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El Valor De Escapar

Summary:

Wei WuXian no es ingenuo.

Sabe reconocer el aroma de otro Omega en la piel de su esposo. Sabe cuándo los silencios se vuelven mentiras. Y sabe exactamente cuándo su matrimonio empezó a romperse.

Aun así, se queda.

Porque amar a Lan WangJi siempre ha sido fácil. Pero incluso el amor más grande tiene un límite.

¿Hasta qué punto el amor soporta antes de convertirse en humillación?

Cuando la respuesta finalmente llegue, Wei WuXian descubrirá que hay derrotas que duelen menos que seguir compartiendo a la persona que más ama.

Notes:

Este es un songfic inspirado en la canción "El perdedor" de Enrique Iglesias & Marco Antonio Solis. Cómo pueden ver, la letra servirá para los títulos y el desarrollo de la historia.

Chapter 1: Qué más quieres de mí

Chapter Text

Wei WuXian amaba a Lan WangJi con todo su corazón, pero no era estúpido.

Había aprendido a leer los silencios de su esposo como si fueran partituras, a interpretar cada sutil movimiento de sus cejas y el cambio más imperceptible en su aroma a sándalo que revelaba lo que sus labios callaban. Lo conocía bien, mucho mejor de lo que se conocía a sí mismo. Por eso sabía que algo estaba pasando. Sentía una presión constante en el pecho, un vacío continuo en su vínculo y un nudo en su garganta que se apretaba cada vez que Lan WangJi evitaba su mirada o tardaba un segundo de más en responder a un “te amo”.

Suspiró, levantando su mirada para ver el reloj en la pared de la sala. Parpadeó varias veces, queriendo fingir que era el cansancio lo que lo hacía ver borrosas las flechas indicando que eran las once de la noche. El tic-tac del reloj resonaba en la habitación vacía, marcando no solo las horas, sino el ritmo de su propia ansiedad.

No era la primera vez que esto pasaba. Al principio, la puntualidad que regía la vida de Lan WangJi solo se vio alterada por quince minutos, una demora que justificaba con el tráfico o una reunión de último momento. Luego, esos minutos se estiraron a una hora. Después, a dos. Ahora, la ausencia se había convertido en una rutina de dos o tres noches por semana; un patrón que Wei WuXian ya no podía ignorar aunque quisiera hacerlo. Cada minuto de espera era una puñalada de incertidumbre que le recorría la espalda, dejándole los dedos fríos y el estómago revuelto.

Recordó con una punzada de amargura la noche de la semana pasada. Lan WangJi se estaba quitando la camisa para entrar a la ducha y, por un segundo, la luz del techo reveló tres líneas rojas, finas y casi imperceptibles, que cruzaban su omóplato izquierdo. Eran marcas de uñas—marcas de rasguños que él no había dejado—demasiado delicadas para ser el resultado de un accidente, demasiado precisas para ser otra cosa que el rastro de alguien aferrándose a él en medio de un arrebato de pasión. Wei WuXian había desviado la mirada, fingiendo estar ocupado cepillándose el cabello para no imaginar las manos de ese otro Omega sobre la piel que se suponía él solo podía tocar.

Estaba a punto de levantarse para ir a la cama cuando vio las luces de un carro iluminando la sala. Segundos después se escuchó el tintineo de las llaves contra la cerradura.

Wei WuXian no se movió.

Solo apoyó el codo en el respaldo del sofá y esperó. Su cuerpo estaba tenso, vibrando con una mezcla de alivio por tenerlo de vuelta y terror por lo que encontraría en su piel esta vez.

La puerta se abrió lentamente. Lan WangJi estaba haciendo todo lo posible por ser silencioso, aunque se detuvo en el umbral por un segundo cuando sus ojos se encontraron con los del Omega en la penumbra. Hubo una fracción de segundo de sorpresa antes de que su rostro volviera a esa máscara de mármol que Wei WuXian ya no sabía si protegía sentimientos o escondía culpas.

—Wei Ying —habló, dejando escapar un suspiro que Wei WuXian no sabía si era de cansancio por el trabajo o de fastidio por ser descubierto—. No deberías haberme esperado despierto. Es tarde. Vete a dormir.

La voz de Lan WangJi era profunda, calmada y perfecta, pero carecía de esa calidez vibrante que solía usar con él.

Wei WuXian se obligó a no reprocharle nada. No gritó, ni exigió explicaciones que sabía que serían mentiras envueltas en pretextos. En lugar de eso, se puso de pie y caminó hacia él con pasos lentos e inestables, sintiendo las piernas pesadas. Al llegar frente a su esposo, el olor a cerezas lo golpeó de lleno, confirmando que la traición todavía estaba impregnada en cada una de sus poros, mezclada con el olor a sexo. Era un aroma dulce, pegajoso y extraño que se adhería al sándalo de Lan WangJi.

«Estuviste con él», quiso gritar, sintiendo el sabor amargo de la bilis en la boca.

Quería confrontarlo, agarrarlo por las solapas del saco y exigirle que explicara por qué el aroma a cerezas era ahora más fuerte que su propio aroma a arándanos, ese que se suponía que Lan WangJi adoraba. Quería preguntarle qué buscaba tan lejos de casa que él no le hubiera entregado ya con creces. Pero, en lugar de pelear, en lugar de salvar su dignidad, rodeó el cuello de Lan WangJi con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en la curva de su hombro, inhalando con desesperación, tratando de encontrar el sándalo puro que alguna vez lo fue todo para él. Enterró la nariz en la tela de su saco, buscando una pizca del amor que sentía por él entre el aroma ajeno.

Luego, consumido por los celos, empezó a besarlo con desesperación, recorriendo su mandíbula, su cuello, buscando borrar con sus propios labios cualquier rastro de ese otro Omega. Sus manos se aferraban a la espalda de Lan WangJi, arañando la tela de la camisa fina, queriendo reclamar cada centímetro de piel. Sus dedos se presionaban con fuerza, queriendo borrar las huellas del otro Omega, queriendo reclamar lo que legalmente le pertenecía pero que emocionalmente sentía que se le escapaba entre los dedos como arena. Sus labios temblaban, buscando una reacción, una chispa, cualquier cosa que le dijera que todavía había un lugar para él en ese cuerpo. Se aferró a él como un náufrago a un madero astillado, apretando su cuerpo contra el del Alfa hasta que le dolió respirar, hasta que sus costillas protestaron por la presión.

Lan WangJi se tensó, sus hombros se pusieron rígidos ante el arrebato de su Omega, pero no lo apartó. Dejó que Wei WuXian lo besara con esa desesperación hambrienta, respondiendo al contacto con un suspiro que fue un golpe más letal que cualquier rechazo. Esa pasividad lo estaba matando; era la confirmación silenciosa de que su Alfa ya no moría de deseo por él.

«¿Qué más quieres de mí que no te he dado?», pensó con agonía mientras sus labios buscaban los de su esposo. «Te di mi libertad, mi orgullo, mi carrera como fotógrafo... me convertí en esta sombra silenciosa que te espera en la oscuridad solo para que no tengas que enfrentar un departamento vacío. Dejé de capturar el mundo a través de mi lente para enfocarme solo en ti. Dime... ¿qué es lo que buscas tan lejos de aquí que no puedas encontrar en mis brazos, Lan Zhan? ¿Qué hay en ese aroma a cerezas que yo no pueda ofrecerte con mi alma entera? ¿Qué parte de mí no fue suficiente para que tuvieras que buscar refugio en alguien más?»

Lan WangJi permaneció inmóvil por un segundo eterno antes de que sus manos grandes y cálidas se posaran en la cintura de Wei WuXian, apretando la carne con una firmeza que hizo que el Omega soltara un gemido ahogado. Entonces, le devolvió el beso con una ferocidad que resultaba casi cruel dada la situación; una pasión que se sentía como una disculpa silenciosa o, peor aún, como un intento de callar sus dudas con placer físico.

—Te amo tanto... —susurró Wei WuXian contra sus labios, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar.

Fue una confesión que sonó a súplica. Un “te amo” que en realidad significaba: por favor, vuelve a mí, no me abandones. Un “te amo” que intentaba cubrir el hedor de la infidelidad con el peso de su propia devoción.

Se aferró más fuerte al cuello de Lan WangJi, mendigando un amor que ya no era exclusivamente suyo. Prefería morir ahogado en ese abrazo contaminado a soltarse y enfrentar el vacío de saber que, para el hombre que era su mundo entero, él ya no era su todo. Enterró sus dedos en el cabello de su Alfa, cerrando los ojos con fuerza para no ver la realidad, resignándose a ser el perdedor de esta historia una noche más.