Work Text:
La luna estaba inusualmente alta en el cielo cuando emprendieron el camino a casa. La sesión con Rubius había requerido más tiempo del previsto, mas finalmente parecía estar empezando a recuperarse. Había valido la pena.
El cantar de los grillos acompañaba al sonido irregular de sus pasos sobre la tierra. Los pies de su compañero tenían un andar más ligero, innecesariamente sigiloso. Cuando pisaron la piedra oscura de la entrada, Luzu abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarlo pasar. Echó una mirada al bosque del que provenían, al día que estaban por acabar de una forma u otra.
Una brisa helada y la queja de un zombie lejano lo empujaron a entrar, haciendo caso omiso a sus pensamientos invasivos. Cerró la puerta detrás de él y volteó hacia el interior: habían abandonado la fría luna por la calidez de las antorchas. Ante la imagen de Quackity sentándose en su cama, una sonrisa pícara en su rostro, soltó un suspiro.
—¿Me puedes explicar qué fue todo eso? —dijo Luzu. Se frotó los ojos y recordó la razón de sus ojeras.
Quackity ladeó la cabeza, aún vivaz.
—¿Qué fue qué?
Luzu caminó hacia uno de sus cofres, se arrodilló frente a él. No necesitaba nada material, nada que pudiera darle más allá de una distracción, una excusa para no mirar a su invitado a los ojos.
(¿Podía considerarse un invitado cuando justamente aquella noche no le había sugerido que volvieran juntos de lo de Rubius como siempre hacía? ¿Podía considerarse un invitado cuando tenía una llave propia, cuando se paseaba entre aquellas paredes como si estuviera en su casa?)
Se apresuró en abrir el baúl y revolver sus contenidos, ignorando todo lo que contradijera el enojo que sentía, que debía sentir.
—No sé… Las interrupciones a Rubius, los ataques verbales a Sapo Peta, el hecho de que rodeaste la casa de Rubius en una escoba mágica mientras sostenías un parlante que hacía sonar a un bebé llorando con autotune —enumeró con un tono exhausto, sus manos y sus ojos descartando objetos del cofre, guardando otros en él. Analizó una soga vieja, algo deshilachada. Ya era hora de deshacerse de ella.
A sus oídos llegó una risa callada, casi imperceptible, pero tan familiar… Estampó la soga contra la tapa del cofre con más fuerza de la necesaria; el ruido del impacto cortó cualquier rastro de felicidad de parte de su… de él.
—Quackity, —Se volteó a verlo, sus rodillas sin despegarse del suelo. —¿no te das cuenta de lo insensible que has sido todo el puto día?
Las antorchas que colgaban de sus paredes opacaban a la luz de la luna filtrándose por las ventanas. Parecían estar tan lejos de días fotografiados y sonrisas sinceras, mas revivirlos solo requería subir al segundo piso y ver sus memorias, salir por la puerta principal y crearlas de nuevo. Ninguno se movió; ninguno lo intentó.
Quackity chasqueó la lengua, esbozó una mueca.
—Ya, Luzu, ni que a ti no te dieran gracia mis chistes sobre Rubius. No te me andes de santito.
—Quackity, te reíste de un hombre que estuvo sufriendo delirios por meses por la muerte de Titi. La muerte de alguien que le importaba más que nadie en el mundo.
Luzu se mordió la lengua, tragó saliva. Saboreó sus propias palabras. No eran inciertas, pero apuntaban a una comparación hiriente, una pulla innecesaria. Porque si había alguien que le importaba a Quackity... La pérdida se leía en su mirada, en su respirar; Quackity también estaba de duelo.
Un nudo en la garganta le impidió continuar criticándolo, o comenzar a disculparse, o decirle que lo deje solo en aquella casa. Estaba siendo injusto y lo sabía, porque si había alguien que entendía a Quackity…
Pero las costumbres no mueren dulcemente. Era difícil dejar de usar palabras afiladas para obtener una respuesta, de replicar el daño que había aprendido en recuerdos borrosos, daño hacia él y hacia gente que lo merecía más que el chico en frente suyo.
Sin embargo, ¿Quackity no lo merecía, después de lo que le hizo? Él lo atacaba con una mirada rocosa que le gritaba que no, una pared que tapaba la pérdida de forma tal que resultaba aún más evidente; una mirada que le decía que así no obtendría nada, que tenía que calmarse. Mas no fue capaz de abandonar sus dudas hasta que Quackity abrió la boca.
—Titi era mi hermano —dijo.
Sostenía apenas un hilo de voz, mas no se distinguía de su tonada habitual por algún tipo de fragilidad. Era grave, medida, precisa. Era la verdad; su verdad.
No hacían falta más palabras o explicaciones de por qué en vez de ir al entierro él había preferido emborracharse y escuchar música fiestera, de por qué días después del accidente adoptó a un hijo como si Titi fuese reemplazable, de por qué tuvo una aventura amorosa que ahora no sabía cómo continuar. No hacían falta justificaciones ni perdones ni las miradas siempre presentes, siempre cargadas de sentimientos que ni Quackity parecía comprender. Luzu entendía a Quackity como si fuera las paredes de su hogar. Estaba siendo injusto.
Pero Luzu también estaba de duelo.
—Pues si tanto te importaba háblame de él en terapia en vez de hacer el gilipollas en nuestras sesiones.
Quackity frunció el ceño, mas no dejó de observarlo, ojos finos y oscuros reflejando la imagen de Luzu a la distancia, de sus propios ojos rojos que lo veían, verdaderamente lo veían.
Por alguna razón oculta detrás de su máscara invisible, metafórica, el enojo dentro de Quackity se extinguió. Su expresión se relajó y Luzu se dijo que no, que no era invisible, que Quackity podía fingir sin fallos si se lo proponía… Que había algo que lo empujaba a mostrar su vulnerabilidad impronunciable con Luzu como único testigo.
Se cruzó de brazos, hundiéndose en la cama. A pesar de todo, no se despegaba del familiar espacio; una búsqueda de consuelo silenciosa entre todo el ruido que era Quackity.
Volteó su cabeza hacia unos baúles contra la pared. Su cuerpo aún miraba a Luzu, pero su rostro era solo un perfil plano, reprimido.
—No es como si Rubius se hubiese tomado muy en serio mis problemas.
Fue tan solo un susurro, pero Luzu se aferró a esa frase. La repitió en su mente, la hizo reverberar contra las paredes de su palacio mental. Era más intensa que los grillos del exterior, como un pitido en sus oídos luego de una explosión, luego de poner pie en el sitio equivocado, y la familiaridad de todo aquello lo hizo percatarse de que ese sonido siempre había estado ahí, debajo de cada una de sus palabras. No estaban de duelo; la pérdida se traducía en cada uno de sus pasos irregulares y sigilosos, en sus ojeras permanentes y sonrisas vivaces. El pitido persistía a pesar del tiempo, más allá de él. Pero su sufrimiento no era una forma de expiación; la sangre que esparcieran no sería limpiada por la suya propia. No podían obrar como quisiesen.
—Tienes razón —dijo—. Rubius no debería haberse reído de ti. Pero eso tampoco significa que lo que hiciste estuvo bien.
Sus brazos se estrujaron más firmemente contra su pecho. Su mirada parecía forzada a separarse de Luzu, obligada a desinteresarse. Algo en ese escape continuo funcionaba como un espejo y, casi con vergüenza, Luzu se irguió. Se acercó a él con pasos vacilantes hasta poder sentarse a su lado sobre la cama.
Al notar cómo Quackity se aferraba a sus propios bíceps en un agarre desesperado, no pudo evitar poner una mano sobre una de las suyas. Quackity se relajó en su tacto y dejó que tomara su mano, que la llevara al espacio entre ambos sobre las frazadas y la acariciara con su pulgar.
Por un instante, estuvieron así. Sentados lado a lado, mano en mano, uno con la mirada baja y el otro esperando una reacción del primero, una respuesta. Los sonidos de la noche y el crujir del fuego de las antorchas hacían del silencio algo casi cómodo, casi familiar. Pero entonces Quackity volteó a verlo y las lágrimas en sus ojos eran todo lo contrario a un hogar.
—Ya síguele, cabrón —Quackity gruñó, casi imploró.
Su ceño se fruncía en algo doloroso y su mueca le dejaba un sabor amargo en la boca. Luzu quiso interrumpirlo, pero su rostro se quedó congelado a media acción. Esto era nuevo. Esto era delicado.
—Dime todo lo que quieras, pero… No me mires así —siguió.
Luzu buscó algo más en su expresión, en cómo sus palabras y su tono no coincidían con la desolación en sus facciones, en cómo su mano no soltaba la suya.
—¿Así cómo?
Quackity se sorbió la nariz, bajó la mirada al espacio entre ambos, donde se encontraban.
—Sapo Peta está enojado conmigo por lo que te hice. Por no… respetarte mientras estaba con él.
Por lo que te hice.
Su voz era una gota impactando contra un vasto lago invernal; se repetía en vibraciones, se volvía un eco agudo y acuoso que solo Luzu podía oír.
Por no respetarte.
Cuando el agua helada le causó un escalofrío, Luzu aflojó su agarre. Quackity no se inmutó.
—Y Rubius… Él me corrió de su casa a espadazos después de lo del parlante. —Una sonrisa afligida se presentó en su rostro antes de borrarse por completo.
Luzu tragó saliva. Vio su reflejo en ojos oscuros.
—Pero aunque no me justifiquen, nadie me toma en serio y, al final del día, no puedo confiar en ellos.
Una parte de él le rogaba que desviase la mirada, pero le era imposible. Necesitaba entenderlo. Necesitaba entenderlo como pensó que lo hacía.
Y es que Luzu una vez soñó con compartir todo con él. Soñó con mascotas, memorias y aventuras propiamente suyas, sin miedo a decir que lo eran… o lo que eran. Soñó con decir lo que callaban y callar lo que tanto necesitaban decirse el uno al otro, explicarlo sin palabras. Pero era solo un sueño, quizás, el no requerir estos malentendidos, esta incomodidad, esos ojos que lo veían, verdaderamente lo veían, mas no lograban entender su figura abstracta como si fuese parte de su naturaleza hacerlo.
Por el peso en su pecho y el nudo en su garganta, sabía que su mirada estaba cargada de sentimientos que ni él podía comprender; pero Quackity lo veía. Quackity escalaba sus paredes, las tocaba como si fueran su casa, y asomaba la cabeza sobre la cima. Miraba al otro lado. A Luzu. Lo miraba y, aun así, en el silencio las verdades permanecían estáticas e indescifrables.
Se aferró a la sensación de aquella mano sobre la suya, sintió el felpudo bajo su muñeca y a través de sus jeans. Forzó a su realidad a dibujarse de nuevo sobre sus retinas. Quackity aún estaba ahí, lagrimeante. Nunca antes se habían dirigido la mirada por tanto tiempo. Le apretó la mano. Quackity lo imitó. Era reconfortante, pero también servía de recordatorio. Cuando se sostenían, era más consciente que nunca de las líneas que los dividían, donde la piel de uno daba lugar a la del otro. Compartían más de lo que Luzu jamás hubiese querido, ansiedades sonoras y prisiones mentales permanentes, pero todavía tenían un largo camino por delante para distinguir lo que veían en los ojos del otro.
Mas entre toda la confusión, hubo una cosa que se volvió clara, y su respuesta murió en su boca: Quackity no necesitaba que Luzu le repitiese su promesa una y otra vez. Sus lágrimas eran prueba suficiente de que confiaba en su palabra. En él.
Quackity inhaló profundamente; su expresión severa, un contraste con sus ojos brillosos, sinceros. Exhaló de un soplido.
—Y tú no confías en mí, ¿verdad, cabrón?
Luzu frunció el ceño.
—Por supuesto que…
—Sé que ya pasó lo de Bear Bikes y que confías en que no te voy a… No me refiero a eso —lo interrumpió—. No confías en que me pueda cuidar solo. Sabes que no soy un escuincle, pero me ves como alguien indefenso igual, y eso me caga.
Y si él escalaba sus paredes, Luzu hallaba agujeros en las de Quackity. Abrió bien los ojos y pestañeó varias veces, aclaró su vista para entender a ese hombre fragmentado, solo visible de a partes. La imagen que tenía de Quackity no era errónea, mas sí incompleta —siempre lo había sido—, tapada por restos de muros pasados; y enfocar tanto la vista para verlo mejor a través de los huecos en su armadura lo estaba mareando.
Como si pudiera sentir el remolino dentro de él, Quackity apretó su mano otra vez. El tacto lo regresaba a esa cama, a esa habitación, a esa noche. La mirada de Quackity lo regresaba a su conversación, a la razón de sus ojeras, a lo que callaban y tanto necesitaban decirse el uno al otro. El fuego de las antorchas crujía. Los grillos cantaban. Quackity respiraba en frente suyo. Las verdades dejaban de suspenderse en el silencio. Quackity se aclaró la garganta y Luzu asintió para él.
—Enójate conmigo si quieres, o perdóname, o haz lo que quieras, pero tienes que dejar de mirarme como si no pudiera aguantarme ni una queja. Me voy a defender pero tú síguele, sigue chillando hasta que te quedes bien a gusto. Dime lo que te molesta, sin tapujos ni mamadas, y sin rumores de cartas de amor de Sapopeta.
Se detuvo, su cara retorciéndose como si hubiera mordido una semilla de limón. Un sentimiento innombrable estrujaba el corazón de Luzu.
—Porque me enteré de que eso era mentira, cabrón. Andabas de pinche tóxica, intentando darme celos… —Quackity masculló, sus cejas tensas en una molestia que parecía artificial frente a sus ojos lagrimosos y su nariz roja, irritada.
Luzu intentó tragar el nudo en su garganta, mas le fue imposible. Se mordió el labio.
—Vale —dijo, su voz húmeda y cansada.
Las arrugas en la frente de su amigo se desvanecieron. Sus ojos vacilaban entre Luzu y un punto más allá de él, más allá de su cuerpo y de su espejismo, al otro lado de las paredes.
—Está bien —continuó Luzu—. Pero entonces ven y dime las cosas claras también, y pídeme ayuda cuando la necesites. Sin máscaras, ni cartas de amor reales de Sapopeta, ni parlantes… ni nada.
Quackity bajó la mirada y se sorbió la nariz. Aún parecía fastidiado. Apretó su mano una vez más; una disculpa, quizás. Luzu lo imitó. Una promesa.
No era perfecto. Aún les faltaría mucho para poder nombrar lo que eran, poder entenderse más allá de espejismos, poder hablarse por encima de los sonidos de la noche y los pitidos que no los dejaban dormir.
No era perfecto, pero era un comienzo. Y quizás eso era suficiente por ahora.
Una ráfaga de viento abrió las ventanas detrás de ellos y apagó algunas antorchas. Podrían haberse soltado para buscar entre los baúles algún encendedor, algo que reavivara las llamas.
Ninguno se movió; ninguno lo intentó.
La luz blanca de la luna era una cobija sobre sus espaldas. Sus dedos entrelazados, una pequeña fogata. Era familiar, pero no como el pitido en sus oídos, no como la pérdida. Era una fotografía; era paz, era esperanza.
Sentados lado a lado, mano en mano, la noche era más silenciosa y cálida que de costumbre. Quizás, no sería la última.
