Chapter Text
Enid Sinclair
25 de Junio.
—Enid Sinclair. —Su nombre resonó en la pequeña sala de espera de la clínica en la que se encontraban.
Habían llegado hacia un poco más de media hora, luego de que su padre le ayudara a hacer sus tareas en la granja para que pudieran irse temprano.
Al entrar al pequeño consultorio, el olor a desinfectante y tinta la envolvió. El médico, un hombre de estatura media y cabello oscuro, se levantó enseguida, sonriendo con familiaridad mientras estrechaba la mano de su padre.
—Qué sorpresa verte por aquí —comentó. Sus ojos tenían algo peculiar, un cierto brillo e intensidad que la hizo comprender al instante. Era una sirena.
El hombre la miró con interés.
—No sabía que tenías una hija —añadió con sorpresa, tendiéndole la mano—. Me llamo Dimitri.
—Ya ves —respondió su padre con una leve sonrisa, apoyando una mano en el hombro de la rubia—. Crecen rápido.
Enid respondió al gesto con una sonrisa tímida y estrechó la mano del doctor.
Los tres tomaron asiento frente al escritorio, donde descansaba un portapapeles con varias hojas en blanco. Dimitri entrelazó los dedos, observándolos con atención.
—Bien, ¿qué los trae hoy?
—Fue su segunda luna llena —explicó su padre.
El doctor asintió, comprendiendo de inmediato.
—Ah, con razón. Eso explica por qué no te había visto antes —comentó, ahora dirigiéndose a ella—. Ya he atendido a tus hermanos en sus primeras lunas, y sobre todo en los torneos.
—También venimos por eso, justamente —agregó su padre, divertido, y le hizo una seña a la rubia.
Enid, captando rápidamente la indirecta, sacó de su mochila los papeles del formulario para el equipo de hockey y se lo entregó al hombre.
Dimitri ojeó las hojas en un vistazo rápido, asintiendo mientras leía.
—Veo que agregaron varias cosas más este año, vaya, —evaluó, y dejó las hojas a un lado— pero nada fuera de lo común. Dime, Enid, ¿ya te has hecho un chequeo médico antes?
La rubia miró a su padre un momento y luego volvió sus ojos hacia el hombre.
—De pequeña me hicieron varios, pero si se refiere a alguno reciente… eh, pues no —murmuró, encogiéndose de hombros.
Al ser una licantropa, rara vez necesitó un chequeo médico, su curación acelerada la mantenía alejada de la enfermería la mayor parte del tiempo, por no decir siempre. Su pelea contra el Hyde era un claro ejemplo de ello, ni siquiera necesitó puntos de sutura, aunque Wednesday había insistido en que si.
Lo prefería así, nunca había sido muy fanática de los hospitales ni de los médicos en general. Cada vez que entraba a una clínica, un escalofrío le recorría la espalda. Los recuerdos de su preadolescencia, viajando de hospital en hospital, se colaban sin permiso.
—Bueno, este chequeo quizás sea un poco más riguroso, teniendo en cuenta tu primera transformación. Pero no te preocupes, será rápido —explicó, levantándose de su asiento—. Empecemos por lo básico, subete a la balanza, por favor. Tomaré tu peso y altura.
La rubia se posó en el lugar dicho, y el hombre ajustó el tallímetro hasta que este tocó su cabeza.
—Un metro y sesenta y ocho centímetros —murmuró, y Enid abrió los ojos levemente, sorprendida.
¿Había crecido ocho centímetros en tan solo tres meses? ¿Era eso siquiera posible?
Usaba comúnmente ropa holgada cuando estaba en su casa, por lo que ese cambio había pasado desapercibido. Tendría que prestar más atención a partir de ahora, reflexionó.
—Viendo tu reacción, quizás no te lo veías venir ¿eh? —bromeó Dimitri, invitándola a bajar de la báscula—. Es normal para un lobo tener un segundo estirón.
—Creo que tendremos que renovar el guardarropas —rió su padre, sonriente, sacándole una pequeña risa a la chica.
—Solo espero que mi vestido favorito me siga entrando —se quejó, haciendo un leve puchero.
Le encantaba ir de compras, pero no poder usar su vestido floreado para la primavera le rompería el corazón. Dudaba encontrar uno igual en una talla más grande.
—Me gustaría chequear ahora tu audición, ¿has sentido un cambio desde tu transformación?
Enid asintió, con una pequeña mueca. Claro que había sentido un cambio, todo a su alrededor parecía querer romper sus tímpanos.
—Bien —murmuró Dimitri, levantándose y abriendo un pequeño cajón metálico de su escritorio. De allí sacó un diapasón plateado que brillaba con la luz blanca del consultorio—. Vamos a hacer algo sencillo, solo quiero medir tu sensibilidad.
Enid lo miró con curiosidad. No le gustaban demasiado esos instrumentos médicos, siempre parecían diseñados para incomodarla de alguna manera. El doctor golpeó suavemente el diapasón contra el borde de la mesa, y un zumbido agudo llenó la sala.
La rubia cerró los ojos con un respingo involuntario.
—¿Demasiado fuerte? —preguntó él, arqueando una ceja.
—Un poco —admitió, llevándose la mano a la oreja, aunque intentó disimular su reacción con una sonrisa nerviosa.
Dimitri no se sorprendió, simplemente anotó algo en la hoja del formulario y cambió de oído. Esta vez ella se preparó, aunque de todas formas el sonido le hizo tensar los hombros.
—Interesante —murmuró—. La hipersensibilidad después de una luna llena es bastante común. Con el tiempo tu cuerpo se adaptará.
Enid asintió, aliviada por su tono tranquilo.
—Eso explica por qué todo me suena como si fuera un concierto de rock las veinticuatro horas del día —bromeó, soltando una risa suave.
El doctor sonrió mientras guardaba el diapasón.
—Exacto. Y mientras tanto, procura no dormir cerca de una radio encendida —respondió con humor.
El chequeo continuó con normalidad: respiraciones profundas mientras apoyaba el estetoscopio frío sobre su espalda, leves toques con los nudillos en su abdomen para escuchar la resonancia, y finalmente el clásico martillito de reflejos sobre su rodilla izquierda.
El pie de Enid dio una patada tan fuerte que casi tiró el taburete frente a ella. Y por un instante, demasiado fugaz pero evidente, las uñas de sus manos se extendieron en garras que arañaron la tela de su short.
La rubia se sobresaltó, escondiendo las manos en su regazo.
—Lo siento —se apresuró a decir, ruborizada.
Dimitri la miró unos segundos, y después negó con la cabeza con una media sonrisa tranquilizadora.
—No pasa nada. Es solo que tienes los reflejos muy despiertos —añadió.
Su padre, sentado a un lado, sonrió también, aunque sus ojos parecieron estudiar con detalle el gesto de su hija. Enid, sin embargo, lo pasó por alto.
—¿Ya se han aflojado tus colmillos? —preguntó de golpe el hombre.
¿Qué?
La rubia lo miró con los ojos en grande, tratando de evaluar si había escuchado mal sus palabras. Dimitri, al ver su reacción, negó con la cabeza, divertido.
—Tus colmillos caerán y te saldrán unos nuevos, serán permanentes —comentó.
—Creo que Nevermore ha olvidado enseñarle lo básico a los jóvenes —resopló su padre, que hasta el momento se había mantenido sentado en una de las sillas, observando en silencio.
—Por eso es importante asistir a los chequeos —agregó el médico, mientras anotaba unas cosas en el formulario.
Enid se encogió de hombros, un poco avergonzada. Aún no sabía como decirle a su padre que había sido decisión propia el no asistir a las clases de licantropía.
Dimitri se acercó a ella con un pequeño palito de madera en su mano, parecido al de los helados—. ¿Puedo?
Entendiendo a lo que se refería, abrió la boca en grande. El palito de madera empujó su lengua hacia abajo, mientras una pequeña linterna examinaba el interior y luego sus dientes.
—Hmm, tus caninos se ven bien alineados —comentó, y posó su dedo índice en cada uno, generando un poco de presión al intentar moverlos—. Y aún no hay movimiento, así que solo es cuestión de esperar.
—¿Cuánto? —preguntó, su voz salió con rapidez, sin molestarse en ocultar su ansiedad.
—Eso no se puede saber, simplemente sucederá —explicó con una sonrisa comprensiva, retirando los dedos y apagando la linterna—. Por lo general uno o dos meses, lo sabrás cuando sientas incomodidad en las encías y al masticar, como si tus dientes fueran más grandes.
—Creo que ahora no podré dormir sabiendo que se caerán —murmuró para sí misma, sacándole una risa a los dos hombres en la habitación.
Y así, el pequeño examen continuó.
Había sido un poco más largo de lo que había pensado, pero ciertamente había sido divertido. Dimitri era muy amable, lo que aligeró ese pequeño estrés en ella de estar en una clínica, aunque ya no fueran por los mismos motivos que en el pasado.
—Todo está en orden, te felicito, Enid. Y para terminar esto, solo falta hacerte un par de preguntas —comentó el hombre, sentándose en su escritorio. Enid lo imitó, tomando asiento nuevamente a un lado de su padre—, Dime, ¿has sentido algún malestar desde luna llena? ¿Cansancio, falta de apetito o de sueño?
—Bueno, solo me he sentido más cansada de lo habitual. No importa cuando duerma, sigo con sueño —confesó, y se mordió el labio con nerviosismo.
¿Debería hablar sobre lo sucedido en las últimas cuarenta y ocho horas? Su ansiedad crecía al pensarlo, y creía que quizás el doctor podría explicarle lo que le estaba pasando, no quería que volviera a suceder. Pero su padre estaba presente, y por mucha confianza que tuviera con él, la vergüenza le ganaba a cualquier lógica.
Tal vez otro día, se dijo a sí misma. Pero antes de resignarse por completo, una pregunta cruzó su mente.
—Y, oh, ¿puedo hacerle una pregunta? —su voz sonó en lo bajo, antes de que el otro pudiera responder a su anterior comentario.
—Claro, para eso estoy —contestó el hombre.
—¿Es normal no recordar nada de lo que pasó en luna llena? O bueno, parte de ella. Recuerdo lo que sucedió en mi primera luna, pero en la segunda es como si se hubiera borrado —contó, jugando con sus dedos.
Si no podía saber la razón de su actitud de los últimos dos días, al menos quería saber eso.
—Es normal, si —la tranquilizó rápidamente—. Aún no te acostumbras a que tu lobo salga, por lo que puede hacer que el estrés del momento borre algunas cosas.
—Va a tomar tiempo, pero poco a poco te irás adaptando, no te preocupes —añadió, y aquello la tranquilizó un poco, por lo que asintió con una sonrisa.
Dimitri la observó con la misma expresión y luego bajó la mirada hacia los papeles frente suyo, donde tenía sus anotaciones.
—Y hablando de tu cansancio, tu índice de masa corporal es bajo, casi dos puntos por debajo de lo que se considera un peso saludable para alguien de tu altura —explicó suavemente—. ¿Has estado alimentándote adecuadamente? Podría explicar tu cansancio y tu bajo peso.
—Creo que sí —se encogió de hombros, y observó a su padre de reojo.
—¿Podría ser el tipo de alimentación? —preguntó él, con el ceño levemente fruncido.
—Podría ser, si. La ingesta adecuada de proteínas es esencial en esta etapa del desarrollo, al igual que los carbohidratos, y no es la misma alimentación antes y después de una transformación de esta índole —comentó, y anotó un par de cosas en una hoja.
—No quiero decir que te lo dije pero te lo dije —bromeó su padre, y la rubia rodó los ojos, divertida.
Dimitri entonces le extendió un papel con algo escrito y una hoja con una planilla en blanco.
“Diario de alimentación”
Enid levantó la mirada, y el doctor entendió la duda en sus ojos.
—Quiero que durante una semana anotes tus comidas, incluso lo más mínimo. Si es posible, agrega también las cantidades, nos ayudará a tener una mejor noción —explicó, y la rubia notó que intentaba usar un vocabulario simple para que ella pudiera entender, lo cual agradeció—. Lo otro es un pedido para que te hagas un análisis de sangre, aunque seas un hombre lobo y la anemia sea poco probable, el hecho de que practiques un deporte no me permite pasarlo por alto. Mejor prevenir que curar, ¿verdad?
—Correcto —habló su padre a su lado.
—Cuando esas dos cosas estén hechas, podremos saber mejor la razón de tu somnolencia, ¿tienes alguna duda?
Enid lo pensó, finalmente negando con la cabeza.
—Perfecto, entonces los veré cuando estén los resultados —añadió con una sonrisa amable.
—Gracias —murmuró, y extendió una mano hacia el hombre, siendo correspondida rápidamente. Su padre, a su lado, imitó su acción.
Caminaron hacia la puerta, cuando su padre carraspeó suavemente antes de hablar.
—Enid, hija, ¿me esperas afuera un segundo?
Ella lo miró confundida pero asintió, saliendo del consultorio hacia la sala de espera. Una vez allí, tomó asiento en uno de los sillones libres, y sacó su teléfono.
No había tenido señal en varios días, y tenía tantas cosas para hablar con Yoko. Si antes extrañaba a sus amigos, en ese momento se sentía capaz de viajar en bicicleta los kilómetros que fueran necesarios para poder verlos.
Al conectarse al internet, los mensajes comenzaron a aparecer en cantidad.
Enid leyó cada mensaje con una sonrisa que le tiró de la comisura de los labios.
Respondió los mensajes de Divina y Ajax lo más rápido que pudo, diciéndoles cuánto los extrañaba, y agradeciéndoles su consideración.
Yoko había sido la primera en mandar un mensaje tras su luna llena. "¡SUERTE EN TU LUNA LLENA! 🥳🥳" había gritado su texto el 21 de junio. La desesperación había crecido con cada mensaje que le siguió, desde sus amenazas de "viajar a San Francisco a verificar con mis propios ojos que sigas con vida" hasta el dramático "Ghosteada por mi mejor amiga, fabuloso 😞" de esta mañana.
Divina, en cambio, había sido la calma en el centro de la tormenta de Yoko. "No te estreses por sus mensajes, tómate tu tiempo", había escrito, como si pudiera leer la ansiedad de Enid a través de la pantalla.
Era el equilibrio perfecto entre la locura de una y la comprensión de la otra, y pensar en ellas juntas siempre la hacía reír.
Luego leyó el mensaje de Ajax, su preocupación tan evidente como el sol del mediodía. "No quiero molestarte con tantos mensajes, sé que no tienes señal en tu casa, solo quería saber si estabas bien, ¿Cómo estuvo la luna llena?", leyó, sintiendo un alivio cálido. Su trato suave y amable era lo que más necesitaba en esos momentos. "Estoy en China con mis padres", decía otro mensaje, junto con fotos que le seguían de un paisaje hermoso y de gatos por todas partes.
Se había sumergido tanto en el ciclo interminable de los últimos acontecimientos que, por un momento, había olvidado que tenía una vida fuera de las paredes de su casa.
Los mensajes de sus amigos eran el ancla que la jalaba de vuelta a tierra, que la traía de regreso cuando empezaba a alejarse de todo.
No sabía qué sería de ella sin ellos.
Ni siquiera había ido a sus entrenamientos de hockey, demasiado cansada como para pensar en pisar el hielo o hablar con sus amigas, que sabía que tendrían muchas preguntas.
Una vez que terminó de mandar los mensajes, junto con una que otra selfie para mostrarles donde se encontraba en ese momento, llevó sus dedos hacia el chat que tenía con Yoko, presionando el botón de llamada.
Lo último que quería era que la vampira se presentara en la puerta de su casa como lo había hecho años anteriores.
Solo bastaron un par de tonos para que la llamada fuera contestada.
—¡Sigues viva! —gritó Yoko al otro lado, y tuvo que alejar rápidamente el teléfono de su oreja, haciendo una mueca.
Tardaría bastante en acostumbrarse a su nueva audición.
—Sí, aquí sigo—respondió, con una mezcla de risa y cansancio en la voz.
—"¿Aquí sigo?" —Yoko imitó su tono, con un dramatismo que le hizo sonreír a Enid—. Llevo días, días, esperando una señal tuya. ¡Me tenías al borde del pánico! ¿Dónde estás?
—En la clínica, terminando un chequeo —explicó Enid, y pudo escuchar el jadeo de la vampira al otro lado.
—¡¿Qué?! ¿Te pasó algo? ¿Por qué no lo dijiste en los mensajes? ¡Niña, me estás matando de la preocupación!
—¡Estoy bien! de verdad. Solo es un chequeo, ya sabes, por lo del equipo de hockey, y bueno, también porque se supone que eso hacen todos cuando se transforman por primera vez —murmuró la última parte, casi para sí misma.
—Ah, claro —la voz de Yoko se suavizó un poco, aunque la curiosidad no desapareció—. Y, ¿cómo te fue? ¿Todo en orden?
—Sí, todo bien —Enid se encogió de hombros, sabiendo que su amiga no podía verla—. Me mandaron a hacer un diario de alimentos por una semana y una orden para sacarme sangre. Es que he estado muy cansada desde luna llena, así que el doctor quiso descartar cualquier cosa.
—¡Qué bueno! Espero que te vaya bien con los resultados, lobita —exclamó Yoko, y el alivio en su voz era palpable.
Enid sintió una punzada de emoción al darse cuenta de cuánto la extrañaba. —Gracias, yo...
Justo en ese momento, la puerta del consultorio se abrió y su padre salió.
—Ah, ahí salió mi papá —anunció Enid al teléfono, y su padre se acercó con una expresión tranquila.
—¿Con quién hablas? —preguntó, y una sonrisa se formó en sus labios.
—Con Yoko —respondió Enid, haciendo una seña con el pulgar.
Antes de que su padre pudiera decir algo, un grito agudo resonó por la línea. —¡Hola, señor Sinclair!
Su padre soltó una risita que resonó en la sala de espera. —Hola, Yoko. ¿Qué tal estás? Y ya te había dicho que me llamaras Murray.
El intercambio de saludos continuó mientras su padre la invitaba a levantarse. Salieron de la clínica, hacia la calle. El aire de la mañana le pareció sorprendentemente fresco, y Enid se apresuró a subir al auto, dejando que la conversación con su amiga la envolviera como un abrazo.
—¿Y qué tal vas, demasiado aburrida? —preguntó, riendo.
Continuaron charlando animadamente, Yoko contándole chismes y Enid compartiendo detalles triviales de la granja que, por alguna razón, ahora parecían mucho más importantes.
La conversación siguió hasta que la señal del celular se fue perdiendo poco a poco, mientras se alejaban de la ciudad y el auto se adentraba en el camino de tierra que los llevaba a casa. Cortaron la llamada con una promesa de hablar tan pronto como Enid tuviera señal de nuevo.
Lo cual, para suerte de ambas, sería en un par de horas.
Finalmente, guardó el teléfono en su bolsillo, con la voz de Yoko todavía haciendo eco en su cabeza, alegrandola.
Por un momento, se dejó llevar por la idea de organizar mejor sus días: quizás debería empezar a ir más temprano a los entrenamientos, así tendría tiempo de charlar con sus amigas y con Ajax sin apuros ni interrupciones, para no quedarse siempre con la sensación de que algo se le escapaba.
Junto con eso, se recordó a sí misma que tenía varias cosas que contarle a Wednesday en la próxima carta; no quería olvidarse de nada. No había tenido el tiempo ni el humor de escribir algo hasta el momento, pero la idea, aunque poco probable, de que su amiga estuviera esperando una noticia suya, era suficiente para sacarle una sonrisa.
Tenía tantas ganas de verla. Su actitud estoica y sus comentarios sin filtro lograban un extraño efecto tranquilizante en ella, principalmente cuando su mente y pensamientos se perdían en bucles catastróficos, como en esos momentos. Era su complemento perfecto.
Sus pensamientos se fueron desvaneciendo mientras la silueta de la casa aparecía a la vista. El auto crujió al pasar por el portón, y al detenerse, Enid bajó de un salto, avanzando hacia el interior con pasos ligeros, mientras su padre murmuraba algo sobre tener asuntos que atender.
Al ingresar, no se detuvo en la sala ni en ningún otro lado. Subió directo a su habitación, tirando la mochila sobre el suelo y dejándose caer unos minutos en la cama, bostezando.
El silencio del cuarto la envolvió enseguida, aunque su estómago pronto protestó con un gruñido incómodo.
Rodó los ojos, resignada, y sin mucho ánimo, se levantó.
El olor metálico de la carne fresca la recibió antes incluso de entrar a la cocina. Allí estaba su madre, de pie frente a la mesada, el cuchillo subiendo y bajando en un ritmo mecánico mientras cortaba trozos de carne sobre una tabla.
—Hola —murmuró apenas Enid, cruzando el umbral.
Esther levantó la vista un segundo y asintió, sin detenerse en su tarea. El filo volvió a hundirse en la carne, el sonido seco llenando el aire.
Enid apretó los labios, buscó pan en la alacena y queso en el refrigerador, y empezó a armarse un sándwich en silencio.
Mientras untaba un poco de mayonesa, alzó la vista hacia la ventana. Afuera, su padre estaba encorvado junto al cobertizo, acomodando unas cajas de herramientas. Sunny correteaba alrededor suyo, mordisqueándole el pantalón y dando saltos torpes cada vez que el hombre intentaba apartarla. Aquella escena le arrancó una sonrisa breve, que desapareció en cuanto volvió a girarse hacia la mesa.
Se sentó y dio el primer bocado a su sándwich, disfrutando del crujido del pan tostado.
Había dado por hecho que la cocina permanecería en ese silencio denso hasta que terminara, pero la voz de su madre se alzó de repente, cortando el momento.
—Llamó la madre de George, el chico de la iglesia. —La mujer no levantó la vista de lo que hacía, acomodando los trozos en un recipiente a un lado.
—Oh… —titubeó la rubia, tomándola por sorpresa. Tragó la comida antes de hablar—. ¿Y…?
—Seguramente en unos días vendrán a visitar. Tal vez a cenar. —La mujer limpió el filo del cuchillo con un trapo, dejándolo a un lado antes de continuar.
Enid arqueó una ceja, sin entender del todo la relevancia de aquel dato, pero asintió de todas formas.
—Bien. —Apretó los labios levemente.
Se hizo un silencio breve, interrumpido solo por el sonido del grifo corriendo. Hasta que la mujer volvió a hablar, su voz haciendo eco en el lugar.
—George parece un buen chico.
Enid se removió en su asiento, inquieta, mirándola de reojo.
—Supongo que sí —murmuró.
Hubo otra pausa. Esta vez, la mujer sí levantó la mirada un instante hacia ella, aunque enseguida volvió a lo suyo.
—Está soltero.
La rubia apretó el pan con los dedos, cerrando los ojos por un momento al entender la insinuación.
Era obvio que llegaría ese momento, solo era cuestión de tiempo, se dijo a sí misma con desgana.
Soltó el aire por la nariz y respondió con una calma mal pretendida.
—No lo sabía —murmuró, sin querer hablar de ello.
Siguió masticando, como si nada. Y después, con una ingenuidad fingida, volvió a hablar.
—Quien sea su pareja será afortunada.
Esther giró apenas el rostro, lo suficiente como para mirarla de reojo. No dijo nada, pero ese gesto fue más elocuente que cualquier palabra.
El silencio volvió a ocupar la cocina, pesado, incómodo. Enid bajó la mirada a su plato, sintiendo que, con su madre, siempre caminaba en una cuerda floja invisible.
La mujer terminó de acomodar la carne en un recipiente y lo dejó a un lado. El sonido del cuchillo deslizándose sobre la tabla cesó de repente, y por un instante, lo único que llenó la cocina fue el zumbido constante del refrigerador.
Entonces, su voz regresó.
—Ajax.
Enid levantó la cabeza de golpe, el nombre resonando como un disparo en medio del silencio. Su mirada se cruzó apenas con la de la mujer, que seguía de pie junto a la mesada.
—¿Es tu…? —dejó la pregunta en el aire, sin terminarla.
—Novio. —La respuesta de la loba salió rápida, cortante, anticipándose a cualquier cosa que pudiera decir.
Esther asintió apenas, con un murmullo seco.
—Veo.
La mujer apoyó las manos sobre la mesada, pensativa. Luego giró un poco el rostro hacia ella.
—La madre superiora me dijo que hablaste de… él.
Y entonces el sándwich quedó olvidado entre sus manos, paralizada. Sintió el estómago encogerse, nerviosa por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Sí —dijo con voz baja, casi insegura.
Esther entornó los ojos, evaluando.
—Ese chico no es un lobo.
—Lo sé. —Enid bajó la vista, jugando con el borde del pan, como si con eso pudiera escapar de la incomodidad que le pesaba en el pecho.
Una pausa se hizo presente, aunque no duró demasiado. La siguiente pregunta llegó como una lanza.
—¿Te ha llamado?
La rubia frunció el ceño en un acto casi automático.
—No —dijo entonces como única respuesta, pero al ver cómo su madre fruncía apenas los párpados, se apresuró a añadir—. Está en China.
Esther se enderezó un poco, girando la cabeza con lentitud para mirarla de reojo.
—Eso no debería ser impedimento.
Enid respiró hondo, obligándose a sostener la mirada aunque por dentro quería hundirse en la silla.
—A mí no me molesta —murmuró bajo, pero no sabía si aquello estaba dirigida hacia sí misma o hacia la mujer a pocos metros de distancia.
Esther se giró de nuevo hacia la mesada, retirando el paño que cubría un pequeño cuenco de vegetales. Tomó otro cuchillo con calma y comenzó a rebanar zanahorias, el sonido seco del filo golpeando contra la tabla llenó la cocina en un ritmo constante.
—Si quiere algo serio, debería intentar algo mejor que eso —dijo de pronto, sin mirarla, como si hablara con la tabla misma.
Enid tragó saliva. Sintió un calor extraño recorrerle las mejillas y desvió la vista hacia su plato, hundiendo los dedos en el pan como si pudiera desaparecer allí mismo.
—Lo sé —respondió, apenas audible.
El cuchillo siguió cortando. Esther giró un poco la cabeza, lo suficiente para observarla de reojo.
—¿Y se lo has dicho?
La rubia frunció el ceño, confundida, sin estar segura de a qué se refería exactamente. Su corazón dio un salto incómodo en su pecho.
—Lo haré —murmuró, después de un segundo de duda.
El cuchillo volvió a deslizarse sobre la tabla, esta vez sobre un pimiento verde, cortándolo en tiras finas.
—Hay cosas que no tendrían por qué decirse. —Su voz era tan cortante como el objeto en sus manos.
Enid la miró de golpe, perpleja, tratando de procesar sus palabras para buscarle un significado.
—Ajax es bueno —se apuró a responder, con un dejo de nerviosismo, como si temiera que sus palabras se perdieran en el aire.
Pero Esther no reaccionó. Apenas dejó escapar un bufido corto, incrédulo, que resonó en la cocina más fuerte que cualquier palabra.
La rubia frunció el ceño, confundida.
Nada de la conversación tenía sentido, y ella sentía que sus respuestas eran casi automáticas, como si su cerebro se negara a dejar espacios en blanco.
Y más aún cuando se trataba de su madre, alguien que rara vez se tomaba el tiempo de dirigirle más de dos palabras o que no daba espacio a réplica.
Terminó su sándwich sin ganas, pensando en que la conversación había terminado. Se levantó despacio, llevó el plato al fregadero y lo enjuagó en silencio. El agua fría sobre sus dedos le dio un breve respiro, una pequeña distracción de la incomodidad que flotaba en el ambiente.
Cuando estaba a punto de girar sobre sus talones para salir de la cocina, la voz de su madre se alzó una vez más.
—George tiene tu número.
Enid se detuvo en seco, su cuerpo tensándose de inmediato. Se giró bruscamente hacia ella, con el ceño fruncido.
—¿Qué? —preguntó, esperando alguna explicación.
Pero la mujer no respondió. Cortaba las verduras dándole la espalda.
La loba se mantuvo de pié unos segundos más, esperando, pero parecía que su madre ya no tenía nada para decir, terminando la conversación tan abruptamente como había comenzado.
El silencio se volvió insoportable.
Teniendo nuevamente control sobre sus piernas, Enid dio media vuelta y salió de la cocina, sintiendo un nudo incómodo en la boca del estómago.
El sándwich de queso, tan delicioso hace unos minutos, ahora pesaba en su estómago como piedras.
[…]
Luego de un extenso almuerzo, dónde su padre había insistido en que era importante que consumiera más arroz y frijoles, pudo finalmente encargarse de la granja.
Sunny estaba más inquieta y juguetona a medida que los días pasaban, agarrando la suficiente confianza con el rebaño como para, incluso, dormir junto a ellos durante la noche. Ya era común buscarla con la mirada entre las ovejas, quienes rápidamente la aceptaron como una más.
Que fuera una cachorra tenía sus ventajas, y esa era una de ellas.
Las únicas que aún no estaban contentas con la pequeña bola de pelos corriendo de un lado a otro eran las gallinas, teniendo que separarlas repetidas veces cuando amenazaban con picotearla o perseguirla.
—Creo que si necesitaré la ayuda de un libro para entrenarte —murmuró, viendo como Sunny hacía de todo menos acatar su orden de sentarse.
Y no era solo el hecho de que quería que obedeciera algo así de simple, sino también en otras situaciones, como cuando perseguía algún pájaro e iba más allá de la propiedad, corriendo el peligro de perderse o de encontrarse a otro perro deambulando quién sabe dónde.
Las cercas eléctricas eran bastantes comunes, dado a que los vecinos a los alrededores también se dedicaban al ganado, y no quería que la cachorra se lastimara en uno de esos.
Las descargas eléctricas a veces eran fuertes, lo suficiente como para asustar a los cerdos, quienes eran más sensibles, e incluso vacas, cuando estas quisieran escapar.
Además de todo eso, necesitaba tomarse en serio el cuidar a Sunny, y eso, por ende, significaba entrenarla para evitar cualquier riesgo.
—Eres tan bonita que es imposible que alguien se enoje contigo —susurró, abrazándola mientras esta le mordía suavemente los dedos.
Estaba tan feliz de tenerla, y su nombre le hacía honor al significado que tenía en su vida.
Era su sol, su luz dentro de un lugar donde mayormente reinaban las sombras.
No podía pedir nada más.
Cuando terminó sus tareas del día, cerró cada uno de los corrales, tarareando una canción para distraerse mientras lo hacía. Sunny se camufló entre las ovejas cuando estas se recostaron en el suelo a descansar, y la rubia sonrió ante la ternura del momento.
Antes de regresar a la casa, llenó los cuencos de comida y agua, dejándolos cerca del corral para que la cachorra tuviera un mejor acceso a estos durante su ausencia.
Se dio una ducha fría y se vistió con un conjunto colorido y cómodo, metiendo en su bolso su equipamiento de hockey antes de bajar las escaleras hacia la cocina.
—¿Lista? —dijo Jaden, sentado en la mesa.
Enid lo miró confundida.
—¿Lista para qué? —preguntó, caminando hacia el refrigerador.
—Papá me dijo que te llevara al club —explicó, como si fuera algo obvio.
La loba metió un tupper con sandwiches en su mochila—. ¿Desde cuándo eres mi… chofer? Creí que estarías con Marcus.
—Solo intento que papá confíe en mí para que me preste más seguido el auto —dijo, rodando los ojos—. Tu te ahorras el viaje bajo el sol, y yo demuestro que puedo manejar.
Ella lo examinó con los ojos entrecerrados—. ¿Y cómo se supone que regrese?
—Voy a buscarte, duh. Vamos, solo di que sí y sube al auto. Quiero ir al centro comercial a comprar un nuevo balón de fútbol —exigió, poniéndose de pie y señalando la puerta.
—Mi entrenamiento termina a las seis, si llegas un minuto tarde le diré a papá que cruzas los semáforos en rojo —Se cruzó de brazos, retándolo con la mirada.
—No te atreverías.
—Pruébame.
El chico chasqueó la lengua y suspiró derrotado.
—Bien. Pero si llego a las seis y tú no estás afuera, le diré yo a papá que estuviste de besos con un desconocido.
Enid puso los ojos en blanco—. Por favor, como si fuera a creerte. Vamos, que llego tarde.
Se adelantó y salió de la casa. El auto ya estaba desbloqueado, por lo que subió sin esperarlo.
El auto arrancó a los segundos, alejándose de la propiedad por el camino de tierra hacia la carretera.
La radio sonaba por lo bajo, reproduciendo música pop que le sirvió para subirse el ánimo antes de llegar al club. Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que pisó la pista, aunque solo hubieran pasado cinco días. Ya no podía permitirse faltar de nuevo, no si quería que la tomaran como titular en el campeonato.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —La voz de Jaden rompió su pequeña ensoñación. Su tono era tranquilo, casi precavido.
—No pienso prestarte dinero —respondió instintivamente, anticipándose a lo que diría. No sería la primera vez que lo hiciera.
—Pf, por favor. Ni siquiera llegas a los veinte dólares —contraatacó el chico, negando con la cabeza—. Es otra pregunta.
—A Yoko no le gustas, lo lamento. Además, tiene pareja —dijo, mirándolo como si tuviera un tercer ojo, aunque solo lo hacía para fastidiarlo.
—¡¿Qué?! ¡Ay, por favor! ¡Solo dije que era bonita! ¡Una vez! —se defendió, y su voz se había agudizado tanto que podría romper las ventanas—. ¡Y ni siquiera me refiero a eso ahora mismo!
Enid luchó por no reírse en su cara, cubriéndose con su mano para contenerse.
Jaden había mencionado hace un año atrás, de una forma poco discreta y digna de burla, que le había parecido linda la vampira. Y no tendría nada de malo, si no fuera porque días después lo atrapó hojeando sus libros de Crepúsculo.
Aquello no podría significar nada, pero a la loba le encantaba insinuar que el chico quería convertirse en el Jacob de su amiga.
—Ya, bueno. ¿Qué quieres? —logró formular entre risas, tratando de calmarse, aunque era difícil hacerlo al notar el leve rubor en su rostro.
Jaden rodó los ojos y esperó pacientemente a que la rubia recuperara el aliento, tamborileando sus dedos contra el volante. Luego de unos momentos, cuando la calma finalmente apareció en escena, el chico carraspeó y tragó saliva antes de hablar, cortando esa misma calma con el filo de una navaja.
—¿Qué pasó ayer?
Uh, oh.
—¿Qué pasó… ayer?
Enid repitió la pregunta de forma automática, fingiendo no entender para darse unos segundos para reducir el torbellino que comenzaba a formarse en su estómago.
—Si. ¿Qué sucedió? —el chico parecía no querer dar tregua alguna.
La rubia se encogió de hombros—. No entiendo de qué hablas.
La sangre había abandonado por completo su rostro, y su corazón dió un vuelco casi doloroso, pero trató lo máximo posible para que no se notara. El cambio en el ambiente de la conversación había sido extremo, dos puntos completamente opuestos que hacían la situación aún más incómoda.
—Saliste corriendo del almuerzo como si te estuviera persiguiendo el diablo, Enid —espetó, y su voz era firme, e incluso podría decir que parecía preocupado.
—¿Y? —Sintió un nudo en la garganta.
Se sentía paralizada, y ni siquiera sabía qué se suponía que tenía que decir. Era una confrontación directa, y era la primera vez que alguien lo hacía.
Cuando sintió un pinchazo en su palma, se dio cuenta que había estado apretando los puños con demasiada fuerza, lo suficiente para que sus uñas romas perforaran levemente la piel.
Llevó ambos brazos hacia su pecho y los cruzó, haciendo algo parecido a un escudo entre el chico a su lado y ella.
—Elizabeth se acercó a la mesa con cara de preocupación, no sé qué dijo pero al instante supe que se trataba de ti, por como papá se levantó y salió del comedor.
Seguía sin mirarla, pero sus manos se aferraban al volante.
—¿Te sentías mal? ¿Te cayó mal la comida? Nunca corres así —sonaba cauteloso, como si quisiera decir más pero algo se lo impedía—. Papá no me quiso decir nada, ni a mi ni a los chicos. Hubiera preferido que dijera cualquier mentira antes que la nada misma.
Su voz se desvaneció, y por largos segundos, que parecieron eternos, el silencio se instaló en el auto. Ni siquiera la radio fue capaz de llenar ese vacío.
Esperó pacientemente a que Jaden continuara, que terminara de decir todo y así ella podría buscar la forma de cambiar de tema, de buscar una excusa.
—¿Te molestaron nuestras bromas?
Esa pregunta rompió su hilo de pensamiento, trayéndola de nuevo al presente.
Movió sus ojos y contempló al chico en silencio.
—No creo que hayamos ido muy lejos con las bromas, pero ¿fue así?
—No.
Su voz salió apenas, pero lo suficiente en alto para ser escuchado. No quería que se sintiera culpable por algo de lo cual no tenía nada que ver.
—¿Entonces?
—Supongo que fueron los nervios —susurró, sus hombros subieron en un encogimiento casi imperceptible—. Ver tanta gente allí reunida después de tanto tiempo fue raro.
Sintió entonces los ojos del chico sobre ella, luego de que tomaran una curva que los adentraba a la ciudad.
—Entiendo —murmuró, asintiendo con la cabeza—. Bueno, para la próxima intenta no correr, ¿Vale? Sé que el idiota de Caleb no puede ni con su vida, pero Marcus y yo podemos ayudarte. Intentar, al menos.
—Si, vale.
Ambos miraron hacia el frente, sin agregar nada más, dejando el tema pasar.
No fue hasta que una pregunta se formó en su cabeza.
—¿Y mamá? —Salió tan rápido de sus labios que no pudo evitarlo.
Jaden frunció el ceño—. ¿Qué pasa con ella?
—Dijiste que papá se levantó de la mesa y fue por mi. ¿Y mamá? —murmuró cautelosa, insegura ante la respuesta que recibiría.
¿Se habría preocupado? ¿Habría preguntado por ella cuando su padre regresó por su plato de comida?
El chico se encogió de hombros—. Habló algo con Elizabeth, había mucho ruido y no pude escuchar bien de qué. Puso más carne en tu plato y luego papá fue a buscarlo.
Ah.
Bueno, eso era mejor que nada, se dijo a sí misma.
—Veo.
Y el silencio regresó entre ellos. Extendió su brazo para subir levemente el volumen de la radio, creando un agradable ruido de fondo más notable.
Si Jaden notó su expresión de decepción, no lo dijo.
Y para cuando la canción estaba a punto de terminar, el club de hockey apareció a la vista. El vehículo ingresó al estacionamiento lentamente.
—Ah, cómo extrañaba este lugar.
—Vienes aquí cada oportunidad que tienes —le respondió Enid, alzando una ceja.
—No es lo mismo, una cosa es ser espectador y otra muy diferente es ser jugador. Extraño ser parte del club —explicó, mirando el edificio con aire de nostalgia—. Ahora solo quieren dinero, no les importa la pasión por el deporte.
Su hermano aún sonaba dolido por el pasado.
Casi dos años atrás, cuando aún era parte del equipo, su rendimiento era muy bueno, lo que rápidamente llamó la atención de clubes profesionales de otras ciudades. Al principio fue prometedor, hasta que hablaron de las implicaciones.
Si Jaden quería subir de liga y ser parte de equipos más grandes, tendría que hacerse pasar por normie. De esta forma, podría incluso recibir una beca completa para una de las mejores universidades del país.
Ni siquiera tuvieron que darle tiempo para pensarlo, su respuesta había sido automática: no.
Su hermano se negaba a dejar atrás su naturaleza por fama o dinero. Y esto, lamentablemente, provocó el enfado de más de uno de sus entrenadores, quienes se sorprendieron y luego se decepcionaron por su negativa ante una oportunidad tan grande.
Meses después decidió salirse del club, luego de que se cansara de las insistencias para que cambiara de opinión.
—Anda, ve, dijiste que ibas tarde —apuró el chico mientras desbloqueaba las puertas del auto.
—Te veo a la seis —respondió ella, colgándose el bolso al hombro antes de bajar del vehículo.
El motor rugió y, apenas el auto desapareció al doblar la esquina, sus pasos se apartaron del camino que llevaba directo al edificio. Prefirió desviarse hacia un banco de madera, bajo la sombra fresca de un árbol, donde el viento apenas movía las hojas.
Se dejó caer en el asiento con un suspiro largo, casi de alivio, y buscó su teléfono en el bolsillo. Con dedos ágiles marcó el número de Yoko.
Había soltado una pequeña mentira: todavía faltaban casi treinta minutos para que empezara el entrenamiento. Ese margen era suyo, y había decidido gastarlo en algo mucho mejor: una charla con su amiga.
Se lo debía, después de todo.
[…]
—¡Nos tenías preocupadas! —Rachel chilló mientras se acercaba, rodeándola fuertemente con los brazos.
Enid sonrió y se levantó del banco, correspondiendo con la misma fuerza. Mía y Zoé también se sumaron al abrazo, como si no se hubieran visto en años.
—Lo lamento, es que la luna llena me dejó destrozada —se disculpó la rubia, apartándose un poco.
—Es entendible, pero ¿Se lo dijiste al entrenador? Preguntó por ti al otro día al ver que no viniste —habló Zoé, que parecía reacia a soltarla.
La loba hizo una mueca.
No, no lo había hecho. Se había olvidado por completo de avisar, ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
—Esperemos que no te haga dar cincuenta vueltas en la pista —bromeó Mía.
—Pero bueno ya, ¡¿Cómo te fue?! —la emoción de Rachel era pasable, tomándola por los hombros y sacudiendola un poco.
—Uhm, puede ser que haya cazado un… —comenzó a contar, tratando de dar suspenso. Luego del shock inicial de la mañana siguente, una pequeña euforia creció en su pecho, una emoción por saber que había sido capaz de cazar tal animal en su segunda luna—. ¿Oso?
Las tres chicas la miraron con los ojos en grande unos segundos, hasta que las sonrisas aparecieron, junto con chillidos de emoción.
—¿¡Un oso!? —Rachel fue la primera en reaccionar, llevándose las manos a la boca.
—¡Por Dios! —Mía chilló, riéndose incrédula mientras le daba un leve manotazo en el brazo—. ¡Yo sabía que lo lograrías!
Zoé arqueó las cejas, observándola con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Es más que un motivo de celebración.
Enid no pudo evitar reír, algo sonrojada por los comentarios.
—De verdad que no lo esperaba —admitió, encogiéndose de hombros, aunque la sonrisa en su rostro hablaba por sí sola.
Rachel le dio un golpecito en el hombro, aún con esa emoción vibrante en los ojos.
—Ya está decidido: después del entrenamiento, vamos por un helado. —Lo dijo con tal firmeza que más que una propuesta sonaba a orden.
—¡Sí! —secundó Mía de inmediato—. El horrible calor que hace también lo amerita.
—Helado suena bien —dijo Zoé, asintiendo.
Todas rieron, y Enid aprovechó el momento para hacer preguntas.
—¿Y ustedes? ¿Cómo les fue?
Mía fue la primera en responder, echando la cabeza hacia atrás con dramatismo.
—¡Aburrido! Lo de siempre. Aunque… —su expresión cambió, y le lanzó una mirada presumida—, alcancé a cazar un ciervo. Nada del otro mundo, pero suficiente para que mi papá dejara de molestarme un rato.
—Mis primos cayeron de sorpresa un par de horas antes, fue muy gracioso jugar con ellos, al otro día ni siquiera podía levantamre de la cama de lo cansada que estaba —contó Rachel.
—Eso sí suena divertido —comentó Enid.
—Lo fué —dijo sonriendo.
Zoé, en cambio, frunció el ceño.
—Pues la mía fue un desastre. —Resopló, evidentemente frustrada—. Un grupo de normis apareció justo en nuestra zona, haciendo fogatas, gritando, con música a todo volumen, ¡Diablos! me moría por destrozarles la maldita tienda de campaña. Pero no podíamos meternos en problemas, así que simplemente nos mantuvimos escondidos, ni siquiera pudimos cazar algo.
—Qué mala suerte —comentó Enid con un gesto de lástima—. ¿No había otra zona donde pudieran ir?
Zoé negó con la cabeza—. Era el único lugar donde no había cámaras o trampas para oso. Era todo perfecto hasta que ellos lo arruinaron. Pero en fin, lo tuyo compensa la mala racha. Si alguien tenía que traer una buena historia, eras tú.
La chica le dio un breve abrazo a la rubia, y luego la soltó.
—Aún nos debes los detalles, si quieres compartirlos claro, pero ahora tenemos que entrar antes que el entrenador se ponga como loco —anunció Rachel, y todas asintieron en acuerdo.
Juntas caminaron hacia el pasillo central. Cuando el reloj de la pared marcó la hora del inicio de la práctica, Enid se detuvo un instante.
—Esperen, casi lo olvido. Tengo que entregar algo —dijo, y rápidamente se adelantó hacia la recepción, donde la Señora Brown la miraba con una sonrisa.
—¡Sinclair! ¿Qué tal todo? —la saludó alegre.
—Todo bien, afortunadamente —respondió, y me extendió los papeles—. Vengo a entregar el formulario de la consulta médica.
—¡Oh! Perfecto, me alegra que hayas ido. —La mujer ojeó el contenido—. Bien, anotaré que lo has entregado y se lo enviaré a tu entrenador más tarde.
Enid asintió con sonrisa, cerrando su mochila.
—Que tengas un buen entrenamiento, querida. Suerte —exclamó.
—Gracias.
Se dió la vuelta y regresó hacia sus amigas, quienes la esperaban con evidente duda en sus ojos.
—Son los papeles del examen médico —se adelantó antes de que preguntaran.
—Ah, ya lo recuerdo. Tuve que hacer uno en mi primera luna también, pero fue más para calmar la paranoia de mi madre que para el club —dijo Zoé, y las demás rieron, comenzando a caminar hacia los vestidores.
[…]
—Bien, reúnanse todos —anunció el entrenador, parado en medio de la pista con una libreta en la mano.
El eco de su voz rebotó en las paredes heladas, y los jugadores comenzaron a acercarse al centro, formando una semirronda con los cascos aún colgando en un brazo o bajo el codo. El vaho de la respiración de todos se mezclaba en el aire frío.
—Tengo la lista preliminar de titulares y suplentes —continuó, ajustándose las gafas que se le deslizaban por la nariz—. No es definitivo, por lo que de acuerdo a como vaya el primer partido veré qué ajustes hacer.
Los murmullos se apagaron enseguida. Cada uno se enderezó, con esa mezcla de tensión y expectativa flotando en el ambiente.
—Portera: Rachel Meyer.
Rachel apretó el puño en silencio, con una sonrisa apenas contenida, mientras los de al lado le daban un par de palmaditas en la espalda.
—Defensa izquierda: Zoé Collins. Defensa derecha: Mía Hernández.
Ambas se miraron de reojo, sonriendo con complicidad antes de asentir al entrenador.
—Ala izquierda: Kevin Brooks. Ala derecha: Enid Sinclair.
La rubia tragó saliva y se acomodó los guantes en un gesto automático, bajando un instante la vista antes de volverla al entrenador, sintiendo un codazo juguetón en su costado por parte de Zoé.
—Centro: Logan Turner.
El chico levantó las cejas y asintió, sin mostrar mucho más.
—Bien, esos son los titulares. Ahora, suplentes: defensa, Sarah O’Neill y Patrick Hughes. Delanteros: Aaron Ramirez y Emily Carter. Portero suplente: Tyler Kim.
Levantó la vista del papel y repasó al grupo en silencio un momento, midiendo las reacciones.
—Así quedamos por ahora. El primer partido es en tres días, y quiero verlos darlo todo. Si algo no funciona, haremos cambios. ¿Entendido?
—¡Sí, señor! —respondieron varios al unísono, con un eco que llenó el espacio.
El entrenador cerró la libreta y sonrió apenas.
—Muy bien. A calentar.
Todos se dispersaron rápidamente, y Enid aprovechó el momento para acercarse al hombre.
—Señor —lo llamó, deteniéndose frente a él.
Balanceó su palo de un lado a otro, en un gesto nervioso.
—Dime, Sinclair —respondió, mirándola con su típica expresión seria.
—Uh, bueno, es por mi ausencia —empezó a explicar—. Sé que debí incorporarme el viernes, pero yo…
—Lo sé —la interrumpió de golpe—. Tu madre me llamó el viernes por la noche, me habló de tu situación y me dijo que volverías hoy.
La loba lo miró con el ceño fruncido debajo del casco, tratando de procesar lo que escuchaba—. ¿Mi madre?
—Ahora que finalmente estás aquí, espero que logres seguirle el ritmo a los demás.
La chica parpadeó varias veces—. Oh, si, claro. No se preocupe —dijo, asintiendo.
—Bien, entonces, comencemos —ordenó, y señaló a sus compañeros.
Enid tardó unos segundos en procesar aquello, clavando los ojos en el entrenador como si no hubiera entendido bien.
¿Su madre había llamado a su entrenador?
Se le hizo nudo en el estómago. Su madre no se involucraba jamás en esas cosas, al contrario, solía restar importancia a todo lo que tuviera que ver con sus hobbies.
Que hubiera tomado el teléfono y hablado directamente con él era una gran sorpresa.
Sacudió la cabeza, obligándose a regresar al presente. El entrenador ya había levantado el silbato, dándole la espalda a la conversación, como si nada hubiera pasado.
Enid soltó un resoplido que se perdió en la jaula de su casco y se giró, buscando con la mirada a sus amigas.
Las encontró junto a la línea central, esperándola con los patines ya en posición, los palos apoyados contra la pierna y sonrisas expectantes. Rachel le levantó la ceja, haciendo un gesto como de "¿qué tanto hablabas?", mientras Zoé golpeaba suavemente el hielo con la cuchilla de su patín para apurarla.
La loba aceleró el paso hasta alcanzarlas, incorporándose al grupo.
—¿Todo bien? —preguntó Mía, apenas bajando la voz, aunque el brillo curioso en sus ojos la delataba.
—Sí —murmuró Enid, ajustando las cintas de sus guantes—. Solo un detalle, nada importante.
Rachel sonrió de medio lado.
—Bueno, entonces comencemos, que nos toca dar vueltas.
—Oh, modo capitana activado —bromeó Mía entre risas.
Zoé rodó los ojos con un gesto dramático, y antes de que Enid pudiera decir algo más, ya la estaban empujando suavemente hacia adelante, obligándola a incorporarse al ritmo del grupo.
[…]
28 de Junio
El silbato final del entrenador retumbó en el aire, seguido por un suspiro colectivo que recorrió toda la pista.
Los jugadores comenzaron a dispersarse, algunos arrastrando los pies, otros estirándose para aliviar la tensión acumulada en las piernas.
Enid se dejó caer sobre su palo de hockey como si fuera un bastón, inclinando la frente contra el casco aún puesto, mientras trataba de recuperar el aire. El sudor le corría por la nuca, pegándole mechones rubios contra la piel.
—Dios, pensé que me iba a morir en esas últimas vueltas —refunfuñó Mía, dejándose caer en el banco junto a ella, con las mejillas rojas.
—Ya somos dos —murmuró Enid, retirándose el casco con un gesto cansado. Sentía el cabello pegajoso y húmedo, y el aire frío del recinto hacía poco por aliviarlo.
—Mierda, y el partido es en dos días. De pensarlo me dan náuseas —se quejó Rachel, abanicándose el rostro con una mano.
Ese recordatorio le encendió un cosquilleo en el pecho. Enid intentó sonreír, aunque el cansancio le pesaba hasta en los párpados.
El grupo se levantó lentamente, recogiendo sus cosas para ir hacia las duchas.
El entrenador había incrementado la intensidad de los ejercicios, ni siquiera les permitió tener descansos de más de dos minutos. E incluso había insinuado el añadir horarios en la mañana.
Solo esperaba que no se cumpliera, caso contrario no sabría como gestionar sus tiempos.
Y se supone que son vacaciones, pensó un momento, triste.
No siempre su estadía en San Francisco era tan ajetreada, muchas veces tenía tanto tiempo libre luego de sus tareas en la granja, que podía meterse de lleno en sus hobbies. Ese año, sin embargo, parecía ser el más pesado.
Solo sabía que, sea cual sea el resultado en la primera fecha, festejaría con sus amigas como nunca. Un karaoke, música y mucha comida parecía ser el plan perfecto para distraerse un par de horas.
Volviendo al presente, luego de una buena ducha con agua templada, se encontraba saliendo del edificio junto a las chicas, quienes hablaban sin parar.
Enid se despidió con un choque de manos rápido con Rachel y Zoé, y un rápido abrazo con Mia, prometiendo encontrarse con ellas al día siguiente. Luego se colgó la mochila al hombro, acomodando su bolso de los patines en la otra mano, y caminó hacia el estacionamiento.
Allí, distinguió enseguida el coche de su padre. Su hermano estaba apoyado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados y esa expresión aburrida que cargaba diariamente.
—Por fin —bromeó apenas la vio acercarse.
—Cállate —respondió ella con una sonrisa cansada, y le tiró el bolso de los patines al pecho antes de rodear el auto para subirse al asiento del acompañante.
El golpe metálico de la puerta al cerrarse la envolvió en una sensación familiar. Soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza contra el respaldo mientras estiraba las piernas lo más que podía.
—¿Entrenamiento pesado? —preguntó Jaden mientras encendía el motor.
—Como nunca —bufó Enid, acomodándose el cinturón—. Nos mataron a correr, luego jugadas repetidas… y más vueltas. Ya no siento las piernas.
Su hermano soltó una risa baja, girando el volante para sacar el auto del estacionamiento. —Bueno, entonces espero que lo que te espera en casa te suba el ánimo.
Estaba tan agotada que ni siquiera escuchó las palabras del chico, demasiado ocupada en cerrar los ojos y apoyar su cabeza contra la ventanilla.
El zumbido del aire acondicionado la arrulló casi de inmediato. Entre el traqueteo suave del motor y la frescura que contrastaba con el calor sofocante del día, Enid se encontró pestañeando cada vez más lento, hasta que sus párpados pesaron como plomo. No llegó a dormirse por completo, pero el viaje hasta la granja fue como un borrón en su mente.
Un leve movimiento la hizo reaccionar: el auto se detenía. Abrió los ojos con desgano, frotándose apenas la cara, y distinguió a través del parabrisas la figura de su padre esperándolos frente a la casa.
Jaden apagó el motor y se inclinó hacia ella.
—No te preocupes por tus cosas —explicó, tomando el bolso de los patines antes de que ella pudiera protestar.
—¿Qué? Pero…
—Anda con papá. Yo me encargo —insistió, bajando del auto con naturalidad.
Confundida, Enid frunció el ceño, pero obedeció. Empujó la puerta y bajó, el cansancio aún pegado en sus músculos. Apenas se enderezó,
Su padre se acercó y, sin decir una palabra al principio, le revolvió el cabello con una caricia cálida y tierna, algo que últimamente hacía con más frecuencia.
—Sé que estás cansada, pero ven. Puedes dormir luego —murmuró, con esa calma suya.
Enid lo miró un segundo, dubitativa. Lo único que quería era tirarse en la cama y dormir hasta el día siguiente, pero el brillo en los ojos de su padre le ganó. Suspiró, resignada, y lo siguió.
Atravesaron la parte trasera de la casa, donde el olor a heno fresco y tierra húmeda se intensificaba. El cielo estaba teñido de un azul oscuro con destellos anaranjados en el horizonte, una vista que desde la granja se veía digna de una fotografía.
El hombre avanzaba con paso tranquilo, guiándola hasta el establo de los caballos.
El rechinar de la madera al abrirse la puerta llenó el aire, mezclándose con el resoplido de los animales dentro. El interior estaba iluminado por una lámpara cálida que colgaba del techo, proyectando sombras alargadas contra la paja esparcida en el suelo.
—Quiero mostrarte algo —dijo él finalmente, con un tono misterioso pero afectuoso, empujando un poco más la puerta para que pasara.
Enid arqueó una ceja, cruzando los brazos con pereza—. Si es algo que Sunny rompió, te prometo que no volverá a…
No terminó la frase. Al adentrarse unos pasos, sus ojos captaron una silueta blanca reluciendo bajo la luz.
Un caballo joven, de pelaje claro como la nieve, se encontraba en uno de los corrales, moviendo suavemente la cabeza como si los estuviera esperando.
El corazón de Enid dio un vuelco inmediato, el cansancio olvidado de golpe.
—Sorpresa —la voz de su padre resonó, con clara emoción en ella.
—No… —la palabra apenas le salió como un susurro, los ojos abiertos de par en par. Dio un par de pasos más, acercándose al corral, incrédula—, no puede ser.
Su padre asintió despacio, cruzándose de brazos con una sonrisa amplia que apenas podía contener.
—Es toda tuya.
Enid se giró hacia él, la boca entreabierta, como si todavía esperara que le dijera que era una broma.
—¿En serio? —preguntó, y su voz se quebró en una risa nerviosa, cargada de incredulidad.
—En serio —respondió él, con tono firme pero divertido.
La rubia soltó el aire de golpe, casi en un chillido ahogado, y corrió hacia él para abrazarlo con fuerza, escondiendo la cara en su pecho.
—¡Gracias, gracias, gracias! —balbuceó, con una energía que contrastaba con el agotamiento que minutos atrás la dominaba.
El hombre soltó una carcajada sonora, rodeándola con un brazo.
—Ya era hora de que tuvieras uno propio. Es joven todavía, pero se crió en una casa con niños, así que está acostumbrada a las personas. Es mansa y dócil, se van a llevar bien.
—¡Mejor que bien! —dijo Enid, separándose apenas para mirarlo a la cara con una sonrisa enorme antes de correr al corral.
La yegua levantó la cabeza y, al verla acercarse, resopló suave, estirando el cuello como si reconociera de inmediato a su nueva dueña. Enid extendió la mano con cautela al principio, pero el animal se inclinó por sí sola, acercándose para rozarle los dedos con el hocico tibio.
—Oh, por dios, es perfecta —murmuró, acariciando con torpeza al inicio, y luego con más confianza, deslizándole la palma por el suave pelaje blanco.
Sunny apareció de repente entre ellos, ladrando emocionado y dando vueltas alrededor del corral, con las orejas tiesas y la lengua afuera, como si también entendiera que había una nueva integrante en la familia.
El padre observó la escena con los brazos cruzados, orgulloso, aunque con ese gesto tranquilo que siempre lo acompañaba.
—Ya es tarde, así que hoy solo pueden saludarse. Mañana te enseñaré a montarla, y quizás demos una vuelta corta con Sunny acompañando —le dijo guiñandole un ojo.
Enid apoyó la frente contra el cuello de la yegua, con la sonrisa aún pegada a la cara.
—No voy a poder dormir de la emoción —confesó, aunque su cuerpo seguía pesándole por el cansancio.
—Vas a dormir como una piedra —replicó él, riendo bajo—. Y cuando despiertes, vas a tener un buen motivo para salir temprano de la cama.
—¡Tenlo por seguro! —exclamó con emoción.
—Vamos, pequeña —dijo su padre al cabo de unos minutos, dándole un par de palmadas suaves en la espalda—. Hay que dejarla descansar, mañana tendrás todo el día para estar con ella.
Enid asintió despacio, aunque le costó despegarse. Pasó la mano una última vez por el lomo blanco, y luego, con un suspiro emocionado, se inclinó para besar el hocico de la yegua.
—Buenas noches —murmuró, como si pudiera entenderla.
Sunny, en cambio, no parecía dispuesta a despedirse tan fácil. Correteaba alrededor con la lengua afuera hasta que Enid se agachó y le plantó un beso en la cabeza. La cachorra ladró como respuesta y salió disparado hacia el corral de las ovejas, entrando por un pequeño hueco.
Antes de seguir a su padre hacia la casa, Enid se desvió hacia el cobertizo, donde estaban las bolsas de comida para perro. Llenó un cuenco de comida y se dirigió hacia la puerta del corral, donde también cambió el agua por una fresca, dejando todo listo para la noche.
El cielo ya estaba completamente teñido de azul profundo cuando cruzaron el patio de vuelta a la casa. Apenas entraron por la puerta, un aroma denso y reconfortante los envolvió: estofado. Enid aspiró hondo, sonriendo.
Ni siquiera reparó en la mirada de su madre, que desde la cocina los siguió con los ojos mientras removía la olla. Enid estaba demasiado perdida en su burbuja de emoción, repasando en su cabeza cómo le contaría todo a sus amigas al día siguiente, y pensando en las palabras que pondría en la carta para Wednesday.
Jaden la miraba con una sonrisa, mientras Marcus y Caleb no parecían entender su actitud sonriente.
Terminó su plato en tiempo record, y luego de lavarlo y darle un abrazo a su padre, se dirigió a su habitación.
Subió las escaleras arrastrando apenas los pies, el estómago lleno y la mente todavía vibrando de emoción. Apenas cerró la puerta detrás de sí, soltó un largo suspiro.
Fue directo al baño. Giró la llave y dejó que el agua corriera unos segundos hasta alcanzar la temperatura adecuada. El vapor comenzó a empañar el espejo mientras se despojaba de su ropa.
Cuando entró bajo el chorro caliente, un alivio inmediato recorrió cada músculo. Cerró los ojos y dejó que el agua cayera en cascada por su cabello y espalda.
Permaneció allí más de lo que había planeado, disfrutando del contraste entre el vapor y el frescor que entraba por la rendija de la ventana. Cuando por fin salió, se envolvió en una toalla suave y buscó su pijama favorito: un conjunto colorido, con estampados que no tenían nada que ver entre sí, pero que le encantaba.
Secó su cabello con calma, sacudiendo la cabeza de vez en cuando, hasta que quedó lo suficientemente libre de humedad para poder pasarse un peine.
Mientras lo hacía, se detuvo un instante frente al espejo. Las puntas ya no tenían el mismo brillo que antes; los colores, que solían encenderse bajo la luz, ahora parecían algo apagados. Se hizo una nota mental para pasar pronto por la peluquería, cortar un poco el largo y darle un retoque a los tonos.
La vista, inevitablemente, descendió hacia su rostro. Las cicatrices, aunque ya mucho menos visibles que antes, seguían allí. Apenas unas líneas finas, imperceptibles a la distancia, pero presentes.
Se inclinó un poco hacia adelante, observándolas de cerca, hasta que el reflejo le provocó un pequeño sentimiento de incomodidad.
Resopló y se apartó con brusquedad, como sacudiéndose el pensamiento antes de que pudiera crecer más.
Al llegar a su cama, se recostó boca abajo, tomando su celular y desbloqueandolo para poner un poco de música. Ya con su playlist reproduciéndose, se inclinó hacia uno de los cajones, sacando de allí una hoja en blanco, un libro grueso para apoyarla y su pluma favorita.
Mientras tarareaba, alisó las arrugas de la hoja, pensando bien en sus palabras antes de plasmarlas allí.
