donde el pulso de Seiya late desbocado. Shiryu besa increíble; tiene una técnica lenta y profunda que contrasta con la energía caótica de Seiya, volviéndolo loco.
—¡Ah...! ¡Shiryu! —El nombre del presidente escapa de los labios de Seiya en un gemido alto y sin filtros.
Seiya echa la cabeza hacia atrás, apretando los dedos en los hombros de la camisa de Shiryu, arrugando la tela impecable. Siente cada roce, cada marca que Shiryu le está dejando como un tatuaje temporal de su posesividad. La fricción entre ellos, potenciada por la altura del escritorio y la forma en que Seiya lo tiene atrapado entre sus piernas, es una tortura exquisita.
Shiryu ya no tiene rastro de su compostura. Sin corbata, con la camisa abierta en los primeros botones y el cabello revuelto, parece cualquier cosa menos un presidente ejemplar. Sus manos bajan de nuevo, recorriendo los costados de Seiya por debajo de la playera de atletismo, sintiendo la piel sudorosa y caliente.
Seiya lo atrae para otro beso desenfrenado. Sus lenguas se encuentran en una batalla de dominio donde nadie quiere ganar. El sabor a cereza sigue ahí, pero ahora sabe a deseo puro. Seiya se presiona de nuevo, buscando más de ese contacto que lo hace temblar, mientras sus gemidos llenan el silencio de la oficina cerrada bajo llave.
En ese momento, ambos saben que el "odio" es solo la fachada de una obsesión que acaba de empezar. Ya no importa quién tiene la razón o quién rompió las reglas; lo único que importa es la presión de los muslos de Seiya y la boca experta de Shiryu marcando su territorio.
Esta vez, la oficina del Consejo Estudiantil se siente demasiado pequeña para la electricidad que desprenden. Shiryu ha perdido cualquier rastro de su legendaria serenidad; ya no es el presidente ejemplar, es solo un hombre consumido por la fricción y el deseo.
Shiryu tiene una mano enterrada en el cabello de Seiya, tirando ligeramente hacia atrás para profundizar un beso que sabe a rendición. Seiya, lejos de intimidarse, responde con una ferocidad que deja a Shiryu sin aliento. Pero lo que realmente está desmoronando la cordura del presidente no es solo el beso, sino lo que está pasando debajo.
Seiya, en su agitación y en la búsqueda de más contacto, comienza a moverse. Sus piernas, firmes por el atletismo y con los muslos casi totalmente descubiertos por ese short de voleibol, rodean la cintura de Shiryu como una prensa. Al estar sentado en el borde del escritorio, Seiya tiene la altura perfecta para presionarse y restregarse rítmicamente contra la zona más sensible de Shiryu.
—Ah... Seiya... detente... —intenta decir Shiryu entre besos, pero es una mentira absoluta. Su cuerpo se tensa, reaccionando con una intensidad dolorosa y deliciosa a cada movimiento de la cadera de Seiya.
Seiya no lo escucha, o quizás lo escucha y decide ignorarlo a propósito. Involuntariamente, con cada gemido que suelta contra los labios de Shiryu, se ajusta más, buscando calmar el fuego que él mismo inició. La piel de sus muslos roza directamente contra el pantalón de Shiryu, una fricción de piel con tela que está volviendo loco al pelinegro.
—Te odio... te odio tanto... —jadea Seiya, mientras sus manos bajan por la espalda de Shiryu, clavando las uñas en su camisa—. Pero besas... besas tan bien, maldito Presi...
Shiryu suelta un gruñido bajo, casi animal, y abandona la boca de Seiya para enterrar su rostro en el hueco de su cuello. Sus labios y dientes trabajan la piel de Seiya con una urgencia nueva, dejando marcas carmesí que contrastan con la palidez de su cuello. Shiryu siente la suavidad de los muslos de Seiya bajo sus palmas y no puede evitar apretarlos, subiendo sus manos peligrosamente cerca del borde del uniforme de atletismo.
La sensación de Seiya moviéndose contra él es simplemente deliciosa. Es un ritmo pecaminoso que hace que Shiryu olvide su nombre, su cargo y sus principios. El contraste entre la "inocencia" de los labios rojos por el dulce y la forma tan experta e instintiva en la que Seiya lo está provocando con sus piernas es demasiado.
—Vas a ser mi ruina, Seiya —susurra Shiryu, su voz rompiéndose mientras se deja llevar por el vaivén de Seiya, rindiéndose finalmente a la sensación de tener al rebelde del colegio deshaciéndose entre sus brazos sobre su propio escritorio.
Seiya suelta un gemido largo y agudo, apretando más sus piernas alrededor de Shiryu, mientras sus ojos vidriosos se cierran, entregado por completo al placer de volver loco a la persona que más "odia" en el mundo.
El escritorio de caoba, que solía ser el símbolo del orden absoluto de Shiryu, ahora es el escenario de un caos absoluto. Con un movimiento brusco y desesperado, Shiryu barre con el brazo todos los documentos de presupuesto y reportes de conducta; el sonido de los papeles siseando al caer al suelo es lo único que compite con sus respiraciones entrecortadas.
Ya no hay barreras. Seiya se arrastra más hacia el centro del escritorio, obligando a Shiryu a meterse aún más entre sus piernas. La fricción es insoportable y perfecta.
Seiya, con los labios ardiendo y el ego por las nubes al sentir cómo el cuerpo del "Presi" tiembla bajo su toque, decide que es hora de devolverle el favor. Se separa del beso con un chasquido húmedo, dejando un rastro de saliva plateado entre ambos, y baja la cabeza hacia el cuello de Shiryu.
—¿Te gusta marcarme, no? —jadea Seiya, con una mirada vidriosa pero desafiante—. Pues veamos qué dice el consejo cuando vean esto...
Seiya no es sutil. Abre la boca y muerde la piel justo por encima de la clavícula de Shiryu, succionando con una fuerza que le arranca un gemido ronco al pelinegro. Shiryu echa la cabeza hacia atrás, apretando los muslos de Seiya con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos. El dolor y el placer se mezclan mientras Seiya sube hacia su mandíbula, dejando una hilera de chupetones profundos y oscuros que contrastan violentamente con la piel clara de Shiryu.
—Seiya... ah... maldita sea... —gruñe Shiryu, sintiendo cómo el chico se mueve rítmicamente contra su zona más sensible, volviéndolo loco con cada roce de esos shorts cortos.
Seiya muerde de nuevo, esta vez justo en el tendón del cuello, y siente cómo Shiryu se estremece por completo. El presidente ya no tiene saco, su camisa está arrugada y abierta, y su cuello es ahora un mapa de la rebelión de Seiya.
Están atrapados en un ciclo de odio y deseo: Seiya se aferra a la nuca de Shiryu, tirando de su cabello negro mientras sigue marcándolo, y Shiryu se pierde en la suavidad de los muslos de Seiya, subiendo sus manos por debajo de la playera de atletismo para sentir la piel caliente de su espalda.
Se odian, se detestan, pero en la penumbra de la oficina, mientras Seiya gime el nombre de Shiryu contra su cuello y se presiona "deliciosamente" contra él, ninguno de los dos quiere estar en ningún otro lugar del mundo.
Esa es la paradoja que los tiene encadenados. Se detestan con cada fibra de su ser cuando tienen la ropa puesta y están frente a los demás, pero en cuanto la puerta de la oficina se cierra, el "odio" se convierte en el combustible de una atracción que no pueden racionalizar.
Shiryu, el hombre que siempre tiene una respuesta para todo, se queda sin palabras cada vez que sus labios tocan los de Seiya. Es una revelación humillante: el chico más problemático, ruidoso e indisciplinado de la escuela tiene el sabor más adictivo que Shiryu ha probado jamás. Seiya sabe a esa paleta de cereza, a juventud indomable y a un calor que Shiryu no sabía que necesitaba en su vida tan estructurada.
—Sabes... malditamente bien... —gruñe Shiryu contra la boca de Seiya, antes de volver a capturarla con una intensidad que hace que a Seiya se le doblen los dedos de los pies.
Por su parte, Seiya está lidiando con su propia derrota. Se supone que debería estar empujándolo, debería estar gritándole que es un estirado, pero Shiryu besa increíble. Es una técnica que mezcla la elegancia con una posesividad salvaje que Seiya nunca esperó de alguien tan "recto". La forma en que Shiryu usa su lengua, la presión exacta de sus labios y ese suspiro profundo que suelta cuando Seiya se presiona contra él... es demasiado para su fuerza de voluntad.
Arriba de ese escritorio, rodeado de papeles desparramados, Seiya gime bajo los besos de Shiryu, rindiéndose al hecho de que su cuerpo lo traiciona. No importa cuánto se griten en los pasillos; aquí, mientras Shiryu le devora el cuello y Seiya se mueve rítmicamente contra esa zona tan deliciosa del pelinegro, lo único que importa es que ninguno de los dos puede tener suficiente del otro.
—Te odio, Presi... —jadea Seiya, con los ojos vidriosos y la espalda arqueada mientras Shiryu le deja otro chupetón violento—. Te odio tanto que duele...
—Cállate y sígueme besando —responde Shiryu, con la voz rota, reclamando la boca de Seiya una vez más como si fuera lo único real en su mundo de reglas y disciplina.
Están atrapados. Seiya es el vicio de Shiryu y Shiryu es la debilidad de Seiya. Y lo peor (o lo mejor) de todo es que mañana volverán a pelear en el pasillo, solo para tener una excusa y terminar encerrados de nuevo.
Es una bomba de tiempo. Tienen 17 años, se detestan, y la tensión sexual acumulada durante meses de "disciplina" y "rebeldía" ha estallado de la forma más caótica posible. No es un romance tierno; es una descarga hormonal pura y dura.
Se produce un caos hormonal en la oficina donde el aire ha desaparecido. Solo quedando el calor sofocante de dos cuerpos que han pasado de los gritos a los jadeos en segundos.
Shiryu siente que la sangre le late con fuerza en las sienes y en partes de su cuerpo que el reglamento escolar no menciona. Sus manos están enterradas en los muslos de Seiya, apretando esa piel suave y caliente con una urgencia que lo asusta. Seiya no ayuda; se mueve contra él con una falta de ritmo desesperada, guiado únicamente por el instinto de querer sentir más de esa presión deliciosa que Shiryu le ofrece.
—Shiryu... más fuerte... no te detengas... —gime Seiya, echando la cabeza hacia atrás mientras el pelinegro le muerde el cuello.
Seiya es un manojo de nervios y adrenalina. Sus hormonas están gritando. La sensación de los muslos casi descubiertos contra el pantalón de tela fina de Shiryu es un cortocircuito constante en su cerebro. Cada vez que Shiryu lo besa —y Dios, besa como un profesional—, Seiya siente que se va a derretir ahí mismo sobre la madera del escritorio.
El Desorden Total:
* Shiryu: Sin saco, la camisa fuera de los pantalones, la corbata perdida en algún rincón y el cuello lleno de marcas rojas y mordidas que Seiya le ha dejado con saña.
* Seiya: Con los labios tan hinchados que le duelen, el cabello castaño hecho un desastre por los dedos de Shiryu, y esa mirada vidriosa que solo tienen los que han perdido la batalla contra sus propios deseos.
Están sudados, están fuera de sí y se están presionando con una fuerza que amenaza con tirar el escritorio al suelo. La lógica de "nos odiamos" ha sido completamente aplastada por la biología. Shiryu baja la mirada a las piernas de Seiya, que lo tienen atrapado, y luego a esa boca roja que no deja de soltar gemidos pecaminosos, y solo puede pensar en una cosa: no quiere que esto termine nunca.
Seiya le agarra la cara a Shiryu y lo obliga a mirarlo a los ojos, ambos rojos de deseo y de furia.
—Te odio... —dice Seiya, pero acto seguido le da un beso que casi le roba el alma a Shiryu.
—Yo también te odio —responde Shiryu, bajando una mano para apretar la cadera de Seiya y pegarlo más a él, haciendo que Seiya suelte un alarido de placer que seguramente se escuchó hasta el gimnasio.
¡Esto es comedia pura! El pánico de ser descubiertos es lo único capaz de enfriarles la sangre (un poco porque claro, son adolescentes llenos de hormonas), pero la excusa es tan mala que solo a Seiya se le podría haber ocurrido.
Operación: El Mapache del Consejo
Están en el clímax del desorden: Seiya gimiendo con las piernas envueltas en la cintura de Shiryu y Shiryu perdiendo la cordura contra el cuello de Seiya, cuando el sonido de la manija de la puerta moviéndose los golpea como un balde de agua fría.
—¿Presidente? ¿Shiryu? Soy Shun... la puerta está cerrada, ¿te encuentras bien? Oí un ruido extraño, como un grito...
El silencio que sigue es sepulcral. Seiya y Shiryu se quedan congelados, con los ojos como platos. Seiya todavía tiene las piernas apretadas alrededor de Shiryu y Shiryu todavía tiene las manos bajo la playera de Seiya.
—¡Abajo! —susurra Shiryu con un hilo de voz, empujando a Seiya fuera del escritorio.
Seiya cae de pie como puede, tambaleándose porque tiene las piernas como gelatina. Comienza el caos silencioso:
* Shiryu se agacha a recoger los papeles del suelo con una velocidad sobrehumana, intentando esconder su saco arrugado debajo de la silla.
* Seiya se sube los shorts de atletismo, se limpia la boca con el dorso de la mano (aunque los labios los tiene como dos fresas gigantes) y se sube el cuello de la playera para tapar el desastre de su cuello.
* Shiryu se abrocha la camisa a la mitad, se acomoda el pelo y trata de recuperar su cara de "Señor Perfección", aunque está rojo como un tomate.
—¡Un momento, Shun! —grita Shiryu, con la voz una octava más aguda de lo normal—. ¡Hay... hay una situación de emergencia!
Shiryu le hace señas frenéticas a Seiya para que diga algo. Seiya, en un ataque de pánico cerebral, suelta lo primero que se le ocurre:
—¡UN MAPACHE! ¡HAY UN MAPACHE MUY AGRESIVO, SHUN! ¡NO ENTRES!
Shiryu cierra los ojos con fuerza, deseando que la tierra se lo trague. ¿Un mapache? ¿En un segundo piso? ¿En pleno centro de la ciudad?
—¿Un... un mapache? —se oye la voz confundida de Shun desde el otro lado—. Pero si estamos en la ciudad, Seiya... ¿qué haces tú ahí dentro con el presidente?
—¡Vine a... a ayudarlo a cazarlo! —improvisa Seiya, pateando una papelera para que haga ruido de "pelea"—. ¡Toma eso, bicho rabioso! ¡Muere, bandido de los basureros!
Shiryu aprovecha el ruido para terminar de fajarse la camisa y darle un golpe en el hombro a Seiya para que se calle. Finalmente, Shiryu abre la puerta solo un centímetro, asomando únicamente su cabeza. Está despeinado y tiene el cuello de la camisa levantado de forma sospechosa.
—Shun, perdón —dice Shiryu con una seriedad fingida que roza lo ridículo—. Seiya tiene razón. Era un mapache... muy rápido. Saltó por la ventana justo ahora. Seiya fue muy valiente al intentar atraparlo con sus propias manos.
Shun parpadea, mirando a Shiryu y luego tratando de ver a Seiya, que está al fondo de la oficina fingiendo que revisa detrás de una cortina.
—Shiryu... tienes la cara muy roja. ¿Te mordió el mapache?
—Es... es la adrenalina del combate, Shun —responde Shiryu, cerrando la puerta un poco más—. Por favor, dile al intendente que... que revise las rejillas. Seiya y yo necesitamos un momento para... recuperarnos del susto.
Cuando Shun finalmente se aleja, confundido pero demasiado amable para cuestionarlos, Shiryu cierra la puerta con seguro y se apoya contra ella, dejando escapar un suspiro que parece un lamento.
Seiya se deja caer en una silla, todavía con el corazón a mil.
—"¿Bandido de los basureros", Seiya? ¿En serio? —gruñe Shiryu, aunque su mirada vuelve a bajar involuntariamente a las piernas de Seiya.
—¡Fue lo único que se me ocurrió! —protesta Seiya, dándose aire con la mano—. Además, funcionó. Pero mírame, Presi... me dejaste hecho un desastre.
Shiryu lo mira: labios hinchados, ojos vidriosos, el cuello marcado y el uniforme de atletismo revuelto. Luego se mira al espejo de la entrada: él mismo parece haber salido de una pelea de bar.
—Mañana —dice Shiryu, tratando de recuperar su dignidad mientras se arregla la corbata con manos temblorosas—, vas a tener que inventar algo mejor para explicar por qué llevas una bufanda en marzo.
—Solo si tú explicas por qué el "Presidente" tiene marcas de dientes en la yugular —se burla Seiya, recuperando su sonrisa de suficiencia mientras se mete otra paleta a la boca.
Se odian. Definitivamente se odian. Pero el mapache ahora es su código secreto para el siguiente round.
Ese es el toque perfecto. Seiya es un desastre y un rebelde, pero tiene un corazón de oro (aunque le cueste admitirlo frente al "estirado" de Shiryu). Después del caos hormonal y la absurda mentira del mapache, el ambiente en la oficina cambia a algo más silencioso, pero cargado de una electricidad residual.
La Tregua (y el Robo Final)
Shiryu está de pie en medio del desastre, mirando con horror los documentos presupuestarios desparramados por el suelo. Seiya, suspirando y rodando los ojos, se pone de rodillas para ayudar a recogerlos.
—No pongas esa cara, Presi —dice Seiya, amontonando hojas sin mucho orden pero con intención de ayudar—. Si no fuera por mis reflejos de atleta, Shun ya estaría preguntándonos qué marca de labial usas en el cuello.
—No uso labial, Seiya. Me mordiste —responde Shiryu con severidad, aunque sus manos tiemblan un poco mientras acomoda su escritorio.
Trabajan en silencio por un par de minutos. Seiya le pasa los papeles, y cada vez que sus dedos se rozan, ambos sienten un chispazo que les recuerda lo que estaba pasando hace apenas cinco minutos. Shiryu trata de mantener su pose de autoridad, abotonándose la camisa hasta el último ojal para ocultar el rastro de la "furia" de Seiya.
Cuando la oficina vuelve a parecer un lugar de trabajo y no una zona de guerra, Seiya se encamina hacia la puerta. Se detiene con la mano en el pomo, mirando por encima del hombro.
—Bueno, me voy. No quiero que el "mapache" vuelva y me encuentre solo contigo. Sería peligroso para mi salud —se burla Seiya, recuperando su sonrisa arrogante.
Shiryu se cruza de brazos, tratando de recuperar su dignidad.
—Mañana a primera hora quiero un reporte sobre...
No pudo terminar la frase. Seiya, con la rapidez que lo caracteriza como capitán de atletismo, se cruza la habitación en un parpadeo. Antes de que Shiryu pueda reaccionar, Seiya lo agarra por la solapa de la camisa, lo inclina hacia abajo y le roba un beso corto pero increíblemente intenso.
Es un beso que sabe a victoria y a provocación. Seiya se separa con un "pop" sonoro, relamiéndose los labios rojos.
—Besas de muerte, Shiryu. Es una lástima que seas tan insoportable —le guiña un ojo, abre la puerta y sale al pasillo silbando como si nada hubiera pasado.
Shiryu se queda de pie, solo en la oficina, tocándose los labios con las yemas de los dedos. Su corazón late tan fuerte que le duele el pecho. Mira hacia el suelo, donde todavía queda el palito de plástico de la paleta de Seiya.
—Maldito enano... —murmura Shiryu, pero por primera vez en el día, no hay rastro de enojo en su voz, sino una sonrisa involuntaria que trata de ocultar de inmediato.
