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La Academia Santuario no era un lugar para los débiles de espíritu, y mucho menos para los que no sabían seguir órdenes. Pero Seiya nunca había sido bueno con las reglas, y mucho menos con las figuras que las representaban.
Eran las 7:15 de la mañana del primer día. El sol apenas empezaba a calentar el mármol de la entrada principal cuando el desastre estalló. No fue un accidente; fue una declaración de guerra. Seiya había decidido que la lona de bienvenida, esa pieza de tela costosa y pulcra que anunciaba el orden y excelencia de la institución, se veía mejor con un grafiti improvisado que rezaba: prisión con Uniforme.
El bote de pintura roja aún goteaba en su mano cuando una sombra, larga y densa, se proyectó sobre él.
Seiya no se movió. Sintió una presión en la nuca, ese instinto que te dice que estás frente a un depredador o, peor aún, frente a un juez. Se dio la vuelta lentamente, limpiándose un rastro de pintura en la mejilla, y tuvo que forzar la vista hacia arriba. Mucho hacia arriba.
Shiryu, el Presidente del Consejo Estudiantil, estaba allí. Su sola presencia parecía absorber el ruido del campus. Vestía el uniforme con una perfección clínica: ni una arruga en la camisa, la corbata ajustada al milímetro y el cabello negro, lacio y eterno, cayendo sobre sus hombros como una capa de obsidiana.
La diferencia de altura era lo primero que alimentaba el odio de Seiya. Tener que inclinar la cabeza para mirar a los ojos a ese tipo le revolvía el estómago. Shiryu no parecía enojado; parecía decepcionado, lo cual era mil veces más irritante.
— Pégaso —la voz de Shiryu era un barítono tranquilo, pero cargado de una autoridad opresiva—. Primer día. Primera hora. Y ya has decidido que las leyes de esta academia no se aplican a ti.
— Las leyes son para los que tienen miedo de pensar por sí mismos, Presi —escupió Seiya, dejando que el bote de pintura cayera al suelo con un golpe seco. El apodo sonó como un insulto, una forma de reducir toda la jerarquía de Shiryu a una sola palabra burlona.
Shiryu dio un paso adelante. No fue un movimiento rápido, pero fue invasivo. Su pecho quedó a escasos centímetros del rostro de Seiya, obligándolo a retroceder un paso para no quedar completamente eclipsado por la estatura del otro. El Presidente del Consejo lo miró desde arriba con una frialdad que helaba la sangre.
— Este no es un juego de niños, y yo no soy tu maestro de primaria para darte una palmada en la mano —dijo Shiryu, bajando el tono de voz hasta que solo Seiya pudiera escucharlo—. Has dañado propiedad privada y has insultado la integridad de este consejo.
— ¿Y qué vas a hacer? —Seiya lo retó, sosteniéndole la mirada con una intensidad salvaje. Sus puños se cerraron a los costados—. ¿Vas a acusarme con el director? ¿Vas a escribir una nota en mi expediente, Presi?
Shiryu extendió una mano y, con una lentitud calculada, tomó a Seiya por el nudo flojo de su corbata. No fue un gesto violento de pelea, sino uno de control absoluto. Lo atrajo hacia arriba, obligándolo a ponerse casi de puntillas para mantener el equilibrio.
— No —susurró Shiryu, y por primera vez, hubo una chispa de algo oscuro en sus ojos verdes—. El director está muy ocupado hoy. De ti me encargo yo. Vas a limpiar esto con tus propias manos, centímetro a centímetro. Y cuando termines, vendrás a mi oficina para que te asigne el resto de tus tareas de corrección. No te vas a ir a casa hoy, Seiya. Ni mañana. Hasta que aprendas a bajar la cabeza cuando me hablas.
Seiya sintió un calor furioso subirle por el cuello. La cercanía de Shiryu era sofocante; podía oler el aroma a té y papel viejo que emanaba de él, un contraste asqueroso con el olor a solvente y sudor de Seiya.
— Suéltame —siseó Seiya, golpeando la mano de Shiryu para liberarse—. No eres mi dueño. Y no me importa cuántos centímetros me lleves de ventaja, no te tengo miedo.
— El miedo es útil, te mantiene vivo —respondió Shiryu, acomodándose la manga del saco como si nada hubiera pasado—. Pero el respeto es obligatorio. Empieza a tallar, Pégaso. Te estaré vigilando desde mi ventana. Si veo que te detienes un solo segundo, el castigo se duplicará.
Seiya se quedó solo frente a la lona arruinada, viendo cómo la figura alta y recta de Shiryu se alejaba hacia el edificio principal. El odio que sentía no era el de una simple molestia; era una tensión eléctrica, una necesidad de destruir esa calma perfecta del Presidente.
Esto no iba a terminar con una limpieza. Esto iba a terminar con uno de los dos de rodillas.
El sol comenzaba a teñir de naranja los ventanales del pasillo este, pero para Seiya, el día parecía no tener fin. Tenía los dedos entumecidos de tanto tallar el mármol. El olor a cloro era tan fuerte que le escocía la nariz, y su humor estaba por los suelos.
A su lado, Shun tallaba con una eficiencia impecable, aunque no dejaba de mover los labios en un sermón infinito.
— ... es que de verdad no te entiendo, Seiya —decía Shun, escurriendo un trapo con fuerza—. Es el primer día. ¡El primero! Podrías haber esperado al menos a la segunda semana para grafitear la entrada. Ahora estamos aquí atrapados y Hyoga está a punto de congelar el balde de agua por puro aburrimiento.
Unos metros más allá, Hyoga estaba recargado contra la pared, sosteniendo un cepillo con la punta de los dedos como si fuera un objeto radiactivo. Su mirada gélida no estaba fija en la mancha, sino en el pasillo, vigilando que nadie molestara a su novio.
— Yo ni siquiera debería estar aquí —masculló Hyoga, mirando a Shun con una suavidad que solo reservaba para él, antes de fulminar a Seiya con la vista—. No tengo reportes de conducta. Estoy aquí porque Shun no me dejó venirme solo a casa y porque, aparentemente, tus desastres son problemas de todos.
— Estás aquí porque eres mi novio y tienes mucha más fuerza que yo para mover esos casilleros —sentenció Shun, lanzándole una mirada cariñosa a Hyoga que lo hizo empezar a tallar el suelo de inmediato—. Además, alguien tiene que vigilar que Seiya no pinte un caballo en la pared mientras intenta limpiar.
Seiya gruñó, restregando una mancha rebelde con todas sus fuerzas.
— No me ayuden si no quieren. Yo no le pedí nada al Presi. El muy estirado solo quiere lucirse porque tiene esa banda en el brazo.
En ese preciso momento, el eco de unos pasos firmes y pausados resonó en el pasillo. No hacía falta voltear para saber quién era; la temperatura del ambiente parecía bajar tres grados por la pura presencia de su autoridad.
Shiryu se detuvo a un par de metros de ellos. Su figura, imponente y alta, proyectaba una sombra larga que cubrió por completo a Seiya, quien estaba de rodillas en el suelo. El Presidente del Consejo Estudiantil traía las manos entrelazadas detrás de la espalda y observaba el trabajo con una mirada clínica, casi quirúrgica.
— Todavía queda un rastro de pigmento rojo en la junta del azulejo —dijo Shiryu. Su voz era tranquila, pero cargada de una condescendencia que a Seiya le encendió la sangre—. Y ahí, cerca del casillero, el brillo no es uniforme.
Seiya dejó de tallar y levantó la vista, apretando el cepillo hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Tener que mirar a Shiryu desde el suelo, desde una posición de servidumbre, era la máxima humillación.
— ¿Por qué no te bajas de tu pedestal y vienes a revisarlo de cerca, Presi? —espetó Seiya, empezando a ponerse de pie con intenciones nada amistosas—. A lo mejor así ves que esto ya está limpio y dejas de molestar de una ve...
— Seiya, ¡cállate! —intervino Shun a la velocidad del rayo.
Antes de que Seiya pudiera terminar su frase o acercarse a Shiryu, Shun estiró la mano y le sujetó la oreja con una fuerza sorprendente, tirando de él hacia abajo.
— ¡Ay! ¡Oye, Shun! ¡Suéltame! —chilló Seiya, perdiendo toda la pose de rebelde mientras su amigo lo obligaba a agacharse de nuevo.
— Ni una palabra más —susurró Shun entre dientes, dándole una sonrisa nerviosa a Shiryu—. Señor Presidente, discúlpelo. El solvente le está afectando las neuronas. Seguiremos limpiando hasta que el piso parezca un espejo, se lo prometo.
Shiryu ni siquiera se inmutó por la escena. Sus ojos verdes permanecieron fijos en Seiya, ignorando el forcejeo con Shun. Se inclinó ligeramente hacia adelante, lo justo para que Seiya sintiera de nuevo esa presión de su estatura, incluso con Shun jalándole la oreja. Hyoga, por su parte, dio un paso instintivo hacia Shun, midiendo con la mirada al Presidente por si la situación escalaba.
— Quiero que quede impecable, Pégaso —dijo Shiryu, ignorando el apodo—. No aceptaré nada menos que la perfección. Si mañana por la mañana encuentro una sola mota de polvo, el castigo se extenderá a la biblioteca. Y créeme, ahí no habrá amigos ni parejas que te ayuden con las estanterías altas.
Shiryu le dio una última mirada de advertencia, una que decía claramente que estaba disfrutando ver a Seiya bajo su control, y se dio la vuelta. Su cabello largo ondeó ligeramente con el movimiento mientras se alejaba con elegancia.
— Te odio... —susurró Seiya cuando Shiryu estuvo fuera de oído, frotándose la oreja roja—. Te juro que lo odio, Shun.
— Pues odialo en silencio mientras tallas —le respondió Hyoga, pasándole el balde con agua fría—. Porque si nos mandan a la biblioteca por tu culpa, ahí sí que no respondo.
El camino hacia los puestos de comida frente a la academia era el escenario perfecto para el juicio final de Seiya. El cielo ya estaba oscuro, y el contraste entre las luces de neón de los locales y el cansancio de los tres amigos hacía que la situación se sintiera como una procesión de derrota.
Shun caminaba en medio, con las manos en la cintura y el ceño fruncido, una expresión que rara vez usaba pero que, cuando aparecía, era capaz de hacer temblar al mismísimo Pégaso.
— ... ¡y no es solo la limpieza, Seiya! —exclamó Shun, agitando un dedo frente a la cara del castaño—. Es que tienes un talento especial para elegir al enemigo equivocado. ¿Shiryu? ¿De verdad? Es el presidente más estricto que ha tenido la academia en diez años. ¡Podrías haberte peleado con cualquiera, pero elegiste al que tiene las llaves de tu libertad académica!
Seiya caminaba con las manos en los bolsillos, pateando una lata vacía con fastidio.
— No lo elegí yo, él me eligió a mí con su aura de soy perfecto y mido dos metros—masculló Seiya, mirando de reojo a su amigo—. Además, me llamó Pégaso como si fuera un bicho raro. ¿Quién se cree que es?
Shun suspiró, agotado, y buscó apoyo en su pareja.
— Hyoga, por favor, dile algo. Dile que lo que hizo fue una completa irresponsabilidad que nos dejó a todos con olor a cloro en la ropa.
Hyoga, que caminaba un paso por detrás con una mano en el hombro de Shun para mantenerlo cerca, asintió con una solemnidad gélida.
— Shun tiene razón —sentenció el rubio con su tono monótono pero cortante—. Tu falta de autocontrol es un riesgo logístico, Seiya. No solo perdimos la tarde, sino que ahora estamos en la lista negra del Consejo Estudiantil. Y si crees que ese tipo, Shiryu, se va a olvidar de esto mañana, eres más iluso de lo que pensaba. Es un estratega; te va a vigilar cada paso.
— ¡Exacto! —añadió Shun, dándole otro sermón mientras llegaban al puesto de hamburguesas—. Mañana vas a llegar temprano, te vas a poner la corbata como una persona normal y no vas a mirar al Presidente ni por error. ¿Me oíste?
Seiya se detuvo frente al mostrador, suspirando con fuerza mientras pedía su orden. Podía sentir el regaño de Shun en una oreja y la desaprobación silenciosa de Hyoga en la otra, pero en su mente solo se repetía la imagen de Shiryu mirándolo desde arriba en el pasillo.
— Sí, sí... como sea —refunfuñó Seiya, aunque por dentro sabía que no iba a ser tan fácil—. Pero si ese poste de luz me vuelve a decir algo de mi uniforme, no prometo nada.
Hyoga volvió a asentir, esta vez con un matiz de resignación.
— Entonces prepárate para vivir en la biblioteca, Seiya. Porque ese tipo no va a quitarte el guante de encima.
