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Dolce e amato venerdi

Summary:

Marie transcurre a una confitería chiquita y cómoda cada viernes sin falta. Julián, el ayudante del dueño, la mira todos los días pasar y los viernes la admira en silencio sin falta.

Cuando ella comienza a ausentarse después de una joda, Julián no sabe qué hacer.

Notes:

Es la primera vez que escribo en AO3 /llora. Y me enamoré de Juli también, vamo loco.

Chapter 1: (Des)Ilusión

Chapter Text

Era común en esa chiquita y única confitería del pueblo la presencia de, según Julián, una radiante chica. Chica a la cual veía todos los días pasar por frente a la vidriera con su bolso, y veía entrar cada viernes, como hoy.

"¡Buenass!" Saludó la joven alegre, con su bolso verde oliva y unos pesados libros en mano.

"Pará, ya te ayudo." Se apresuró el cordobés y agarró los libros que traía la chica para después seguirla a su habitual lugar, junto a la ventana y cerca de la vidriera de cosas dulces.

Cuando ella se sentó, le agradeció al más alto con dulces palabras, con esa voz que tanto acaramelaba los oídos del querido Julián.

"¿Algo distinto para hoy?" Se apresuró a decir él antes de que se notara lo mucho que ella podía afectarle.

"Mmh... Puede ser una tartita de frutilla." Dijo sin mirar la carta, tanto iba a ese lugar que casi la tenía memorizada. "Y un café Mocca pero con un poco más de chocolate."

"Con un poco más de chocolate." Dijeron al unísono, causando infantiles risas entre los dos, él sin miedo de mostrarlas pero ella con algo de vergüenza, tapando así su boca.

¿Tanto la conocía? Pensó ella, embobada por la presencia ajena.

"Ya te lo traigo." Finalizó él mientras la veía una última vez antes de caminar hacia atrás del mostrador.

Las demás personas eran testigos del afecto que ambos jóvenes sentían por el otro, pero que no eran capaz de demostrar sin sentir miedo o vergüenza. Todos querían verlos juntos a los dos desde que notaron el dulce y tan cuidadoso trato que él le daba a ella, por cómo Julián se volvía más timido de lo que ya era, igual que ella. Incluso tanto, tanto, se notaba ese tierno sentimiento por las miradas que él le daba cuando se quedaba en la caja o cuando se demoraba en entregarle el vaso a la chica porque le escribía unas cuantas palabras o porque le hacía unos pequeños dibujitos, que si bien eran mal hechos (según él), ella adoraba y les sacaba fotos, hasta los guardaba en su bolso y en su corazón.

"Acá está." Canturreó el cordobés mientras dejaba el café con cuidado en la mesa y la tarta a un lado del vaso. La miró a los ojos y fue capaz de ver cómo sus ojos brillaban por los dibujitos en la cinta que rodeaba el vaso de café.

"Gracias, Juli. Sos un amor." Sonrió ampliamente, con su mano casi rozando la ajena. Ambos se miraron por unos segundos que casi parecían una eternidad dentro de la burbuja en la que se sentían. Él le regaló una sonrisa que tantas veces la hizo suspirar pero que ahora intentaba ocultar.

"No es nada, enana." Respondió con cariño mientras se alejaba para atender al nuevo grupo que había entrado.

Y así pasó la tarde con tranquilidad, con las risas de ambos chicos cuando él se acercaba para hablarle y las charlas de ella con el tan querido dueño del lugar sobre lo que había sido o había hecho ella en la semana. Personas que entraban y notaban con facilidad el afecto que sobrevolaba el ambiente por esa inexperta (no)pareja, se ilusionaban al ver una interacción entre ambos, incluso esas niñas que soñaban con las miradas que Julián le enviaba mientras que ella se concentraba en el libro que leía.

Llegada las ocho y media de la noche, la gente comenzaba a irse, por lo tarde y oscuro que se hacía y por lo frío que se ponía ante el presente otoño.

"Ay, los extrañaba tanto." Confesó con afecto y sinceridad la castaña mientras reía y secaba aquellas felices lágrimas por el anterior estallido en carcajadas causado por el más longevo de entre los tres.

El italiano miró al cordobés, quien sólo se limitaba a observarla con cautela para dejar impreso aquel momento en su memoria y en su corazón. "Yo- bueno, nosotros también." Se corrigió casi automáticamente mientras que miraba la mesada del mostrador con vergüenza.

El reloj sobre la puerta de entrada y salida marcaba las 8:54, seis minutos antes del horario de cerrada y ya con la confitería vacía de gente, se podía acomodar tranquilo. Ella siempre se quedaba hasta tal horario por la tranquilidad y el deseo de "quedarse un ratito más" por Julián, quien la acompañaba hasta su casa sin rechistar ni quejar, porque le gustaba ser y tener compañía a la hora de volver a casa. Y aunque lo negaría, en realidad era para ver por un ratito más a la castaña, aparte contaba con la corta excusa de que vivían medio cerca.

"¡Chau, Don Rozzo!" Se despidieron los dos chicos mientras salían, ella primero que él, como acto de caballerosidad del oriundo de Calchín. "¿Qué tal la facultad?" Se animó a preguntar él mientras caminaban uno al lado del otro, Julián sostenía una sombrilla por la fina lluvia que caía sobre todos.

"Ni qué decirte, puede ser un embole algunas veces con tantas cosas que vemos, pero me está yendo bien por suerte."

"¿Por suerte? Un poco más te veo todos los días con un libro en cada mano y en lo de Don Rozzo te la pasás estudiando, ni terminás tu mocha." Recalcó aquel con el acento cordobés con el que tanto mataba a la más chica.

Ella sólo rió y siguieron charlando de cosas triviales durante todo el camino a la parada de colectivos para llegar a la casa de la fémina. Con sus brazos entrelazados y corazones incendiados, decidieron callar al sentarse en el bancillo entechado de la parada, y estaban tan callados, que si incluso prestaban atención, podrían escuchar los latidos de ambos, bailando en su lugar por la presencia del otro.

Se miraban de reojo, sin animarse a decirse en ese momento lo que sentían aunque se estén muriendo por gritarlo. Los hombros de ambos se rozaban en un inconsciente deseo de sentir la calidez del otro por el presente clima helado que arrebatada en Calchín. El corazón de él se moría por tocarla y cuando la menor recostó su cabeza sobre el brazo de él (porque no alcanzaba a su hombro) él solo atinó a llevar su mano al cachete de ella, consciente. La yema de los dedos frías que Juli tenía le causaron a Mari un escalofrío que disfrutó y cuando ya estaban lo suficientemente cerca como para que sus heladas narices se rozasen o sintiesen la acelerada respiración del otro-

"¿Saben si ya pasó el colectivo?" Preguntó uno sin levantar la vista del teléfono y sin darse cuenta del mayor tacto que habían tenido los dos.

"No, ni idea. Hace un ratito no más llegamos también." Contestó rápidamente ella después de alejarse casi automáticamente del chico, quien se quedó helado, con los dedos picando por sentir de nuevo una mísera de piel de ella y mirándola como una perfecta obra de arte. Marie se quedó helada, casi como congelada, pero el enrojecido rostro de ella la delataba. Con el corazón más encendido y tan feliz por la cercanía ajena, pedía por más.

Y cuando él estaba a punto de hablar, escucharon un rechinido de frenos, los dos se levantaron tan rápido como se subieron al colectivo, y con solo asientos dobles quedantes, tuvieron que sentarse en silencio y con la vergüenza ejerciendo de ambos jóvenes por.el vivo recuerdo del anterior acto.

Esa noche se despidieron tranquilos cuando llegaron a la casa de ella, con un pequeño (gran) pesar por partes de ambos que se contenían por callar. Julián se quedó quieto en sorpresa cuando Marie se acercó a dejarle un minúsculo beso en el cachete, hasta la dejó ir entre juguetonas risitas como si fuesen de una nena chiquita.

El resto de la semana, el calchinense esperó con ansias el próximo viernes y hasta el domingo entrante la vio en la misma fiesta en lo de un amigo pero ni pudo hablarle. En esa semana la vio pasar y saludar con apuros, casi como siempre, pero en la vuelta de un martes después del feriado fue la cosa, ni siquiera se habia limitado a mirarlo aunque haya estado afuera barriendo, le pareció raro, entonces hizo lo mismo el resto de días para comprobarlo. El viernes directamente ni se presentó. Y no pudo buscarla, porque tenia que trabajar más, y tanto se arrepentía que casi se quebraba en llanto ahí mismo. En la siguiente semana ni se miraron ni saludaron, en el nuevo viernes la esperó y al momento del cierre su mente lo carcomió.

¿Debería ir a verla? Se preguntó.

Por otra parte, Marie sufría en silencio por una desilusión que no entendía, era tan primeriza en sus sentimientos que le costaba comprender. A Carla le gusta Julián., recordó con un sentimiento de amargura la joda de la semana pasada; ¿Y si a Julián le gusta Carla?, se preguntó insegura, con las piernas contra el pecho y los brazos cruzados en las rodillas, y tapada tal pingüino con las colchas de su cama.

"¿Y si a Julián le gusta Carla?" Se cuestionó de nuevo con un hilito de voz, con un tono más débil y vacío. Con desesperanza y dolor asumió que sí, que sí se gustaban si después de todo le dijeron que los vieron pegados en una fiesta de conocidos, casi a los besos. Las lágrimas desbordaron de nuevo sin explicación y entonces su corazón le rogó por un mísero acto de afecto, de positividad e ilusión, ¿Y si estaba equivocada?; preguntó esperanzado el corazón. ¿Y si no?, contraatacó el cerebro.

"Qué le va a gustar esa cara de culo sucio." Abrió la boca Enzo, el mejor amigo de la chica, el compañero del anfitrión de la fiesta en el feriado del martes y con quien había ido el primer día de la cafetería aunque él no quería. Se rió por la expresión que ella le dio y volvió a hablar; "¿No te diste cuenta de cómo te mira a vos, pelotuda? Desde el primer día parece que lo hechizaste, y eso que es él quien prepara los cafés." Recordó con gracia para sí mismo. Él la vio destruida, perdida porque no sabía qué sentir o qué debería sentir porque ella y Julián no eran absolutamente nada más que amigos (o de eso se encargaba su mente de hacerle creer), y entonces Enzo la tomó de los brazos y la atrajo a su pecho para cubrirla entre abrazos, largó un suspiro y musitó; "Dale, enana, ya sabés lo forra que es Carla, ¿pensaste que no lo iba a ser con vos?"

Esas palabras no la ayudaron, se quebró peor porque con esa chica sí veía una linda amistad y confidencia.

"Me embola verte así, así que cambiate y vamos a ir ahí, y te voy a hacer ver cómo está de embobado con vos." Le besó la cabeza antes de levantarse y retirarse para ir al baño.

Ahora, ¿qué haría para mostrarle eso? Ni siquiera lo pensó cuando soltó esas palabras.