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There's a chance we could make it now

Summary:

¿Y si para detener los juegos tuvieras que seducir al Front Man?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

—¿Y si para detener los juegos tuvieras que seducir al Front Man?

Gi-hun se había dado cuenta de que las ideologías personales de Young-il no se alineaban del todo a su plan de tomar por la fuerza la isla con una rebelión, pero que igual había decidido ceder con la excusa de “un pequeño sacrificio por un bien mayor”, lo que a él mismo le dejaba igual un rastro amargo en la boca que debía ignorar si quería tener una mínima ventaja.

Volteó el rostro en su dirección, el hombre más bajo estaba sentado en un escalón inferior al suyo y había hecho su pregunta casi como si no hubiera querido ser escuchado.

La rodilla derecha de Gi-hun le dio un toquecito al hombro izquierdo de Young-il, quien lo enmarcó de inmediato con esa mirada profunda de alguien que llevaba viviendo demasiadas vidas con un mismo cuerpo. La pregunta no era menos extraña que haberle insinuado en la limusina al hombre detrás de la máscara que pretendía secuestrarlo para interrogarlo.

Sus cejas se levantaron aparentando haber sido tomado desprevenido, quiso entrecerrar los ojos, pero las puntas de sus dedos fueron directo a ese pedazo suave de piel que hay entre el pulgar y el índice y una mueca de incredulidad le sirvió de tapadera para meditar en su respuesta. Entonces asintió.

—Lo haría.

—¿Qué? —esta vez Young-il le prestó atención con todo el cuerpo, tan rápido que creyó escuchar cómo tronó su columna—. Estaba bromeando.

—No puedes bromear con eso, no ahora —continuó Gi-hun—. ¿Por qué lo preguntaste? Si es la única forma en la que puedo hacer que me escuche, vale la pena intentarlo, ¿no crees?

—Apenas lo conoces para… para hacer eso, ¿en serio lo andas considerando? —la voz de Young-il subió una octava más e inclinó la cabeza hacia un lado mientras soltaba un siseo.

—¿Tú no?

—No tengo motivos para hacerlo —se encogió de hombros como si creyera que el asunto era tan imposible que no valía la pena discutirlo.

Gi-hun pensaba lo contrario, quizá esta era su oportunidad.

—No, no, mira, creo que sí vale la pena al menos planificar qué deberíamos hacer cuando lleguemos a su sala de mando —dijo con más suavidad, bajando el escalón en el que estaba sentado para quedar más o menos a la altura de Young-il, quien soltó un suspiro de resignación.

—No hay forma en que te salga “seducirlo” naturalmente si lo odias tanto. No es algo que puedas actuar —no dibujó las comillas implícitas de su tono en el aire, sino que ladeó la cabeza a ambos lados, como si le estuviera haciendo espacio al plan que estaba a punto de escuchar.

—¿Quién dijo que lo odio?

Los ojos de Young-il se abrieron levemente, si le hubiera despegado la mirada en cualquier momento, quizás no lo habría notado. La voz omnipresente que anunciaba cuánto faltaba para que se quedaran a oscuras interrumpió el momento. Diez minutos para que ninguno pudiera dar marcha atrás.


—No puedes esperar a que él te llame.

—No quiero que me llame, por eso vamos a entrar a su sala de mando.

—¿Y si no es una sala de mando?

—¿Por qué no sería una sala de mando?

—Puede ser un salón o su dormitorio, no sabes lo que vas a encontrar cuando cruces esa puerta.

—Está bien. Entro a su dormitorio.

El sonido de las balas impactando contra el cemento del laberinto de tonos pastel envolvió la mayoría de su conversación. Eso y que Gi-hun se había acuclillado más o menos a la altura de Young-il, quien había regresado a lo que habían hablado hace un momento antes de esconderse bajo las camas.

A la derecha de Young-il, Jung-bae los miraba como si aún no se decidiera entre juzgarlos, dejar que alguna bala reventara la burbuja en la que ambos se habían metido o preguntar a qué rayos se refería Gi-hun cuando había dicho que entraría a un dormitorio. Aunque tampoco se veía muy emocionado de averiguarlo.

—Deberían buscar la entrada al área de gestión de operaciones.

La frente de Jung-bae estaba perlada de sudor, pero el cansancio no le impidió levantar las cejas como si pretendiera comunicar algo más. Gi-hun parpadeó y asintió, inclinándose para agarrar la máscara de cuadrado que estaba junto al cadáver del soldado rosa al que le había pertenecido.

—Young-il, vamos —le dio un golpecito en el hombro al otro hombre y se levantó por completo, aún detrás del pilar, antes de dirigirse a Jung-bae—: Traten de ganar tiempo y no gasten toda la munición.

Con tres zancadas, Gi-hun pasó la única zona libre por la que podían dispararles desde el otro extremo y, al meterse por la esquina a la que llevaba el camino, se encontró con un largo pasillo lleno de puertas. No tuvo que esperar mucho para ver que Young-il le pisaba los talones.

—¿Por qué no a su salón? —él continuó su conversación donde había quedado.

—¿Cambia algo? —Gi-hun respondió con un tinte de exasperación mientras abría cada una de las puertas amarillas, rosas y azules con el rifle levantado en caso de encontrarse con un pelotón de soldados esperándolo al otro lado.

—El tiempo que tardaría en llevarte a su dormitorio, claro. Ahí mismo solo son dos pasos, en su salón habría más espacio para planificar lo que sea que vayas a hacer.

—Entonces entro a su salón.

—Hay un pasillo largo.

—¿Como este?

—Yo diría que sí. Se ve que le gustan las puertas innecesarias.

—¿Él está al final del pasillo?

—Sí, pero la luz está apagada.

—Una vez dentro no puedo darme la vuelta, así que avanzo hasta encontrar un interruptor.

—Mal —Young-il soltó un sonido muy parecido al de los botones de las votaciones para salir de ese lugar—. ¿Y si te dispara desde donde está?

—¿O sea que crees que es un cobarde para atacarme estando a oscuras?

—Si planea defender este lugar, sí. Podría inmovilizarte o hacerte cualquier cosa.

Los ojos de Gi-hun no se habían apartado todo este tiempo de las puertas, ocasionalmente volteando a ver a Young-il, quien mantenía los hombros encuadrados y el dedo a dos segundos del gatillo, vigilando que nadie más los siguiera. Gi-hun aún no estaba seguro de si debía tomarse en serio los escenarios hipotéticos que Young-il seguía soltando, aunque quizá esa era su forma de lidiar con la adrenalina de la incertidumbre de lo que se avecinaba: confrontar al Front Man.

Aquel era el único hilo que continuaba finamente separado del resto del ovillo de lana del que lo había tirado. Al final del pasillo ya no había más puertas que abrir, sus dedos tamborilearon sobre la palanca de carga del rifle. Su mirada se posó en las manos del otro hombre. Estaba seguro de que, si ponía las suyas sobre las de él, estas serían devoradas por su tamaño. Aun así, también significaría que podía voltearlas y dibujar con su índice el camino irrigado por sus venas y tendones.

Negó.

El movimiento lo hizo captar un reflejo rojo por el rabillo del ojo, al levantar la mirada vio un pequeño cuadrado en el centro del marco de lo que debería ser una entrada oculta. En ese momento se le ocurrió una idea.

—No lo hizo cuando hablamos en la limusina hasta que yo se lo pedí, así que no lo haría —levantó la máscara sobre su rostro.

La pared se deslizó hacia un lado, dándoles acceso a un espacio con escaleras y más puertas numeradas. Todo pintado de púrpura. Debían estar acercándose al centro de mando.

—Confías demasiado en alguien que no conoces.

—Confío en que su sentido de la igualdad me dejará acercarme lo suficiente. Por más retorcido que eso suene.

—Como quieras —Young-il resopló. 

Gi-hun mentiría si se negara a admitir que se quedó más tiempo del necesario notando el relieve desigual que partía de su arco de Cupido y acababa donde los músculos tirarían de una sonrisa si Young-il se riera.

—¿Estás celoso? —parpadeó.

—¿Debería?

—Sigamos.

—¿Debería estar celoso? —insistió.

—Es estúpido, lo sé.

—Gi-hun.

—¿Escuchas eso? —adelantó en dos pasos a Young-il, con el índice sobre los labios mientras se internaba por una de las esquinas que separaba el largo pasillo.

—No escucho a nadie.

—Exacto. ¿Por qué? ¿Por qué nos dejaría acercarnos tanto sin poner una ofensiva en el centro de sus operaciones? —subió tres escalones más y metió la cabeza por otra de las esquinas—. No tiene sentido.

Young-il apareció a su lado acomodándose la correa del rifle sobre su hombro.

—Quizá tiene a todos ocupados con los que quedaron afuera.

—¿Afuera? 

Tan pronto como entendió a qué Young-il se refería, dejó a las preguntas que estaban formándose en su lengua atrapadas en su cabeza. Bajó nuevamente los escalones y recorrió el camino por el que habían pasado, con la repetición de sus latidos empezando a eclipsar cualquier otro sonido en sus oídos.

La pared estaba sellada.

—Jung-bae, Hyun-ju… —sus manos buscaron de inmediato alguna hendidura que pudiera volver a activar el mecanismo—. Dae-ho…

La presión estaba poniéndole blancas las puntas de los dedos, un hilo de sudor le rodaba desde la sien y se colaba a su camiseta por un camino que había hecho delineando su oreja y su cuello. Antes de poder lanzarse de lleno contra la puerta inexistente, los dedos de Young-il se cerraron sobre su codo y lo tiraron hacia atrás.

—Debemos seguir avanzando.

—Pero los demás…

—Los demás pueden volver a los dormitorios. Nosotros solo tenemos un camino libre. Quién sabe, quizá puedas finalmente poner en práctica tu plan —se rio de su propio chiste, lo que hizo que el nudo en el pecho de Gi-hun se soltara un poco.

Este hombre estaba loco.

—Lo siento.

—No te disculpes por ser humano —Young-il avanzó con rapidez hasta donde habían estado, sin voltearse para ver si lo seguía.

Había algo en su voz y en lo que había dicho que le hizo cosquillas en el cerebro. Colocó nuevamente las manos en los lugares correctos del rifle y fue escalón a escalón viendo cómo Young-il no se detenía para ponderar hacia dónde ir.

Ni un paso en falso, ni un tartamudeo en los cruces.

—¿Te sabes el camino o es que eras demasiado bueno en tu trabajo? —Gi-hun sabía que ese no era el momento ni el lugar para soltar una risa.

—¿Qué piensas hacer si lo encuentras? —Young-il continuó avanzando, esta vez voltearon a la izquierda.

—Hablar. ¿Te conté que conseguí hacerlo con el tipo que me dio la tarjeta la primera vez? Lástima que no durara mucho, él tenía más ganas de volarse los sesos.

—Dramático.

—Lo sé. Puso ópera en su celular, parecía que quería tragarse el revólver. Me atrevería a decir que estaba coqueteando.

—¿Esa es tu definición de coqueteo?

—Los hombres desesperados son capaces de hacer cualquier cosa por la persona que les gusta —Gi-hun se encogió de hombros antes de añadir—: Y de la nada empezó a llover.

—Obviamente —Young-il soltó un resoplido, estaban al final del pasillo y nuevamente frente a una pared sellada de extremo a extremo—. Eso no nos va a servir para entrar a los pisos superiores.

Se quedó viendo el cuadrado blanco plasmado sobre el óvalo negro de la máscara. Algo le decía que Young-il no estaba lanzando solo una hipótesis.

—¿Disculpa?

—¿Te molestaría esperar cinco minutos?

—¿No? Pero…

—Genial, ya regreso.

Demasiado confundido como para preguntar algo más o enfocarse en lo que sea que había hecho Young-il para abrir la pared, Gi-hun observó el interior de una sala extremadamente grande con un piso con lo que parecían ser las fotos de los jugadores ordenadas en una grilla uniforme. Antes de que se volviera a cerrar, la figura de un hombre enmascarado vestido completamente de negro, excepto por el cierre rosa chillón, lo hizo sentir la presión de sus cejas juntándose.


El sonido de las botas sobre los escalones no lo preparó para cuando sus ojos subieron de los pantalones perfectamente planchados, pasaron por el abrigo gris de manga larga que —aunque era lo suficientemente ancho— marcaba una cintura más estrecha y unos bíceps definidos y llegaron hasta la máscara geométrica que había visto incluso en sus sueños.

El Front Man estaba frente a él. En carne y hueso.

—Jugador 456, sígueme.

No necesitó que lo obligaran, porque él mismo se levantó, aún con el rifle en sus manos y la mirada clavada en la espalda del hombre que ya se había volteado con la certeza de que estaba detrás de él.

—¿Young-il está contigo?

—Se podría decir. Pero dejemos la conversación para cuando estemos en un lugar más cómodo.

La voz distorsionada detrás de la máscara había olvidado su tono autoritario y lo último que dijo antes de entrar al ascensor hizo que Gi-hun se sintiera en terreno familiar. Los latidos de su corazón se habían calmado, quizá por la ilusión de no escuchar ningún disparo del exterior o porque el mismo hombre que había permitido tanta destrucción y muertes lo estaba guiando sin ataduras ni condiciones al centro de sus operaciones.

Por algún motivo, el Front Man también confiaba en él, aun cuando estaba de pie a sus espaldas con un rifle con la suficiente munición como para apretar el gatillo y acabar con todo de una vez por todas.

Era absurdo lo que había pasado con Young-il, dejándolo en medio de esos pasillos púrpuras por supuestamente cinco minutos para luego desaparecer, y el sentimiento se extendía incluso cuando las puertas del ascensor se abrieron y una habitación de paredes negras y luces amarillas le dio la bienvenida como si todo esto fuera una broma demasiado bien elaborada.

Estaba ahí.

No había tenido que amenazar a nadie para llegar a donde estaba —aparte del guardia al que le habían quitado la máscara, que terminó con una bala en la cabeza por su propia gente—. No había perdido munición en el camino —tampoco podía saber el estado de sus aliados en el laberinto—. No podía creer lo que estaba viendo —aunque las descripciones de Young-il no habían estado tan alejadas de la realidad—.

Su boca se abrió de golpe por la dimensión del lugar, sus pies avanzaron por inercia mientras echaba la cabeza hacia atrás para embeberse en el diseño de relieves triangulares de las paredes, flechas que le señalaban la dirección que seguir: de regreso al ascensor, de vuelta a los dormitorios, fuera de la isla.

Al final de la habitación, en toda la pared, parecía estar montada una pantalla.

Gi-hun dio un paso hacia adelante, acercándose al sofá para una persona donde el hombre se había sentado, dándole una vez más la espalda.

—Sí que son demasiadas puertas innecesarias.

—Te lo dije. No tengo ni idea de qué hay detrás de las dos primeras.

Una parte de él quería preguntar por qué el Front Man le estaba hablando de una forma tan casual y descuidada, otra le pedía que se detuviera dos segundos más a escuchar bien lo que estaba diciendo. No le hizo caso a ninguna, sino que se acercó por detrás, esperando tomarlo desprevenido, y tiró de la capucha del hombre, revelando un cabello café por el que sus dedos ansiaban hundirse hasta masajear su cuero cabelludo.

—¿Podrías prometerme no enojarte conmigo cuando lo hagas? —el tono de voz que estaba usando, casi como si implorara, contrastaba demasiado con el sonido distorsionado que salía de la máscara.

Él tenía que estar jugando con su cabeza. Debía estar disfrutándolo. Sonriendo debajo de todas esas capas. Clavándole los ojos encima como un cuervo.

Apretó el broche de la máscara con sus dedos, el sonido estremeció a Gi-hun como un latigazo en la base de la nuca y, de inmediato, dejó que el rifle cayera hacia un lado para poder sostener en su lugar la pieza que mantenía el rostro del Front Man oculto.

No necesitaba verlo para saber que detrás de ella había unos ojos cafés semidilatados. Se mordió el interior de la mejilla e inhaló profundo antes de hablar:

—No sé por qué querrías que prometa eso.

—Porque no te va a gustar lo que vas a ver —su voz sonó menos mecánica, más como un hechizo—. O quizá sí, te vas a decepcionar y eso te asusta.

—No estoy asustado.

—Quítame la máscara, entonces.

—Lo voy a hacer, pero no porque me lo acabas de decir.

Estaba seguro de que el Front Man había puesto los ojos en blanco. Gi-hun esperó el tiempo suficiente para que se le borrara por su cuenta la sonrisa que seguramente tenía ensanchada debajo de la máscara y entonces se la arrancó.

Las líneas de su frente aún estaban marcadas, las ojeras colgaban de sus ojos cafés como tela drapeada en pliegues, su nariz definía el resto de su rostro —fina y plana en el puente, ancha en la punta— y desembocaba al risco del labio superior disparejo hasta caer hacia la nada en el borde de la línea de la quijada.

Objetivamente, la única imperfección en un rostro hermoso que pertenecía a...

Pero Gi-hun no estaba pensando objetivamente, no cuando sus dedos sostuvieron con más fuerza los mechones libres en la parte baja de la nuca del hombre. Ese espacio abierto como una brocha usada por demasiado tiempo con más presión de la necesaria. Era hipnóticamente suave, al igual que los ojos que continuaban mirándolo sin inhibiciones.

—¿Y bien? ¿Aún vas a intentar seducirme?

—No sé qué podría darte esa idea.

Los labios de Young-il se separaron antes de humedecérselos y los ojos de Gi-hun perdieron su turno para no quedarse demasiado tiempo viéndolos sin que el otro hombre lo notara.

—Ahora solo estás divagando.

—¿Cinco minutos decías, eh? —Gi-hun dejó su peso caer sobre el respaldar del sofá, su boca colgaba cerca del lóbulo de Young-il—. Creo que es el cambio de ropa más rápido que he visto.

—Bueno, no me viste exactamente hacerlo… —la respiración de Young-il se enganchó al aire a su alrededor cuando la mano de Gi-hun reposó sobre su pecho, pasando el pulgar y el índice sobre el material de su abrigo gris—. ¿Qué es lo que te detiene?

—¿Qué ganas haciéndome sentir culpable por querer a un hombre casado? ¿A qué clase de tortura estás jugando? —el aliento de Gi-hun le golpeó la mejilla y se asentó caliente sobre la punta de sus orejas.

Recorrió con sus ojos el mapa del rostro de Gi-hun: las orillas de su frente, los pómulos afilados por el peso que había perdido en estos tres años, los labios finos de los que creía que colgaban todas las respuestas del universo. Ese espacio que los separaba era tentadoramente delicioso porque le daba una vista completa de sus ojos, así que lo mantuvo.

—¿Crees que fue a propósito? ¿Que tuve elección? Gi-hun… —sonrió con lástima por sí mismo, porque sabía que, si no hablaba, Gi-hun se iría sin considerar los quizás—. Yo solo estaba jugando el juego, poniendo a prueba tu teoría para decirte: “¿Ves? Cada una de las veces que tuvieron la oportunidad, te equivocaste”.

—¿Y yo soy el terco?

—Es balance de probabilidad. Una vez que la gente acepta que puede tener más, siempre va a buscar ese subidón y aquello también saca a relucir en realidad qué tanto están dispuestos a apostar por ello. Porque es naturaleza. Es instinto.

Gi-hun levantó una ceja, sin creerse ni una palabra.

—Entonces, ¿por qué no me has matado? ¿Por qué no había nadie en los pasillos? ¿Cómo sé que todos los que participaron en la rebelión están vivos? —las preguntas le supieron agrias.

Dos verdades y una mentira. Saber cuál era cuál solo lo iba a ahogar y lo que él necesitaba era seguir nadando.

(En esta sequía, el agua salada se toma con más ganas.)

—¿Alguna vez te he mentido? —el calor que atravesaba el cuero de su guante esposó la muñeca de Gi-hun con toda la osadía que tenía permitida invocar estando tan a la desventaja.

—¿Quieres que empiece a contar?

—Gi-hun.

—Empecemos por tu nombre —los dedos de Gi-hun se clavaron sobre su clavícula, en el espacio de piel tierna y suave—. ¿Estamos en la etapa de tomar la iniciativa o quieres que te obligue a hacerme el favor?

—No necesitas saber mi nombre para tratar de convencerme —algo en la luz de la habitación había hecho que los ojos de Young-il brillaran.

—Por eso mismo sé que sí. Te la pasas observando, supervisando, manteniéndote en la superficie, porque si fueras más profundo, entonces lo volverías personal.

Los labios de Young-il formaron una línea fina, sellándolos ante cualquier respuesta involuntaria tanto de su cabeza como de su cuerpo.

—A menos que esto ya lo sea, Young-il —tiró de un mechón solitario, provocándole una reacción natural que estaba dispuesto a coleccionar en un jarrón para un intercambio posterior.

—No me llames así.

—¿Idiota te gusta más?

—De hecho, no me molesta.

—Idiota.

Dio un tirón más al mechón, esta vez más fuerte y con mayor intención al sentir que el pulso bajo su mano se aceleraba de inmediato con solo su proximidad.

En algún momento, la distancia entre ambos se había acortado. Ni siquiera con pistola en mano serían capaces de hacerlos confesar quién había dado el primer paso.

—Espera, ¿por qué carajos me preguntaste si te seduciría? —Gi-hun soltó el agarre que tenía sobre el abrigo gris y lo empujó hacia atrás antes de darse la vuelta y sentarse en el pequeño espacio que dejaban libres las piernas cruzadas de no-Young-il en el cojín.

¿Acaso la pantalla de la pared era en realidad dos televisores juntos para proyectar una sola imagen? Había perdido la cuenta de las veces que este hombre lo había hecho poner los ojos en blanco.

—¿Huh? No tengo ni idea de lo que hablas, eso no pasó. Estás recordándolo mal.

—Tú empezaste preguntando qué haría si tuviera que seducir al Front Man para detener los juegos… —le dio unas puntadas en el pecho con el índice—. ¿O es que…? ¿Quieres que te seduzca?

Entrecerró los ojos y el rostro de no-Young-il le dio la respuesta: lo había agarrado en roja con las manos en la masa.

—Si te digo que sí…, ¿entonces qué?

Al menos, Gi-hun podía admirar la fuerza de voluntad con la que no-Young-il intentaba no mirarlo a los ojos ni parpadear sin lagrimear.

—Entonces, te tocaría ganártelo —chasqueó la lengua al mismo tiempo que le separaba las piernas cruzadas y utilizaba el espacio para arrodillarse sobre el cojín sin sentarse sobre su rodilla.

—No estoy casado —la profundidad de su voz casi lo hizo ignorar el temblor con el que salió de sus labios.

—¿Y quieres que te crea así nomás? Pensé que habíamos dejado claro eso.

—¿Tienes otra opción?

—Si detienes los juegos y dejas ir a todos, tendríamos todo el tiempo del mundo. Yo solo digo.

Esta vez fue el turno de no-Young-il —de verdad, necesitaba encontrar la forma de que le dijera su nombre real—de intentar mantener su rostro neutral y en reposo. El esfuerzo fue en vano, Gi-hun estaba seguro de haber notado la contracción de su párpado inferior al menos dos veces.

—Deja de hacer eso, te está temblando el ojo —Gi-hun le dio toquecitos justo en la piel oscurecida y floja debajo de sus pestañas cortas.

El cuero crujió al balancear su peso después de encorvarse más para estar a la altura del rostro del otro hombre.

—¿De verdad sigues considerando seducirme? —sus manos se cerraron alrededor de su cintura, aún sobre su chaqueta verde y debajo del rifle que colgaba a un lado de su cadera.

—Algo me dice que tengo las de ganar.

—Podrías dispararme.

—¿Tantas ganas tienes de morir?

—Soy práctico.

—Meterte al juego no me parece que lo sea.

—Lo dice quien me lo pidió en primer lugar.

—No estás ganando puntos llevándome la contraria —le rodeó el cuello con los brazos y se resistió al impulso de sentarse a horcajadas—. Dime tu nombre para dejar de llamarte no-Young-il en mi cabeza.

—¿Y si no quiero?

Entonces sintió su mano izquierda bajar lentamente por su espalda.

—Estas copiando mi estrategia.

—¿Yo? Yo soy inocente.

—Deja de hacerme reír. Esto es serio —el sabor del cobre inundó su boca de lo fuerte que había estado mordiéndose el interior de su labio.

Empezó suave, un pequeño rebote de su pecho por el aire escapándose de su prisión; le siguió lo absurdo de la posición en la que estaban: el hombre de sus pesadillas, la persona con la que había estado obsesionada atrapar e interrogar hasta que se le cayeran los dientes, el Front Man estaba a toda su disposición con las manos sosteniéndolo de la cintura con una mirada que lo hacía sospechar que había capas y capas de sentimientos reprimidos esperando una señal para liberarse.

—Debería estar furioso contigo. Me mentiste, nos pusiste en peligro y te estás haciendo el loco en un asunto muy serio.

—No te he mentido —repitió frunciendo el ceño—. Aparte de mi nombre y de mi…

Gi-hun levantó ambas cejas e inclinó la cabeza hacia adelante. Debía decirlo en voz alta, solo así podrían seguir hablando, solo así estarían en igualdad de circunstancias. Ambos corazones abiertos sobre la mesa quirúrgica, ambos sangrando con cada latido, ambos buscando sangre que seguir bombeando.

Funciones innatas.

—Aparte de mi esposa —inhaló profundo. La sangre llevaba oxígeno a todos los órganos—. Mi difunta esposa.

—Exactamente —Gi-hun lo sacudió de los hombros, el cabello le caía sobre la frente de una forma más desordenada de cuando estaba vestido con el chándal verde de los juegos, nada cercano a cómo se lo había imaginado debajo de esa máscara.

Su lista de prioridades se iba ampliando con cada segundo que pasaba con él:

  1. Sacar a todos de la isla con vida (o al menos a los que quedaban vivos).
  2. ¿Cuál era la historia de este hombre?

Definitivamente era el tipo que usaba demasiado gel creyendo que eso lo iba a favorecer. Vaya información valiosa.

—Espera, ¿no sabías que me había infiltrado a los juegos?

—¿Era información pública? ¿Me tenía que llegar en el panfleto de introducción en medio del viaje en limusina?

Decir que estaba ofendido era poco. Quitó el peso de sus brazos sobre sus hombros y se cruzó de brazos.

—Déjame reformularlo… ¿Todo este tiempo no sabías mi identidad? ¿Cómo?

—¿Pensabas que sabía que Young-il era el Front Man?

—¿Sí? —ladeó la cabeza y se lo quedó mirando como si le hubiera crecido un segundo Gi-hun pegado al cuello con cabello rojo—. ¿Por qué razón entonces me habrías dejado acercarme tanto?

—Porque al parecer los hombres bajitos con ojos aguados de cachorro abandonado son mi debilidad.

Y ahí estaba la sonrisa con la que había sido engañado durante estos tres días: una hilera perfecta de dientes adornados por labios que se resistían a regresar a su forma en reposo. Era antinatural para un rostro tan estoico que se había adaptado con facilidad ante su presencia durante los juegos.

Gi-hun había escuchado la risa de Young-il, pero nunca lo había hecho reír.

—¿Por eso te ofreciste a coquetearme?

—Aish… ¿De nuevo con eso? Si mal no recuerdo, dijiste “seducir”.

—Valía la pena intentarlo. Especialmente creyendo que sabías quién era y que estabas pretendiendo por seguridad.

—¿Seguridad de quién? —la mente de este hombre nunca lo iba a dejar de sorprender—. ¿Quieres que te recuerde dónde estamos?

—¿Sorpresa?

—Idiota presumido. Deberías comerte un payaso para el desayuno más seguido.

Las manos del otro hombro le tomaron las suyas, separándolas a ambos lados. Gi-hun vio los dedos entrelazados entre ellos: cuero y piel, los dos desgastados por diferentes razones.

—¿No te basta mi bokkeumbap de cinismo con algo de escepticismo espolvoreado?

Una pequeña sonrisa nostálgica por las verdades que hace poco consideraba como reales se dibujó en su rostro.

—Prefiero que me invites un tteokbokki con ese soju que me prometiste.

—¿Antes o después de la cita?

—¿Eso es antes o después de que mandes a todos a sus casas? —preguntó no bromeando ni con malicia, sino impulsivamente, como cuando le disparó al vidrio antibalas de la limusina.

—Gi-hun… —lanzó su cabeza hacia atrás—. ¿Por qué aceptaste coquetearme como parte del plan? No soy ciego.

En caso de haberlo olvidado, el cuello de no-Young-il parecía el espacio perfecto para acurrucarse luego de ver una película. Aunque también estaba la posibilidad de delinear esa vena con la lengua. Era un hombre flexible y abierto a varias opciones si eso significaba salir con vida de ahí.

—¿Qué otra opción tenía? Habíamos logrado otra noche más con doscientas personas gracias al empate. No iba a dejar que el Front Man ganara —Gi-hun le soltó la mano, levantándose de su pierna y caminando hacia la pequeña maqueta de un salón de jazz que estaba junto a otra puerta.

—¿Le coqueteas a todos con los que no estás de acuerdo?

O estaba muy desesperado o…

(Verlo enojado tan fácilmente era mejor que no verlo…)

—Tu nombre —soltó—. Si me dices tu nombre, prometo plantearte una oferta que no podrás rechazar.

—Créeme, esa no es la oferta irresistible que crees que es.

—Pero ahora es imposible que no estés interesado.

Aún de espaldas a él, Gi-hun se acercó más al disonante aparato. ¿Sería muy descabellado asumir que era una caja de música y no solo una escultura? ¿Demasiado pensar que había una funcionalidad detrás y no solo era un adorno? ¿Darle valor emocional y no solo algo dispensable que ocupaba el espacio que algo más podría reclamar?

—In-ho.

Su nombre sonaba a alguien suspirando sin el suficiente aire en los pulmones para generarlo. Gi-hun se volteó.

—¿In-ho, no tienes apellido?

—No fue la pregunta que hiciste.

—Bien, supongo que me sirve.

Sin darse cuenta, había caminado hasta donde la máscara del Front Man había caído y ahora solo quedaba frente a él este hombre ataviado con una túnica gris manchada de sangre y vestido con el rostro de quien había estado dispuesto a arriesgarlo todo con tal de escapar.

—¿En qué estás pensando? ¿En que me odias?

—¿De verdad eres intolerante a la lactosa? —Gi-hun caminó sobre la máscara, su peso le hizo varias grietas.

—¿Sí?

—No suenas seguro.

—Porque no es lo que pensé que preguntarías.

—Mataste a uno de tus guardias por mí.

No esperaba recibir una respuesta directa y, por supuesto, él no lo decepcionó:

—¿Me odias, no?

Ahora, In-ho estaba de rodillas sobre el cojín de su sofá, su cuerpo mirando hacia el ascensor, no porque quisiera huir, sino porque Gi-hun estaba de pie del otro lado con las manos sobre el respaldar que los dividía una vez más.

—¿Quién te dijo que te odio?

—Estuviste todos estos años persiguiéndome para pagar porque no podías entender cómo alguien como yo podía permitir las cosas que les suceden a las personas en esta isla —In-ho probó su suerte y tiró de la manga de su chaqueta, sus caderas completamente pegadas al respaldar del sofá.

Gi-hun lo permitió.

—Y disparaste al vidrio de la limusina porque tenías la corazonada de que estaba ahí. ¿Y sabes qué? No te equivocabas —continuó.

La mano derecha de Gi-hun subió a su rostro y se posó en su mejilla, su pulgar trazó círculos sobre lo alto de su mejilla, su muñeca se liberó de su agarre y antes de que In-ho pudiera protestar sintió cómo uno a uno sus dedos se enganchaban al frente de su abrigo.

Debajo llevaba puesta aún su camisa de jugador con su nuevo número:

001.

—Odias al Front Man.

—In-ho —su mano izquierda encontró su lugar sobre su otra mejilla y atrajo su rostro hacia sí, sus labios se sintieron calientes sobre su frente—. Odio el poder que tiene. Odio lo que representa. Odio su puesto dentro de la organización. Odio el escape que te ha permitido. Odio que hayas tenido que llegar hasta aquí. Odio que esta haya sido tu solución y que pienses que esta sea una de las dos únicas salidas: matar o morir, devorar o ser devorado, asesinar o ser asesinado. Odio tus acciones, las detesto. Pero no odio al hombre bajo la máscara. No cuando me has demostrado hasta el cansancio que sigues siéndolo. In-ho, sigues siendo un hombre.

—No es justo.

—Creo que es la primera cosa en la que estamos de acuerdo.

—Vas a odiarme eventualmente.

—No puedes decidir qué es lo que voy a sentir de aquí a dos minutos.

El labio superior le temblaba como si quisiera decir algo más, sus párpados luchaban por contener la única respuesta física que podía darle en el momento y sus ojos le decían que tenían ojeras de tanto mirarlo. Para un náufrago cualquier líquido serviría para mantenerlo consciente hasta llegar a la civilización, pero antes necesitaba creer que se había quedado sin otra opción.

Empezó como un roce, una ligera pincelada sobre un lienzo con óleo agrietado por haber sido abandonado en un lugar con poca humedad, una inhalación profunda que registró que no estaba pintando ni frente a un caballete, sino que sus labios estaban sobre los de In-ho y este lo estaba besando de vuelta mientras empapaba sus manos con sus lágrimas.

No estaban coordinados ni lo buscaban, se encontraban demasiado ocupados en sentir cada parte del otro, cada imperfección, cada cicatriz; en continuar la carrera por hacerse saber que esto que estaban experimentando era peor que el odio y mayor que la pérdida.

Iban a sufrir y a romperse, pero también a sostenerse mientras se recuperaban y a no dejar de buscarse ni perseguirse porque, en ese caso, ninguno de los dos seguiría con vida. De sus labios pasó a su cuello, lamiendo y dejando marcas donde había fantasiado, permitiéndole al sabor salado asentarse sobre sus papilas y buscando qué más podía ofrecer y obtener.

In-ho no había parado de llorar, pero tampoco estaba dispuesto a separarse. Lo sintió en su sien, en sus mejillas, en el espacio que unía su cuello con sus hombros y en su pulso —donde sea que pudiera encontrarlo—hasta que acabó reposando su cabeza sobre su pecho. Los dedos de Gi-hun le despegaron los mechones de su frente y dejó que estos se deslizaran con cuidado como si estuviera arrullándolo.

—Deja que las votaciones se desarrollen mañana con normalidad —dijo apenas encontró el aliento.

En donde In-ho se había quedado podía perfectamente escuchar sus latidos erráticos. Sus brazos se cerraron alrededor de su cintura, abrazándolo con tanta fuerza como si estuviera aterrorizado de separarse y verlo desaparecer frente a él.

—No puedo interferir —su voz sonaba apagada contra la tela de su camisa, su chaqueta estaba en algún lugar del suelo junto a la máscara.

—No te estoy pidiendo eso. Permíteles elegir de verdad… —sus dedos continuaron dibujando círculos y dando toquecitos como si estuviera acariciando un gato—. Y deja que quienes quieran irse lo hagan.

—Gi-hun…

—Lo mismo con quienes quieran quedarse hasta el juego final.

Nunca había deseado tanto que In-ho lo mirara, pero cuando quiso buscar sus ojos, lo vio completamente fijado en el pequeño salón de jazz de la esquina de la habitación.

—¿Terminaste?

—No. Estoy negociando.

—Te estoy escuchando.

—Hazlo y prometo quedarme aquí contigo —como si hubiera activado un mecanismo, In-ho levantó la mirada, por primera vez en la noche lo vio parpadear repetidamente—. No pienso rescatar a todos y abandonarte en el proceso.

—¿Y luego qué? ¿Vas a entregarme? —sonrió con sorna—. ¿Quieres que pague por mis crímenes? ¿Quieres ver que eres capaz de perdonarme?

—Quiero que tú lo veas. No puedo prever qué pasará después, pero puedo decidir quedarme. Al menos hasta los próximos juegos.

—Debería mandarte de vuelta al dormitorio. Llamar a un guardia. Extirparte.

—Podrías hacerlo, no te detendría. ¿Pero serías capaz de hacerlo sabiendo que podría morir?

Un segundo. Como mala costumbre, Gi-hun estaba apostándolo todo y cruzando los dedos. No siempre la suerte estaba de su lado.

Dos latidos. Del lado pragmático de las cosas, a In-ho no le servía tener a alguien más en su piso, ni siquiera para hacerle compañía.

Tres inhalaciones. El plan tenía tantas variables que podían destruirlo con tan solo una decisión humana. Gi-hun había soltado las riendas.

Cuatro parpadeos. ¿Acaso In-ho tenía la autoridad de abrir las puertas del establo y mantener la pistola en su cinturón? ¿Acaso había posibilidad de eliminar la amenaza que él representaba sin sufrir consecuencias inmediatas?

—No.

El agarre que Gi-hun tenía sobre los hombros de In-ho se aflojó y ahí mismo planchó la tela de su camiseta por inercia. El abrigo gris estaba completamente atrapado entre el brazo del sofá y el cojín sobre el que In-ho continuaba arrodillado.

Nunca había estado tan aliviado al escuchar una respuesta negativa. Quería llorar y sonreír a la vez; echar la cabeza hacia atrás y gritar con todas sus fuerzas. Con la fuerza que le quedaba se abalanzó sobre In-ho, tacleándolo por completo sobre el sofá y enredándose en una mezcla de extremidades hasta que uno de los dos hizo que sus cabezas chocaran.

En el intento de liberarse, sin darse cuenta, habían encendido la televisión. En el lado de las X, el equipo que había encabezado la rebelión estaba reunido, entre ellos Geum-ja perseguía la caminata intranquila de Dae-ho mientras le sobaba la espalda.

—Em… cuando ellos salgan, necesitamos encontrar una forma de decirle a Jung-bae que estoy vivo… —el brazo derecho de In-ho descansaba sobre su cadera, rodeándolo desde la espalda.

Él asintió.

—Y yo necesito ordenar que nos envíen un par de máscaras de repuesto. Creo que hay una forma de que te quedes en este piso sin que desafíen tu autoridad.

—Sí… No estaba proponiendo quedarme como rehén.

—Me alegra. Más papeleo para después —In-ho acarició el hueso descubierto de su cadera.

—Una cosa más… ¿Este lugar tiene baño? Creo que después de tres días, nos hace falta una ducha.

—Está en la puerta de la derecha. ¿Quieres…? ¿Quieres que te acompañe?

—¿Te volviste tímido de repente?

—Solo pregunto si necesitas compañía —ahí apretado, In-ho se encogió de hombros como pudo.

—No creo que me vaya a perder en el camino, sinceramente.

—Oh…

Sonó decepcionado.

—Pero me vendría bien la ayuda —Gi-hun depositó un beso rápido sobre su mejilla, tomando a In-ho desprevenido.

Aunque al pasar los dedos detrás de su oreja sintió un bulto diminuto, no dijo nada; aquel era otro punto que añadir a la lista. Ahora solo necesitaban levantarse de ese sofá en el que no cabían dos personas y llegar al baño, pero ninguno hizo el esfuerzo. Quizá el cansancio mental y físico los vencería esta noche, y quizá luego de despertarse alguno o ambos se arrepentirían de su acuerdo.

Aquello lo resolverían cuando las manecillas del reloj los obligaran a enfrentar sus decisiones; mientras tanto, sus respiraciones sincronizadas fueron la única señal que necesitaban. El desorden de la habitación era el único testigo de lo que había sucedido; y los dos hombres dormidos en los brazos del otro, la consecuencia.

 

Notes:

Luego de usar tres canciones en bucle logré acabar esta cosa que se suponía que era algo silly y que terminó con In-ho llorando (se lo merece). Me inspiré en este animatic de Timlit en Twitter. También quiero agradecerle a Rosie por dejarme usar dos diálogos que se le ocurrieron mientras hablábamos y por darle la vuelta a mi idea inicial con su "¿Y si In-ho cree que Gi-hun sabe que él es el Front Man?". Sin eso, este shot habría sido un tanto diferente, así que denle las gracias. Lo mismo para Sophia por su consultoría en restauración de piezas de arte.

Finalmente, les dejo aquí las tres canciones con las que escribí el one shot:

I Believe in a Thing Called Love
Forever and Always
Killing Me

Nos leemos en el próximo one shot 💜

P. D. Sí, las dos oraciones alineadas a la derecha y en cursiva son pensamientos de In-ho irrumpiendo en el POV de Gi-hun 😄