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El viento frío los rodea. Están demasiado arriba, más allá de las nubes, lejos de todas las miradas indiscretas, en esta pequeña ciudadela flotante que se ha convertido en su santuario personal.
Es como un sueño. Aquí arriba no hay guerra, no hay bandos, no hay responsabilidades…pero, como todo sueño, debe terminar al salir el sol.
Tooru gira la cabeza desde la posición cómoda sobre el regazo de Tobio. El elfo masajea con suavidad el cuero cabelludo del demonio, sin tocar los cuernos. En la distancia, por encima de las nubes, tan lejos que puede apreciarse la curvatura del planeta, los primeros rayos del sol marcan el inicio de un nuevo día.
—Tenemos que regresar pronto.
Tobio tararea, sin querer regresar en lo absoluto, porque, cuando vuelvan a la tierra, el sueño terminará, y ellos volverán a ser enemigos.
—¿Tenemos que regresar?
—Sabes que sí.
—…podríamos irnos, nadie lo notaria hasta que fuera demasiado tarde.
Tooru se sienta, abandonando la comodidad del regazo de Tobio.
—¿Podrías hacerlo? Ya les hemos fallado lo suficiente. Se supone que debíamos matarnos y terminar con todo, pero aquí estamos.
Tobio suspira, un sonido que contiene demasiada frustración y el peso de una gran carga.
—No.
Tooru asiente, sus ojos reflejando el mismo cansancio que los de Tobio.
Tobio se inclina, rozando sus labios con lo de Tooru. Es suave al principio, casi inocente, hasta que la suavidad da paso a un deseo apenas reprimido, casi animal.
—Tooru —susurra Tobio entre respiraciones, mientras toma el rostro de Tooru entre sus manos con más gentileza de la que cualquiera que viera al príncipe elfo por primera vez podría esperar.
—¿Sí?
Por un momento, Tobio duda. Con una respiración profunda, une sus frentes, acercándolos lo más posible.
—Creo que te am…
Tooru cubre la boca de Tobio con su mano, sin hacer contacto visual.
—No. Por favor, no.
Tobio retira la mano de Tooru, entrelazando sus dedos en el proceso.
—¿Por qué no?
—…lo sabes bien. Tenemos responsabilidades. No hay lugar para el amor en la guerra…lo siento.
Tooru desvía la mirada hacia las nubes, ahora iluminadas por los primeros rayos del amanecer. Con un movimiento suave, los dedos entrelazados se separan.
—Tal vez cuando todo esto termine, si alguna vez termina, pero no hoy.
Tooru se lanza al vacío, atravesando las nubes, dejando el sueño atrás, al menos por hoy.
El crepitar del fuego llena el silencio de la habitación. Las llamas danzantes se reflejan en los ojos azules del Rey de los elfos. El rey toma un largo sorbo de vino, mirando el paisaje nocturno a través de la ventana, ignorando por completo a la otra persona en la habitación.
—Fuiste tú quien convocó esta reunión, Alexei, si solo intentas hacerme perder el tiempo, ten por seguro que lo lamentaras.
Un ligero y apenas perceptible rastro de magia se filtra en la voz del Rey Demonio, pero es suficiente para trasmitir la seriedad de la amenaza.
Tooru sabe que todo podría ser una trampa, una sucia estratagema para poner fin a su vida y terminar con la guerra…pero, a pesar de que existen muchos elfos poderosos que sin duda podrían lastimar a Tooru, tal vez incluso matarlo si atacaran en grupo, solo existe un elfo que tiene una oportunidad de matar a Tooru en un enfrentamiento directo, y él no es del tipo que ataca por la espalda o que permitiría que algo así ocurriera.
Es una apuesta arriesgada confiar en el enemigo, y Tooru debe ser un idiota por hacerlo.
—Tan impaciente como siempre, Rey de los demonios.
—Algunos de nosotros tenemos asuntos importantes por atender.
—¿Cómo seguir intentando destruir mi reino?
—Por supuesto.
Alexei aparta la mirada de la ventana y deja la copa sobre la pequeña mesa que separa a los dos reyes. Un suspiro cansado y casi frágil escapa de los labios del mayor, un hombre que hasta ahora, nunca, ni una sola vez en los muchos siglos que Tooru lo ha conocido, había flaqueado.
—Estoy cansado, Tooru.
—¿No lo estamos todos?
—Entonces, ¿por qué continuar con esto?
A pesar de los años de autocontrol practicado una fugaz arruga de molestia cruza el espacio entre las cejas de Tooru.
—¿Tienes el descaro de preguntarlo? ¿Después de todos los demonios que los de tu especie asesinaron?
—¿Cuántos elfos crees que han muerto a manos de los demonios?
—Fueron los de tu especie los que hicieron el primer ataque, no puedes culparnos por responder.
El frío en la voz de Tooru podría congelar a casi cualquier criatura, pero el rey de los elfos no es una de esas criaturas.
—¿Hace cuánto fue eso? Esta es la guerra de nuestros padres y nuestros abuelos, y muchos antes de ellos. En este punto, ¿Por qué peleamos? ¿El orgullo de nuestros antepasados? ¿En verdad estás dispuesto a seguir enviando a la muerte a tus compañeros para vengar las vidas de personas que no conocimos? No quiero que una guerra sin sentido sea mi legado. Estamos al borde la extinción, elfos y demonios, y lo sabes bien. Esto ya no es sostenible.
Tooru lo sabe, lo ha sabido durante demasiado tiempo, pero es difícil parar una rueda que ha estado girado por demasiado tiempo, y esta guerra ha durado lo suficiente como para incrustarse en el inconsciente colectivo.
—Sé que puedes escucharlos susurrando en las sombras, esperando el momento preciso en el que no podamos defendernos.
Si, Tooru puede escucharlos: tramando, anticipando, esperando. Una vez elfos y demonios fueron los más poderosos, y entonces, algo ocurrió, ya nadie recuerda exactamente qué, pero fue suficiente para poner a ambos bandos en contra, enzarzados en una guerra que se ha extendido por demasiadas generaciones, y ahora, elfos y demonios aún son poderosos, pero ya no son lo que una vez fueron. Ambos se han debilitado unos a otros durante más de dos mil años, mientras todos los demás se han fortalecido. No pasará mucho hasta que alguien más, espíritus, enanos, humanos, gigantes, una unión de todos tal vez, decidan que han ganado la fuerza suficiente para derrocar a los que una vez estuvieron en la cima.
—Si continuamos por este camino, el fin es inminente.
Tooru quiere cerrar los ojos, dejar caer la cabeza contra el respaldo del sofá, suspirar y tomar una larga siesta, porque si, él también está cansado, demasiado cansado. No hace nada de eso, porque en este momento él está aquí como rey, y tiene responsabilidades que cumplir.
Con una expresión en blanco, la que usa al momento de escuchar y resolver las disputas entre demonios, Tooru encuentra la mirada del Rey Elfo.
—¿Qué es lo que puedes ofrecer?
La puerta se cierra, Tooru toma la copa de vino frente a él y la vacía de un solo trago. Una corriente de viento frío entra por la única ventana abierta, atenuando el calor de las llamas. Tooru se permite disfrutar del silencio por poco más de un minuto antes de pasar al siguiente asunto.
—Ya puedes salir.
Otra corriente de viento sopla, la temperatura desciende un par de grados mientras una figura emerge del aire, camina hasta una de extremo de la habitación, toma una copa y regresa para sentarse frente a Tooru.
—¿Cuánto escuchaste?
Tobio toma la botella de vino sobre la mesa y llena su copa y la de Tooru.
—Lo suficiente.
Tooru acepta la copa ofrecida, pero no bebe, Tobio tampoco lo hace.
—Entonces, ¿estás de acuerdo con ser mi prometido?
Tobio levanta una ceja, dándole a Tooru una mirada incrédula.
—¿Hablas en serio? ¿Después de todo este tiempo? ¿Después de la última vez?
Tooru suspira, sin importarle si suena demasiado tenso y cansado.
—Esto no será como lo que hemos estado haciendo hasta ahora, Tobio. Aún si en un momento se vuelve solo un acuerdo político, esto será de por vida, no más encuentros casuales que mantienen la emoción. Nunca creí que tu padre te entregaría a mí voluntariamente. Esto —Tooru señala el espacio entre él y Tobio—surgió en medio de la guerra y el conflicto. No sé si podremos mantenerlo en un mundo sin guerra.
Los ojos de Tobio se entrecierran, y Tooru lo conoce lo suficiente para saber que esta vez en verdad lo molestó.
—¿Crees que seguí regresando con la única criatura que representa un peligro real para mi vida por encuentros casuales? ¿Eso es lo que crees que eres? Si quisiera una aventura, podría conseguirla en mi propio reino, no sería difícil.
Tobio se pone de pie, rodea la mesa, toma las manos de Tooru y lo levanta. Los ojos de Tobio queman a través de Tooru, la intensidad de miles de soles contenida en dos pequeños orbes azules.
—Ya no estamos en guerra.
Tooru asiente, entendiendo el mensaje detrás.
—¿Puedo decirlo ahora?
Es apenas perceptible, pero Tobio nota el pequeño asentimiento.
—Te amo. Creo que te he amado por las últimas décadas.
—¿Solo las últimas décadas? Te he amado durante el último siglo.
Tobio une sus labios en un beso delicado, apenas un roce de labios, algo para comprobar que esto es real.
—No es una competencia.
—Lo sé.
Tooru cierra la distancia, esta vez en un beso acalorado, necesitado…libre, sin temor a ser atrapados. Tobio responde con la misma intensidad.
Cuando se separan, Tooru apoya la cabeza sobre el hombro de Tobio y ríe. No es una risa agradable, es casi histérico y demente, digno de un Rey Demonio, y Tobio debe estar loco por amar el sonido.
—¿Es tan fácil? ¿Solo unir nuestros reinos?
Tobio, si es posible, acerca más a Tooru.
—No es fácil. Es lógico, casi todas las guerras se resuelven con un matrimonio, pero no es tan sencillo. Muchos lo intentaron antes, siempre terminó en desastre.
Tooru lo sabe. Ha leído todos los libros de historia y memorizado cada evento fracasado en busca de la paz. Las bodas parecen ser un lugar idílico para la traición.
—Supongo que tendremos que romper la maldición.
Tobio sonríe.
—Eres el demonio más poderoso, soy el elfo más poderoso, solo un tonto se atrevería a intentar arruinar nuestra boda.
En el fondo, esa es la razón de este matrimonio, el por qué detrás de que el Rey Elfo decidiera regalarle su mejor guerrero al enemigo. No importa si los elfos y demonios están al borde de la extinción, solo alguien sin cerebro seria lo suficientemente tonto como para atacar una nación gobernada y protegida por Tobio y Tooru.
Haciendo un esfuerzo imposible, Tooru se separa de Tobio y toma las dos copas sobre la mesa, extendiéndole una al otro hombre.
—Por el fin de la guerra y nuestro matrimonio.
Tobio choca su copa con la de Tooru.
—Por el fin de la guerra y nuestro matrimonio.
