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El escarbato se robó la estrella de Navidad

Chapter 4: Lechuza mareada

Notes:

Feliz año!

Espero este 2026 esté lleno de oportunidades y hermosos momentos. Lamento no haber actualizado como esperaba. La maldición de Ao3 me volvió a alcanzar y mucho paso en estos días para terminar el capítulo. Lo bueno es que pude pulirlo y quedé más convencida del resultado final.

Gracias por leer!

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El escarbato se robó la estrella de Navidad

Capítulo 4: Lechuza mareada



Llevaba una hora o dos sin hablar. Eso no tenía que ser novedad para nadie, pero luego de un día tan animado y al compás del parloteo de Newt, su mutismo era un nudo en la garganta. Los lametones de la erumpent intentaron animarlo, aunque era incapaz de intentarlo. En el orfanato había aprendido y perfeccionado el arte de pretender. No era feliz, pero tampoco mostraba ser miserable. Su rostro inexpresivo, sus ojos vacíos y su voz átona, porque un hombre debía ser estoico y acomedido. Nada que ver con ese chiquillo con espinas presionando sus órganos. No era nada, no tenía nada. 

Llevaban una hora o dos haciendo rondas dentro de la maleta. Las fechas no iban a posponer sus rutinas por completo. Sin embargo, Credence no creía que la devoción y enseñarles las galletas de jengibre a los animales eran los únicos motivos detrás. Sirvió otra paca de heno a la erumpent y clavó sus ojos a la espalda de Newt, quien estaba ocupado con la pala.

Su entrecejo se arrugó y el brillo húmedo de sus ojos se retrajo. Era inconcebible para él sentir algo así, mucho menos cuando horas atrás había sentido algo diametralmente opuesto con la misma intensidad. Ambas cosas jamás deben salir de sus labios, pero ahí están. Tan estúpido y tan obvio. Todos tenían razón en lo malsana de su existencia, en la corrupción inevitable en sus entrañas. ¿Cómo se atrevía a sentirse así ante su salvador? ¿En qué momento dejó de ponerlo en un pedestal para concebir estos sentimientos repugnantes? Un salvado no se enoja, ni cuestiona; un salvado agradece y venera. Súplica mayor piedad, se arrastra y obedece. Los iguales cuestionan, los inferiores no. 

La soberbia es pecado, y él lo cuestiona.

La ira es pecado, y él se enfada.

La lujuria es pecado, y él lo anhela.

Ni la bestia mágica más abyecta sentiría esto, ni los cuervos a los que tanto se hace refrán: Estaba molesto. Estaba molesto con Newt.

Nunca fue capaz de molestarse con Mary Lou hasta que regresó como una pesadilla, ni tuvo tiempo de enojarse con Grindelwald porque todavía se pregunta cómo marcó su piel de ese modo. 

Y no, no era esa irritación doméstica porque dejó los calcetines en el pasillo, o porque olvidó comer por estar escribiendo su libro. Era enojo, ira frustración, era angustia. Tanto le pedía ponerle etiquetas y nombres a sus emociones, pero cada vez era más complejo lograrlo. ¿Podía molestarse con alguien como él? ¿Con alguien qué lo salvó? ¿Con alguien que renunció a una vida normal para encubrir su muerte ante los aurores? ¿Con alguien que se desprendió de la calma al andar por las calles?, porque en cualquier momento los podrían descubrir? 

Estaba molesto porque se había dado cuenta de que la carta tenía el sello del Ministerio. Se dio cuenta de que Newt se puso nervioso, pero cuando le preguntó qué pasaba prefirió hacerlo menos, meterla en su bolsillo y se fue a la maleta a trabajar. Newt deliberadamente decidió no mencionarlo, no incluirlo, no compartir el motivo de su angustia.

Una espiral de temores le embargaron gracias a su cobardía; ¿el Ministerio se había dado cuenta de que estaba en Londres? ¿Qué no había muerto en el incidente de Nueva York? ¿La guerra estaba más cerca de ellos de lo pensado? ¿Newt pagaría las consecuencias por acoger a un monstruo? Credence dejó el bieldo lleno de heno y miró alrededor. El horizonte se perdía con el cielo azul. Esa maleta encantada no era una burbuja, sino un cúmulo de microcosmos de múltiples idiomas, sin barrotes ni fronteras, pero todos tenían el mismo eje: la terneza de Newt. 

Con los meses, fue tan arrogante que dejó de creerse otro animal herido y comenzó a participar. Los animales le aceptaron más rápido de lo esperado, pero creía era por la confianza ciega que tenían en Newt, en vez de un talento particular. Las Escrituras, según Mary Lou resumen a cada animal como meros recursos para el consumo humano, pero las mascotas estaban prohibidas también. No tenían un propósito claro y la convivencia con ellas era considerada inmunda. Mató gallinas raquíticas por orden de ella, evisceró peces casi podridos y guisó ternera sanguinolenta, porque el Hombre era el único a imagen y semejanza de Dios. Todo lo demás estaba servido para Él. 

A los doce rompió esa regla al recoger un gatito hambriento del basurero de atrás. Lo escondió en el ático, pero ese par de días de gracia no minimizaron su terror ni un ápice. Cuando fregaba el suelo, alguien le arrojó un amasijo sanguinolento al balde. Credence metió las manos ampolladas al agua sucia y sacó al gatito muerto. Al subir la mirada, una bofetada de Mary Lou le grabó el momento: 

Por sobre los ronroneos del gatito, 

Por sobre la ansiedad efervescente, pero bonita que fue tenerlo, 

Por sobre los cuestionamientos de su doctrina distorsionada.

A esta edad, a los veintidós años, ya no lo recuerda. Solo el amasijo blando y mojado sobre sus manos temblorosas.

A los veintidós años está en una maleta donde un hombre no espera nada a cambio de sus criaturas, ni de él. Son suyas porque ellas eligieron confiar en él, en vez de serlo por depredarlas. Muchas de ellas provenían de mercados ilegales, de mataderos y de manos inescrupulosas. 

La pasión de Newt por cada ser alcanzaba cada esfera de su vida. Cuando iban de compras, cuestionaba si esas escamas o tales cuernos eran extraídos de manera sostenible. Recuerda a Newt criticar la forma en que los magos trataban a las lechuzas, se negaba a enseñarle hechizos donde se involucren animales, se detenía a acariciar a los perros y alimentar a los gatos.  Ni en ese mundo de fantasía estaban exentos de la explotación de los vulnerables, y esa carta se lo recordó con una certeza enfurecedora.

Está molesto porque no le dijo de qué va la carta; está molesto porque la burbuja de Navidad explotó muy deprisa; está molesto porque, como en el mundo humano, no hay nada que pueda hacer. Y ya no quería eso. Todavía le costaba creer que Newt aceptaba tenerlo a su lado sin pedirle nada a cambio, y esa lealtad construida en silencios y noches en vela no debía romperse por las espirales dentro su cabeza. 

No cree en la Navidad, pero si ella significa hornear galletas y verle sonreír así, quería creer en ella. Quería protegerla, quería extender esa burbuja hasta julio. Creer en sí mismo como Newt lo hace con él. Creer en ambos y en que esta relación no es una transacción, ni tampoco tan endeble como para ocultar una carta.

—Newt —llamó— ¿Tienes… un momento? —Ante el asentimiento del hombre, retrocedió y señaló las escaleras con un movimiento de cabeza—. Uh… Arriba.

La sonrisita perenne de Newt se templó y tras sacarse los guantes le siguió.

—Oh, eh, sí… ¿Pasa algo? ¿Es la lechuza? Le dejamos agua y comida, ¿sigue mareada? —su voz detuvo a Credence a mitad de camino—. Mandarla con este clima es tan irresponsable, creen que no se pueden asustar, perder, lastimar, es que son unos—

No, no puede abordar esto como un maldito adulto maduro y el pánico dentro sus costillas se hizo verborrea:

—Sé que recibiste una carta del Ministerio —soltó Credence sin girarse. Sin verlo podía imaginarse muy bien su cara de desconcierto—. Vi el sello. Y… cuando la leíste, tu cara… —Mordió sus labios y apretó los puños. 

Sus manos picaban y eso empeoraba su aprehensión. No, no podía arruinarlo. Respiró hondo, aunque se estremeció cuando sintió esa mano sobre su hombro.

—¿Qué está pasando? ¿Qué quieren? —añadió Credence con los párpados apretados— Intento entender, lo hago. Hay cosas de este mundo que no me corresponden. Pero, me… me molesta.

Imaginó que Newt le soltaría, le apartaría, subiría las escaleras y lo ignorará. Newt es tan bueno que no se lo diría, pero su silencio e irse a revisar la lechuza daría por finalizada la conversación. Pese a todos los escenarios catastróficos, esa mano no soltó su hombro, sino que se sumó otra y lo dio vuelta. Credence no quiso abrir los ojos de inmediato porque si veía la expresión decepcionada, asqueada o disgustada de él sería incapaz de continuar.

—Estoy molesto. Estoy molesto, porque en vez de decirme que sucede te pusiste a recoger mierda. —Esa última palabra le hizo arrepentirse de su osadía—. Y, lo siento. Lo siento por decir palabrotas y por enojarme contigo. Pero lo estoy, lo estoy. ¡Estoy enojado con esto! —escuchar su propia voz alzarse le sobrecogió— Con estar escondidos, con complicarte las cosas y–

Las manos de Newt atajaron sus mejillas e hicieron que abriera los ojos de golpe. No fue recibido con desprecio, sino con esa expresión que le invitaba a derretirse y fundirse contra el brillo de esos ojos. 

—Corazón, escúchame —su voz arrulló mientras esos pulgares trazaron su piel. No le miró como un animal herido, y pese a la miel en esas palabras, no le habló como a uno. No se sintió así y ganar la comparación le hizo lagrimear—. … No quería preocuparte. No se trata de ti… no del todo.

—Pero sí de ti. ¿Y de la maleta? —inquirió y Newt solo desvió la mirada—. Entonces también se trata de mí. Deja que se trate de mí. —Credence no apartó esas manos, sino que posó las suyas encima. Antes no lo hubiera hecho por la textura de sus marcas. Ahora no le importaban. No le importaba tocarlo con sus yemas deshechas, mientras que pudiera hacerlo—. Tú estás para mí; yo quiero estar para ti. 

Newt le soltó y se llevó las manos a los bolsillos hasta dar con la carta.

—Es estúpido, corazón.

—¿¡Corazón!? —graznó más agudo y vergonzoso de lo que se hubiera permitido a propósito. 

Si quería calmarlo con una técnica distractora, casi lo logró. Pero no fue fríamente calculada, porque ambos se quedaron callados y con las mejillas encendidas. Credence carraspeó y le quitó la carta para ocultar la cara contra el pergamino.

 

“Londres, 21 de diciembre.

A quien pueda, deba interesar. O sea, tú, Newt—.

Hermano, espero esta carta te encuentre bien, y que la encuentres antes de perderte en una selva hasta el próximo diciembre. Me tomé el atrevimiento de usar un sobre y sello del Ministerio, dada tu tendencia de ignorar cualquier otra correspondencia. Ya estarás contento con este acto tan deleznable, hermanito.

Madre me ha preguntado por ti ya tres veces esta semana. Insiste que solo tú sabes como tranquilizar los hipogrifos cuando comienzan las nevadas. Se pone tan terca como cuando se acerca Nochebuena y su “Newtie” no le puede mandar ni una postal. Me puso a mí como mensajero para decirte que esta Navidad hará pastel de carne y que compró de ese jerez que finges que te gusta para no llevarle la contraria.

Yo también estaré allí la tarde del 25. No deberíamos hablar de menudencias de oficina en un feriado, pero una lechuza no es el método más seguro ahora. Los telegramas de MACUSA no dejan de darme los buenos días; los americanos son persistentes cuando pueden echarle la culpa a otros de sus desgracias. Sabes que hago lo que puedo para que mis colegas no te perturben. 

Sé que ya la tienes difícil con tus insectos con apego ansioso, pero mucho agradeceré si te dejas ver el pelo por una noche. No me hagas ir a buscarte a tu apartamento, que si tu ornitorrinco cleptómano vuelve a quitarme mi pisacorbata favorito dejaré la diplomacia. Sé el buen hermano menor que mamá adora. 

Pórtate bien. 

Theseus”.

 

Credence releyó una y otra vez la misiva, cada vez más asustado. ¿Qué es cleptómano? Sacudió la cabeza, esa no era la mayor preocupación.

—Es solo una tonta invitación de Navidad. Es lo mismo cada año, al menos esta vez fue más amenazador. —Hizo menos tras quitarle la carta y guardarla.

Credence se abrazó a sí mismo, sintiendo frío de repente pese al suéter de punto que Newt le había prestado. No era el clima que se escapaba arriba de sus cabezas, sino un hormigueo que desplomó a sus pies. No le conocía personalmente, pero eran conscientes de la existencia del otro de la manera más desafortunada posible. Le temía porque su cerebro había sido configurado para reverenciar a toda figura de autoridad posible para no ser castigado. Sin embargo, la simpleza con la que Newt hablaba de él era más desconcertante. 

Credence compartió orfanato con muchos niños y al ser el mayor debió cuidarlos, pero nunca fue del todo querido. Él debió ser una figura de autoridad a ojos de esos pequeños, aunque nunca fue capaz de golpearlos e inculpó sus errores para protegerlos. Pero, nunca deseó que permanecieran mucho tiempo con él. Desear eso era egoísta, a ojos de la fe y a los suyos. Ojalá cada uno fuera adoptado para no acabar como él. Con esa filosofía no se apegó a ninguno, ni ellos a él. 

¿Así era tener hermanos de sangre? No lo creía, pese a la ironía en la voz de Newt y al sarcasmo en el puño de Theseus. No eran el referente cristiano de hermandad común: se apreciaban lo suficiente para no matarse, pero no tanto como para ser una moraleja. 

—¿Vas a ir? Newt… Creo que deberías ir —dijo. ¿De dónde había sacado la insolencia para opinar sobre su vida? Se mordió la cara interna de las mejillas, pero para no retractarse—. Theseus… me aterra, pero, te invitó…

Newt rezongó, pero antes de que pudiera escupir disculpas al suponer que estaba molesto, volvió a sonreír como de costumbre.

—Ya sabes que no soy el mejor ejemplo de cortesía. —Entornó los ojos ante el chiste—. Además, sé que querrá molestar con lo de Nueva York. ¡Ni en festivos puede dejar el tema! Y luego dice que yo soy el obsesionado con el trabajo, ¡já!

—Pero…

—Sí, sí. Él es quien mantiene a los aurores lejos de nosotros, pero no quiero discutirlo ahora. —Comenzó a tamborilear la barandilla con los dedos inquietos—. ¡Hemos avanzado tanto en contener el Obscurus! —Ensanchó la sonrisa por un instante, antes de suspirar hondo—.  Pero él no entiende, no entiende si no es a su manera. 

—Estoy agradecido con él por eso. Y por eso —su voz tembló por los nervios— creo que deberías ir. Y me hablas bien de tu madre, ¿no la extrañas?

Se detuvo y rascó su nuca. Él más que nadie sabía que la palabra madre a veces es solo una etiqueta social, pero no era lo mismo con Newt. No todas deben ser como la suya. Newt asintió y se lo pensó unos instantes, antes de encoger de hombros.

—Tengo dos mooncalves con gripe y Nochebuena será luna llena. Te imaginas la epidemia de mocos que tendremos al día siguiente, ¿verdad? ¿Y quién le dará los antibióticos a mi niña? —Credence miró desde la escalera a la erumpent pastar—. Y por nada del mundo pienso dejarte aquí solo por Navidad. Menos por un almuerzo que puede ser en otro día.

Credence parpadeó. Cuánto deseó arrojarse y enterrar la cabeza en esa pila de heno.

—No quiero privarte de estar con tu familia. —Su propia ignorancia empeoró la vergüenza. Desvió la mirada antes de que Newt quisiera indagar más—. Tienes que ir, es Navidad. Y no es justo que te quedes aquí por mí, o porque no puedes descansar de tu labor aquí. Sé que no soy la mejor ayuda, pero, pero, me esforzaría y trataría—.

—No es tu responsabilidad monitorear mis pésimas habilidades sociales. Tampoco cuidar de ellos. ¡Más bien debería darte más dinero, permisos, días libres, y todo eso que sale en el periódico muggle! ¡Soy un explotador laboral! ¡El objetivo de la década son 48 horas semanales!

¡Nos estamos desviando del tema! —Credence balbuceó igual o más desconcertado— ¡Es tu familia, Newt!

—¡No todas las familias son de sangre! —ambos se callaron al darse cuenta de que los animales comenzaron a asomarse por los gritos. Newt carraspeó y respiró hondo. Credence le imitó cabizbajo—. Todos en la maleta son mi familia también. No son un juguete para dejar en una esquina y salir. Son una responsabilidad; son mi responsabilidad. Y la elegí y la seguiré eligiendo siempre. Tú también… —dijo. Credence alzó la vista con las mejillas encendidas—. No voy a dejarte todo este peso a ti.

—¿Y compartir el peso de ir… juntos? —fue apenas un murmullo, pero hizo a Newt callar—. E-Es decir… —Relamió los labios y apretó los puños—. Sé que es estúpido, qué sería grosero de mi parte, que es una pésima idea, que tu hermano debe odiarme por todos los problemas que causo, pero… Él está arriesgándose mucho por nosotros. Debo darle las gracias.

—¿Ir juntos? N-No sé si sea buena idea… —Newt jugó con sus dedos y le miró a los ojos por un tembloroso segundo. Antes de que las lágrimas asomen por el rechazo, Newt volvió a mirarlo—. Nunca antes he llevado a alguien a casa de mi madre.

Pese a esos nervios, le sonrió. Credence relajó los hombros y correspondió a ese gesto ansioso. 

•••••

Credence no recuerda ni una sola vez donde hubiera estado en pijama toda la mañana. Tampoco un día donde hubiera dormido tanto. Quizás su somnolencia  era por las luces del árbol, el fuerte de mantas y el calor de Newt contra su espalda. Ese veintidós de diciembre volvió a nevar, pero la chimenea mantenía el calor y el aroma a canela en el ambiente. 

No habían acordado esto, pero ninguno se quejó esa mañana. Tras arreglarse, el desayuno y la rutina matutina en la maleta, el ritmo volvió a ralentizarse para dar entrada a otra de las ideas navideñas de Newt. Sin embargo, en ese instante se arrepentía de esto de hacer botas navideñas para cada criatura de la maleta. Credence no se atrevió a preguntar si se había comprado todo el fieltro de la mercería, porque ya suponía la respuesta. 

Desde la cocina lo veía bordar los nombres de los bowtruckles en esa bota verde mal recortada. Sin dudas que las manualidades no eran lo suyo, pero eso no lo detendría ni se enojaría. Credence no fue tan paciente, pero bajo el arrullo de ese optimismo pudo hacer las paces con su pulso trémulo.

—Ya deben doler tus dedos —dijo.

Newt despegó sus ojos de la bota y se encontró con esa taza de chocolate humeante. Su concentración no le hizo reconocer el aroma especiado en todo el lugar. Credence agachó la cabeza y se la entregó. Apenas tomó la taza con ambas manos, la brasa relajó sus dedos agarrotados. Sus hombros bajaron y sus ojos cansados chispearon de gratitud. 

—L-La vi en el libro de recetas ese. No esperes nada bueno, puede que… que haya leído mal las medidas.

Newt sopló y dio el primer sorbo. Sus párpados cayeron y permitió que esa calidez en el ambiente envolviera su interior. Respiró el brebaje y expiró cualquier tensión acumulada.

—Tiene jengibre, ¿verdad? —le sonrió, a lo que Credence casi derrama su propia taza. Volvió a sorber con más ganas—. Me encanta. ¡Es lo mejor que he tomado en la vida!

—O-Oh, vamos, Newt. Has viajado por todas partes… No digas eso a la ligera.

—Me recuerda al de mi mamá —dijo con una risita cansada. Credence apartó las botas de su regazo y le miró; a Newt le brillaban los ojos con algo distinto a su natural energía—. Cuando volvía a casa para las vacaciones de Navidad me recibía con uno así, pero sin el jengibre. No era tan creativa como tú —río por lo bajo y apretó la taza— En Hogwarts lo intenté recrear varias veces y sabía a barro.

—¿Te gusta? ¿En serio?

Newt asintió varias veces y con una seña le animó a corroborarlo. Credence sorbió su taza y reprimió la sonrisita tonta que amenazó salir de sus labios. No le gustaba su sonrisa de por sí, pero con las ocurrencias de Newt era imposible contenerse. Aunque, por esta vez, Newt estaba tranquilo, dentro de sus hiperactivos estándares. Esa conclusión hizo su estómago hormiguear, y no por el azúcar.

Newt se inclinó hacia su oído, lo que detuvo todo ruido ajeno a esa respiración y voz. El viento invernal, el crepitar de la madera quemándose, el dormitar de la lechuza que todavía se negaba a marcharse. Todo se amortiguó por sus latidos y el calor del chocolate se extendió en su rostro con la mesura de una receta hecha con calma.

—Me gusta más este, pero no le digas —cuchicheó a su oreja—, si se entera me hará comida para hipogrifo.

Credence apretó la taza y ladeó la cabeza para verlo. La costumbre era que Newt le mirase las cejas, las orejas o cualquier otro punto en vez de sus ojos. Esta ocasión, como muchas pasadas, Newt tensó ese estatus quo y cuando acabó de reír por su propio chascarrillo, la punta de la nariz de Credence rozó su mejilla. El chocolate se derramó sobre una de las botas de tela, pero no importó en ese instante.

El sonido hacía tiempo que se había pausado cuando se sumó el resto. El único sentido renuente fue el tacto: el calor que traspasaba la cerámica, el calor en sus rostros, las cosquillas de sus alientos, el vértigo adentro como si usaran un traslador. Una vida entera anclada en esta espiral, donde el presente mutaba, ha pasado inmediato, donde toda decisión se transformaba en arrepentimiento, cuando el instante más fresco era fascinante. Con el parpadear de esos ojos no querría perderse dentro de esas aves rapiña nunca más. Credence tragó grueso cuando Newt le tomó de la mejilla y pudo reconocer lo áspero y abrasador de su tacto. Quiso envolverlo y jamás arrepentirse, quiso soltarlo y escapar aterrorizado. El latir en su pecho era aplicable a cualquier opción, más se mantuvo como una polilla ante ese lucero azul. El pulgar de Newt borró el rastro de chocolate de su labio inferior y dudó si mantenerse ahí o soltarlo. Credence se rindió al calor sofocante en sus mejillas y se apartó.

—D-Dejé la cocina encendida —y con la voz empequeñecida, se levantó a tambaleos y se fue.

Newt regresó la mano temblorosa a la taza y casi se la acabó de un trago, con tal de disimular eso compartido en su rostro. 

—M-Mejor le hago una bota a la lechuza.

No había ninguna hornalla encendida, como tampoco valor para dar un paso adelante a ese presente de faros azules y tacto caliente. Credence soltó la taza y se cubrió el rostro con las manos. No es así cómo debía comportarse, no es esto lo que esperan de él. Mucho menos de sí mismo.